Alejandro Díaz: “Más que el malestar social, me preocupa hasta cuándo la sociedad está dispuesta a validar esta política macroeconómica”
En el marco del evento anual de AmCham, que convoca esta semana a gobernadores, legisladores, ministros y ejecutivos bajo el lema “Una Argentina federal en desarrollo”, el CEO de la cámara analizó la economía después de 30 meses de gestión libertaria, advirtió sobre el riesgo de un amesetamiento y señaló que la preocupación social ya no es la inflación sino llegar a fin de mes
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La Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina (AmCham) celebra este martes su encuentro anual donde reúne bajo un mismo techo a gobernadores, legisladores, ministros y ejecutivos de las principales empresas del país bajo el lema “Una Argentina federal en desarrollo”. El encuentro, que se ha convertido en una de las citas obligadas del calendario económico argentino, sirve de termómetro del humor empresarial y del estado de las relaciones entre el sector privado y el poder político.
En una entrevista con LA NACION, Alejandro Díaz, CEO de AmCham, hizo un balance de los 30 meses de gestión de Javier Milei, analizó la relación con Donald Trump, reflexionó sobre los riesgos de un amesetamiento económico y detalló lo que hoy les preocupa a las empresas socias de la cámara: desde la infraestructura y la reforma laboral hasta la carga tributaria y el poder adquisitivo de la clase media.
–¿Cómo ve la economía argentina después de 30 meses de gestión de Javier Milei?
–Desde el punto de vista de las decisiones, están claramente en la dirección correcta. Están orientadas a producir una transformación de la Argentina, especialmente en materia de desregulación, y a poner en perspectiva lo que cualquier país occidental discutió en los últimos 20 años, como hicieron Australia y Chile. El mejor ejemplo es la modificación de la ley de Glaciares o la reforma laboral, que muestra una fuerte vocación de poner a la Argentina en términos competitivos con el mundo y cambiar un paradigma del pasado: integrar la Argentina a la economía global. La Argentina va a un modelo que tendría que haberse realizado en los años 90: definir cuáles son las industrias estratégicas, apalancar en qué sectores radica el driver del desarrollo, y entender que los sectores que han estado cerrados al mundo en los últimos 30 años tendrán que reconfigurarse, con el costo y la dificultad que eso significa, especialmente en la industria y el comercio.
–Australia y Chile, que son los países que mencionó, tienen una población mucho menor a la de la Argentina.
–Chile probablemente no sea el mejor ejemplo. Pero Australia y Canadá, que eran comparativos con la Argentina en los años 60, hoy tienen un PBI y un desarrollo sociocultural totalmente diferente al argentino. La Argentina se quedó en el tiempo. La reforma laboral trabaja sobre una constitución laboral de los años 70; el modelo de país cerrado al mundo es algo que cualquier otro país esbozó en los 90 y que la Argentina recién empieza a delinear con Milei. El gobierno americano está cerrando su economía por los desequilibrios de balanza comercial con los países clave, y la Argentina se está abriendo. No es un cambio de visión del mundo: es un cambio que la Argentina tardó 30 años en hacer.
–¿Cómo se explica la buena relación entre Milei y Trump si tienen visiones distintas sobre cómo debería funcionar la economía?
–Cada uno lo visualiza en función de la situación de su propio país. Estados Unidos transformó su economía en los 80 y 90: una economía que era 60-40 entre industria y servicios hoy tiene una incidencia de los servicios del 72%. Pero la balanza comercial con los países desarrollados quedó claramente deficitaria. Milei piensa que la Argentina tiene que abrirse porque eso es lo que le corresponde en este estadio de su desarrollo. Y la situación comercial con Estados Unidos le permite a la Argentina, si lo canaliza adecuadamente, una excelente oportunidad a partir del acuerdo de reciprocidad de inversiones y comercio recíproco.
–Algunos economistas, como Juan Carlos de Pablo, señalan que habrá que ver qué pasa con la Argentina si Trump queda debilitado después de las elecciones legislativas de noviembre.
–Hay una sobrevaloración de las elecciones de medio término. Normalmente un presidente americano en ejercicio pierde la Cámara de Representantes porque se desgasta, se deteriora. Le pasó al mejor gobierno de Clinton y al mejor gobierno de Obama.
–Pero Trump no es un presidente convencional.
–Por supuesto. Y dentro de su diferenciación está que no se apalancó en el Congreso americano, pese a tener mayoría en las dos cámaras. Todas sus decisiones de política exterior y comercial fueron tomadas por actas administrativas del Ejecutivo. Entonces, si teniendo el apoyo de su propio partido no usó el Congreso para formalizar sus decisiones porque no quiso someterlas a debate, ¿por qué lo haría si hipotéticamente perdiera una de las dos cámaras? El juicio político es un riesgo que tuvieron casi todos, también Trump en su primera presidencia. Si las elecciones de medio término evolucionan como habitualmente ocurre, el porcentaje de senadores que retiene probablemente sea suficiente para evitar el juicio político. Si hay una debacle —pierde 10 senadores o 50 representantes—, aparece un riesgo adicional. Pero él sabe que probablemente transite esa posibilidad en los últimos dos años de su administración.
–¿Qué les preocupa a las empresas socias de la AmCham de la economía argentina?
