Aprender del pasado, la clave para el próximo ciclo económico

Jorge Ávila
Jorge Ávila PARA LA NACION
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24 de noviembre de 2019  

La gestión económica de Mauricio Macri fue mediocre. Más allá de algunos aciertos en la obra pública, su política macroeconómica fue mala. No perdió la reelección por un vuelco a la izquierda de una parte importante de la sociedad, sino por la desesperación que crearon sus errores.

Alberto Fernández, el presidente entrante, apunta a una incierta política, mezcla de peronismo clásico y kirchnerismo. Esta no es una buena señal para los inversores. La prima de riesgo argentino lo registra minuto a minuto. Su actual nivel, de 2500 puntos básicos, es solo inferior a los niveles de la hiperinflación y del corralito.

Sabemos que el grupo que gobernará los próximos cuatro años piensa que Macri fracasó porque fracasaron las recetas "neoliberales" y que por eso hay que apuntar en sentido contrario. Pero es importante sacar provecho de la experiencia ajena.

Por fin, después de dos años y diez meses, Macri encontró el rumbo y empezó a seguirlo con disciplina ejemplar. Lo que antes entendía en la teoría, esta vez lo entendió en la práctica. Entendió dos o tres cosas importantes: que si no bajaba el déficit fiscal, el déficit se lo comería a él; que para bajar el déficit debía reducir el gasto público, pues no hay margen efectivo para aumentar la presión tributaria; que había que cerrar el grifo de la emisión de moneda para bajar la inflación; y que todo lo anterior es condición necesaria pero no suficiente para poner el país en la senda del crecimiento económico.

Por esto, se puso como meta acordar con los gobernantes europeos y de Brasil la firma de un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Con las experiencias de Chile, Perú y México a la vista, era claro que sin apertura al comercio y a la inversión extranjera no habría una chance cierta de aumento de la productividad laboral y el salario real, que es su imagen refleja.

Al borde del default, Macri recurrió a la ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI). Hizo bien. Tomó fondos de bajo costo, canceló vencimientos de deuda de alto costo y evitó la cesación de pagos. Redujo el déficit fiscal en casi 4% del producto bruto interno (PBI) y literalmente congeló la oferta de dinero de base entre septiembre de 2018 e igual mes de 2019. Dos hechos notables. Macri actuó según sus convicciones y sacrificó su destino político.

En rigor, su destino político había quedado sellado por la crisis de las Lebac. A partir de abril de 2018, el agravamiento de la recesión era inevitable en virtud del probado efecto contractivo de una suba del riesgo país. Entre octubre de 2017 y octubre de 2018, esta variable saltó de 350 puntos básicos a 700 y era improbable que bajara atento a la elección presidencial de 2019.

Pero el devenir económico pudo haber sido menos traumático de haberse aplicado la política cambiaria correcta. Pese al congelamiento de la oferta monetaria, la inflación se elevó a 50% anual en aquellos doce meses. ¿Por qué? Porque subió la velocidad de circulación. ¿Por qué subió la velocidad? Porque el país enfrentaba, con una economía bimonetaria, una elección presidencial decisiva. Estas circunstancias exigían la convertibilidad del peso o algo parecido.

Sería positivo para el país que el nuevo presidente, Alberto Fernández, siga, a su manera, la política que Macri descubrió tarde: que apunte al déficit cero y al superávit fiscal, que vaya a una convertibilidad y que acelere la marcha hacia el libre comercio con la Unión Europea. Tendría el apoyo de los legisladores de Juntos por el Cambio en el Congreso, que son muchos, y eso ayudaría a contrarrestar las reservas que tienen algunos sectores respecto del kirchnerismo.

*El autor es profesor de la Ucema

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