US$100 por un tuit: los trolls existen y están entre nosotros
El reclutamiento rentado de usuarios de las redes, no siempre admitido, es una de las formas más habituales de la propaganda política desde que se creó Twitter
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Hay una mala noticia para el romántico de Twitter, ese usuario en general ingenioso que postea cuando le da la gana y motivado por sus convicciones más genuinas: los trollss existen. Es una obviedad con la que políticos y publicistas conviven desde que se creó esa plataforma, a fines de 2007, y que cada tanto vuelve a ponerse en duda. Un trolls, ser maligno de la cultura escandinava que habita en bosques o grutas, es en las redes una cuenta de identidad oculta que se dedica a hacer propaganda a cambio de algo. Tarde o temprano, sin embargo, alguien insistirá desde su avatar: “A mí no me pagan”. Y estará en lo cierto, aunque el cínico pueda contestarle con un “Cuánto lo lamento”. Porque, claro, todo trolls es una cuenta, pero no viceversa.
Hay que consultar con las agencias de comunicación que han ido creciendo en estos años al calor de este universo. “Nuestro propósito es forzar la viralización”, dijeron a este diario en una de ellas, donde admiten que lo fundamental de las campañas de Twitter es que sean sigilosas. “Si se nota que es pago, no sirve”, aclaran. Lo lógico sería, en cambio, que un hincha de River elogie en 280 caracteres a una promesa del equipo, que alguien con afinidad con Horacio Rodríguez Larreta cuestione a quienes critican la ciclovía de Libertador o que un kirchnerista equipare a Macri con el neoliberalismo o la Dictadura. Pero todo, como decía el General, en su justa medida y armoniosamente. Sin saltos de estilo.
El mensaje y la plataforma de este tipo de propaganda dependen del lugar y del que paga. A un político que necesita instalarse en una provincia del interior le convienen más Facebook o Instagram. También a una fabricante de cerveza o a un canal de televisión. Twitter, en cambio, parece haber nacido para el barro de la política metropolitana: su atractivo no reside tanto en la cantidad de usuarios como en la intensidad y el nivel de exposición del debate. El mejor ejemplo de la eficacia de esta red es Cristina Kirchner, a quien le bastó en 2019 apenas un tuit para designar a Alberto Fernández al frente de la fórmula y, hace pocos días, otro para echar a Kulfas. Quienes trabajan en el tema atribuyen también a Twitter que se esté hablando de la caída de Javier Milei en las encuestas: dicen que la discusión por el acto de El Porvenir, aparentemente menos masivo de lo que muchos esperaban, empezó ahí el sábado por la mañana y después pasó a los medios tradicionales.
Las campañas son en general cortas y requieren de distintas herramientas y protagonistas. Por eso lo más importante es el reclutamiento de influencers. Usuario con nombre real o de fantasía, el influencer está siempre validado por una comunidad determinada y es bastante más codiciado que un trolls porque tiene lo que más cuesta conseguir: seguidores. Convencerlo requiere en general de un esfuerzo económico. “Sólo los militantes de La Cámpora o Milei viralizan con músculo propio”, explicaron en una agencia. Los politizados de la web deberán entonces estar agradecidos a una lógica que, como casi siempre, va en perjuicio del contribuyente: en tiempos de elecciones, la dirigencia partidaria suele presupuestar más que las empresas privadas. Una usuaria admitió a LA NACION que en la campaña presidencial de 2015 se llegó a pagar a desconocidos 100 dólares por tuit a quienes publicaran posteos a favor de Juntos por el Cambio, y que ese oficio fue durante algún tiempo su principal ingreso.
Pero no cualquiera puede ser un influencer. Tampoco un trolls. Por lo pronto, para alguien con al menos 5000 seguidores, umbral mínimo desde el que empezará a despertar interés, la oferta arranca en estos días en 10.000 pesos por tuit. Pueden ser incluso 15.000. En los niveles provincial y municipal se paga menos. Un aspirante a intendente, por ejemplo, unos 7000 u 8000 a desconocidos con seguidores.