–Hay tres temas centrales. El primero es la infraestructura. La falta de inversión en obra pública, tanto nacional como provincial, impacta directamente en el costo de operar en la Argentina, especialmente en la logística, donde más del 90% de la carga nacional se mueve por camión. La combinación del aumento del gasoil con esa dependencia del transporte por carretera es una dificultad concreta, que también se aplica a la minería: el acceso a pozos, la conectividad y la falta de una política de renovables locales que abastezca los desarrollos son barreras claras a la inversión. El segundo es la reforma laboral, que está en stand by judicialmente, pero su destrabe podría ser traccionador para los sectores que más crezcan en los próximos dos años. El tercero es la carga tributaria. Medida sobre el PBI, está alrededor del 24-26%, una de las más altas de América Latina, donde el promedio es 20-22%. Pero cuando se considera que entre el 36 y el 40% de la actividad económica está en la informalidad, la incidencia sobre el sector formal llega al 49-54% del PBI. Esa inequidad hace inviable la competitividad, más allá de que el gobierno de Milei tiene hoy la carga tributaria más baja de los últimos 18 años.
–¿Le preocupa el malestar social? El año pasado creció la economía, pero no bajó el desempleo.
–Más que el malestar social, me preocupa hasta cuándo la sociedad está dispuesta a validar esta política macroeconómica. La clase media probablemente no recupere su poder adquisitivo en los próximos dos años. El Estado se encargó de sostener relativamente bien a los tres deciles más bajos con ayuda social por encima de la inflación. Pero la clase media queda en una zona muy vulnerable, sin ese paraguas de contención. Eso es, claramente, una de las preocupaciones políticas más relevantes del momento.
–La oposición no tiene un líder claro. ¿Cómo lo ven?
–Eso lo vamos a saber en 2027. En general, la Argentina vive el corto plazo. Si fuera un país báltico, sabrías lo que pasó en los últimos 10 años y podrías predecir con cierta certeza lo que va a pasar en los próximos 10. En la Argentina no podés predecir lo que va a pasar en los próximos 10 meses. Hoy la preocupación no es la elección: es cómo van a venir las condiciones monetarias que permitan una recuperación del crédito, que sea uno de los pocos factores que mejore el consumo y el poder adquisitivo. Porque si no hay aumento de empleabilidad, ni de salarios reales, ni mejora del ingreso de la clase media, y encima no hay crédito que apalanque el consumo, tenés un proceso de amesetamiento que puede durar más de un año.

–¿Qué puede hacer el Gobierno para evitarlo?
–Revisar su política monetaria para incentivar el crédito al consumo. Porque hoy la morosidad es preocupante: demuestra que las personas se han endeudado por encima de su capacidad contributiva o que no pueden afrontar, con sus ingresos recurrentes, el nivel de gasto que han establecido. El crédito probablemente sea uno de los factores que pueda atemperar un crecimiento vegetativo en 2026.
–¿Eso puede implicar un repunte de la inflación?
–No sé si necesariamente. El problema es la discusión histórica entre el monetarismo inflacionario —la inflación como producto de la emisión monetaria— y el aumento de precios por factores exógenos. El Gobierno eliminó la emisión, pero aparecen presiones: el reacomodamiento de tarifas reguladas, las paritarias que traerán un aumento salarial promedio del 25% en 2026 y que luego se trasladarán a precios. Por suerte, la estructura vinculada al dólar está siendo muy positiva: el tipo de cambio de fin de año era más alto que el de hoy, lo que permitió tres meses con incrementos prácticamente nulos en términos dolarizados sobre la canasta importada. Todavía hay un desfasaje de precios relativos y no tenemos los niveles de exportación que esperamos.
–¿Cómo ve el impacto de los escándalos de corrupción?
–Esta es una opinión personal, no institucional. Yo creo que la Argentina está adormecida. El 62% de los chicos menores de 28 años probablemente nunca trabajen formalmente en el país, lo cual implica una imposibilidad de movilidad social que fue un aliciente para generaciones anteriores. La sociedad, después de la corrupción dantesca del gobierno de Cristina Kirchner, tiende a percibir lo de este Gobierno como una desprolijidad más que como una planificación sistémica de corrupción. Pero un gobierno que gestiona tiene que estar preocupado de que el jubilado pueda comprar sus remedios, de que el sistema de salud no colapse, de que haya acuerdos con el transporte. Me parece que este Gobierno está más enfocado en la macroeconomía que en la microeconomía, donde los casos puntuales urgentes quedan en segundo plano.
–¿Qué puede pesar más en las elecciones del año que viene, la micro o la macro?
–La inflación, que era la primera preocupación hace dos años, hoy es el tercero o cuarto indicador. Aumentó la angustia por no llegar a fin de mes y por quedarse sin trabajo. Ese fenómeno se va a acrecentar. ¿Quién va a ganar en 2027? Depende de cuál sea la oposición.
–¿Las empresas aceleran inversiones o esperan a ver qué pasa en 2027?
–Depende del sector. Si soy una empresa minera, tengo un horizonte de 15 años y es casi anecdótico quién gana en 2027, más si entré en el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI). Si soy una empresa que lleva 70 años en la Argentina, la mirada es otra. Pero hay una diferencia sustancial con años anteriores: hoy las empresas tienen el 100% del control de sus decisiones comerciales. Ya nadie les dice cuánto pueden aumentar el precio de su producto. Hoy el portafolio se revisa en función del consumidor, no de lo que el Gobierno permite importar. Subió fuertemente la autonomía de gestión, que es un atributo natural de un país normal. Las empresas tienen un futuro complejo, pero en una situación de control absoluto.
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