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Eran las 20.40 de un viernes que no fue un viernes cualquiera. Iban 33 minutos de la parte final de un intrascendente Huracán 1 vs. Unión 1, cuando la emoción se instaló en el Palacio Ducó. Un escenario histórico y nostálgico que siempre regala nuevas sensaciones. Pato Toranzo, el hombre de la noche, se abrazó con Eduardo Domínguez, el entrenador, y se saludó con Rolfi Montenegro, el elegido para ser reemplazado. "Patooo, Patooo", lo saludó el público, entre aplausos, gratitud y admiración. Volvió Toranzo, volvió una noche en la que el fútbol le dio la bienvenida. Un regreso que esperó poco más de tres meses.
"Hay cosas del accidente que viví y no conté, pero me las llevo al cajón con la bandera de Huracán", contó, un puñado de minutos más tarde, envuelto en emoción. "Pensé que no iba a volver a jugar. Que iban a cortarme el pie...", fue su dolor, con la ovación como música estelar.
Jugó. Pases, pierna fuerte (hasta cometió una dura infracción) y un taco en el aire. Pato, en primera persona. "Esto es un premio al esfuerzo", advirtió el mediocampista.
Hubo una aclamación, primero, en el ingreso del equipo. Su mujer, Tamara Alves, testigo entrañable de sus desventuras, ubicada en el asiento de siempre, esta vez con un cartel: "Vales más de lo que crees". Luego, sí, el momento inolvidable. Los movimientos para entrar en calor, la charla -más humana y del corazón que táctica- con el entrenador Eduardo Domínguez. Y, por fin, pisar el césped otra vez. El del Palacio, su casa, donde exhibió sus mejores páginas.
Su último partido había sido el 9 de febrero, en Venezuela. Una caída por 2-1 que fue como una victoria, porque permitió al Globo pasar a la etapa de grupos por la Copa Libertadores. Aquella derrota, envuelta hoy en una anécdota imprescindible de su vida, antecedió un día al accidente. Toranzo y Diego Mendoza se llevaron la peor parte del impacto sufrido por el plantel todo. El panorama fue horrendo: herida grave en un pie, con pérdida de las falanges distales y medias del segundo, el tercer y el cuarto dedos; herida en el quinto, con lesión parcial de la falange distal, y herida en la cara anterior de la rodilla derecha. Algo desolador para un futbolista, que vive de sus piernas.
Tanto, que Toranzo temió no poder seguir jugando en forma profesional. Pero la medicina y su fuerza de voluntad le permitieron hace unos días volver a pegarle a una pelota. Y anoche, volver a vivir. "Sé que la saqué barata y que Dios me dio una segunda oportunidad", contó, semanas atrás, a LA NACION. "Siento algo parecido a debutar en primera. Debo tener la cabeza fría y dejar de lado las emociones, porque cuando esté en la cancha voy a ser uno más y nadie va a perdonarme nada, ni un error, si bien la gente puede llegar a estar un poco más tolerante que otras veces", contó, tiempo atrás. Y se le notó: las lágrimas fueron el reflejo a tanta angustia contenida. Una explosión de júbilo, de volver a ser.