En una campaña nacional, en cambio, alguien con alto perfil en los medios puede recibir hasta 80.000 pesos por tuit. Los trollss casi siempre cuestan menos porque son cuentas falsas y sin identidad: no hay detrás de esa bio un ser humano de carne y hueso, sino, tal vez, un operador de varias cuentas al mismo tiempo. Esta semana, por ejemplo, más de 15 publicaron, textual, este mensaje: “¿Te diste cuenta de que en la mayor crisis del país no vuela una mosca, ni una piedra, ni saqueos. Ahora entendés quiénes siempre organizan todo?” Hay que copiar el mensaje en el buscador para advertir que la leyenda aparece en una gama extensa que incluye desde cuentas falsas de periodistas hasta ignotos totales. En el propósito, que es llamar la atención del algoritmo para generar tendencia, vale todo. Pero serán necesarios por lo menos entre 1000 y 3000 retuits en un lapso de una hora.
Toda viralización apunta, sin embargo, a terminar en el lado más auténtico de la red, los usuarios comunes. Y para eso nacieron los tuiteros convencidos, el eslabón gratuito al servicio del sistema. Aquellos que, cada vez que alguien profiere la palabra “trollss” se apuran indignados en aclarar: “Yo no cobro”. Y con razón.
Toda campaña debe además determinar franjas horarias que los reclutadores juran conocer. Los kirchneristas, dicen, tuitean en la primera mañana, de 6 a 10; los de Juntos por el Cambio, de 10 a 12, y los libertarios, al mediodía. La tarde, agregan, es una réplica de lo que ocurrió en la mañana o de los portales, las radios y los canales de televisión.
Como se trata de gente que no da la cara, lo más difícil es precisar cuántos son y, principalmente, cómo se mueven estos protagonistas. Cada tanto aparece algún indicio. Hace dos años, durante la cuarentena, Twitter mostró un ensayo a cielo abierto: el ingeniero informático Ariel Garbarz, especialista en redes, lanzó una convocatoria pública para militantes kirchneristas. Era sin remuneración. Se reunieron varios grupos de WhatsApp. Pero, como Garbarz no había hecho el llamado en privado, sino en la propia red, entraron infiltrados que boicotearon la iniciativa transmitiendo las recomendaciones de campaña textuales y casi en tiempo real. “A las 21.30 con TrumpYMacriElMismoOdio”, decía, según se expuso en la web con una captura de chat. “Vamos a pegarles a los terratenientes que están jodiendo con un lock out de 72 hs. Salimos 14.30 con #MesaDeGarcas”, consignó otra. “Salimos 18.30 HS con #JuicioAMacriYSuBanda. Y apoyamos al gato [Gustavo Sylvestre] dando RT a #DeliriosDeDerecha”.
Las consignas se convirtieron rápidamente en tendencia. “Felicitaciones a lxs compañerxs que tuitearon organizadamente desde las 16 y sin tregua. También festejemos que el enemigo hizo retirada ante la contundencia de nuestra lucha digital contra la #OposiciónCriminal”, celebraron horas después en el WhatsApp. Pero los infieles también publicaron esas capturas, que circulan todavía en Twitter.
Ante el revuelo, los organizadores decidieron depurar el chat y se contactaron personalmente con cada integrante. El recurso para lograrlo fue una especie de test ideológico cuya reprobación derivaba en la expulsión del chat. “¿Cuál es tu frase preferida de Perón?”, decía una de las preguntas. Otra exhortaba a completar: “El General dijo ‘A los enemigos…”. También se pidieron opiniones sobre la situación judicial de Amado Boudou.
Desde entonces nadie volvió a convocar en público. La última iniciativa de Garbarz fue el lunes, pero más tradicional: invitaba a una charla abierta sobre “Batalla cultural y redes sociales” en la Universidad de Lanús. Con proclamaciones como “#NoSomostrollsls” o “#SomosCibermilitantesPorAmorALaPatria”, militantes e interesados aclararon en sus cuentas que no cobraban un centavo. Se publicaron fotos con pasacalles: “Cibermilitantes del Frente de Todos”. Esta vez, a la luz del día.
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