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MUNICH.- Perdió la cabeza y le metió un cabezazo que aún le duele a Materazzi. Tarjeta roja, la decimocuarta de una carrera que, además de tanta gloria y tanto fútbol, tiene manchas de indisciplina. De esas 14 expulsiones, 11 llevan la roja directa. El motivo es siempre el mismo: agresión al rival. La causa también: el fastidio ante la marca o la provocación. Hace trece años, en un Bordeaux v. Marsella, respondió un insulto de Marcel Desailly con un cortito al pómulo derecho. Primer carton rouge y dos puntos de sutura para su compañero de la cosecha 98 campeona del mundo. En 1995, aún en Bordeaux, le pegó un codazo al alemán Fink y pagó con tarjeta. En 1997, llegó a las manos con Enrico Chiesa en un Parma v. Juventus y recibió su bautismo rojo en el calcio . También en el Mundial de Francia mostró su sangre caliente . Frente a Arabia Saudita, pisó a un tal Fouad Amin que estaba en el piso y fue suspendido por dos partidos. Regresó para los cuartos ante Italia y terminó consagrándose en la final ante Brasil.
Agrandó su prontuario en la temporada 99-00 de la Champions League. Casi lo parte al brasileño Emerson en un Juve v. Deportivo La Coruña y recibió seis fechas de suspensión por un cabezazo al alemán Kientz, férreo marcador de Hamburgo que lo había conectado con un golpe en la espalda. Después de tres años y medio con conducta perfecta, volvió a las andadas en 2004 con Real Madrid, en plena crisis de juego y resultados. Se le escapó un manotazo a Pablo Alfaro, un especialista de la provocación. Hasta ayer, la última hoja de su libro rojo era una expulsión ante Villarreal en abril de 2005 por un intercambio de golpes con Quique Alvarez.
Después de este incidente, el diario L Equipe publicó un editorial sobre sus reacciones callejeras: "Siempre se lo ha considerado un Mozart del fútbol, pero este Mozart nunca se ha dejado intimidar y a menudo ha respondido con una ferocidad insuperable". Parece escrito ayer y se llama "Zidane, la valija de las tarjetas".
Zizoupagará exceso de equipaje por su acción contra Materazzi. Vaya uno a saber qué le dijo el central italiano en ese intercambio de palabras. Vaya uno a saber cómo se enteró Horacio Elizondo. Si a través de Darío García (nadie lo tapaba) o a partir del video que rápidamente expuso la insensatez del único futbolista creativo que podía ganar el premio al mejor del Mundial. Lo concreto es que su carrera como futbolista ha terminado con un cabezazo al pecho de un rival en la final de Alemania 2006. Después del Mundial 98, la Eurocopa 2000, la Champions 2002 y la Liga 2003 con Real Madrid, dos scudetti con Juventus (97 y 98) y 3 Balones de Oro (1998, 2000 y 2003), todo ha acabado de la peor manera.
Su último momento televisivo lo registra en el camino al vestuario, pasando al lado de la copa, señal de lo que ocurriría después en los penales. No volvió al terreno de juego para retirar la medalla para el subcampeón. Me hubiera gustado ser el Zidane de la volea al Bayer Leverkusen o el de los dos cabezazos a Brasil, pero mucho más estar en su cabeza durante esos quince minutos posteriores a la expulsión, llenos de soledad.
Invisible contra Suiza y Corea, debió purgar sus dos amarillas (siempre paga con tarjeta el hombre) en el decisivo partido ante Togo. Justo el día de su cumpleaños número 34, sus compañeros le regalaron el triunfo que no sólo le permitió seguir jugando, sino también volver a brillar. Los españoles le garantizaban la jubilación en octavos. Los mandó de regreso a su casa y se guardó la última imagen: ese gol a su compañero Casillas. Contra Brasil, fue sencillamente extraordinario y sólo le faltó hacer llover. Didier Deschamps dijo que había sido su mejor función con la camiseta nacional. Definió el resultado ante Portugal y puso a Francia en la final. Humilló a Buffon con un delicioso penal marca Panenka (el checo que patentó la picadita en la final de la Euro 76 ante Alemania).
Era el mejor del partido, pero su loco Mundial debía terminar con un rapto de locura. El hombre que más y mejor usó la mente en los últimos 20 años de fútbol perdió la cabeza en un segundo y metió ese infame cabezazo que todavía nos duele.


