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En el Alto Valle del Río Negro, en la Patagonia argentina donde la tradición frutícola tiene décadas de historia, una manzana distinta empieza a llamar la atención. No es solo su sabor ni su forma: es su color. Roja por fuera y también por dentro, esta variedad se posiciona como una novedad en el mercado global y abre una nueva etapa para la producción local, de la mano de un desarrollo internacional que ya muestra resultados. Se trata de Kissabel, conocida como “el beso de la naturaleza”, una manzana que combina una estética poco habitual con atributos vinculados a la salud. Según destacan sus desarrolladores, se caracteriza por su “alto contenido en antioxidantes” y un perfil de sabor que remite a “toques de frutos rojos para una experiencia culinaria excepcional”.
Detrás de este desarrollo hay un consorcio global que trabajó durante años para lograr una fruta con identidad propia. La Argentina forma parte de ese entramado a través del Grupo Prima, que comercializa también las tradicionales manzanas Moño Azul y que hoy apuesta a este nuevo segmento de alto valor.

“En los últimos 100 años, existen cuatro lugares en el mundo en donde se desarrollaron las 15 variedades con éxito comercial. Dos están en Estados Unidos, uno está en Europa, otro en Nueva Zelanda, pero los principales están en Europa y en uno de estos viveros europeos empezó con este desarrollo de esta manzana que se llama Kissabel”, explicó a LA NACION, Nicolás Sánchez, CEO del holding.
El origen del proyecto remite a un vivero francés llamado IFO, ubicado en Seiches-sur-le-Loir, donde comenzó el proceso de mejoramiento. “Esta variedad quiere decir besable”, detalló.

A partir de allí se conformó una red internacional de productores. Ese esquema reúne actores de distintos continentes. “Se armó un consorcio de 14 productores en el mundo junto al vivero francés. Es un consorcio donde hay un productor en Chile, uno en la Argentina (nosotros con Moño Azul), dos en Estados Unidos, uno de Sudáfrica, uno de Australia, otro de Nueva Zelanda, dos de Francia; uno del Reino Unido; uno de Suiza; dos de Italia; uno de España; uno de Alemania y uno de Canadá, entre otros”, describió.

El proceso no fue inmediato. Requirió inversión, tiempo y validación técnica. “Somos pocos productores que hicimos una inversión en Investigación y Desarrollo (I+D)”, remarcó Sánchez.
Una de las claves es que no se trata de una modificación genética, sino de cruzamientos tradicionales. “Este desarrollo no tiene un gen modificado, son cruzas, nace de una manzana tradicional y una manzana silvestre que tenía ese color por dentro”, explicó.
La adaptación al territorio argentino fue otro desafío central. “Trajimos varias selecciones o clones para ver cuál se adaptaba mejor a nuestro clima y eso tiene que ver con que genere un buen color externo e interno y que tenga condiciones comerciales”, señaló.

En ese camino, el trabajo articulado con el sistema científico resultó clave. “Nosotros, mediante un convenio, hicimos las selecciones con la estación del INTA del Alto Valle”, precisó.
El desarrollo local llevó años. “En la Argentina hace 15 años estamos con el proyecto. Trajimos el material, armamos las plantas, hicimos que esas plantas crezcan y produzcan y así ir viendo cuáles eran las variedades que mejor crecían. Esos fueron procesos de entre siete y ocho años”, recordó.
A partir de allí, se avanzó hacia etapas más comerciales. “Se fueron seleccionando las que presentaban mejores condiciones y así ya fuimos acercándolas a la mejor variedad comercial”, agregó.
El salto llegó con la validación del consorcio. “Después el consorcio es quien te aprueba para pasar a un estadio pilot orchard, donde te permiten hacer una plantación de algo más de media hectárea para ver cómo evoluciona, cómo es la conservación y luego se entra a un proceso más de la aprobación comercial”, explicó.
Hoy la Argentina ya transita esa instancia. “Ya estamos en esa etapa, ya tenemos 10 hectáreas implantadas y ya empezamos a vender algo el año pasado”, afirmó.

El comportamiento en los mercados externos refuerza el optimismo. “En Europa y Estados Unidos la Kissabel está teniendo mucho éxito. Por eso nuestra meta es exportar”, señaló.
Mientras tanto, el mercado interno ya muestra señales claras de aceptación. “En la actualidad en la Argentina la verdad es que nos la sacan de las manos”, resumió.
La singularidad del producto es uno de los motores de esa demanda. “Las características de esta manzana con respecto al resto es que es roja por dentro y por fuera. Es toda roja”, describió.
A eso se suma su perfil organoléptico. “Tiene su nota de acidez particular, de azúcar, con un dejo de frutos rojos. Posee algunas expresiones interesantes”, indicó.
El posicionamiento también se refleja en el precio. El valor de esta manzana con respecto al resto de las manzanas tradicionales es más alto porque es muy demandada. El canal comercial apunta a segmentos diferenciados. “Se venden en lugares que comercializan productos specialty y frutos exóticos”, detalló.
Con este escenario, el crecimiento aparece como el próximo paso. “Hoy tenemos 10 hectáreas. Pero con el boom que se generó por esta manzana, pensamos en principio crecer a unas 50 hectáreas”, adelantó.
El interés del consumidor es el principal respaldo. “Está traccionando mucho, la gente que la distribuye de repente nos pregunta cuándo la volvemos a tener porque es muy requerida. Hay mucha demanda, hay un boom”, afirmó.
En plena cosecha, las proyecciones productivas son moderadas, pero firmes. “En este año no vamos a tener mucho, porque son plantaciones jóvenes, pero cosecharemos unos 500.000 kilos”, señaló.
La estrategia, por ahora, es consolidar el mercado local antes de dar el salto. “Por ahora es para consumo interno, pero cuando estas 50 hectáreas empiecen a producir la vamos a exportar”, concluyó. Así, desde el Alto Valle, una manzana distinta comienza a abrirse camino en el mundo. Con desarrollo local, respaldo internacional y una identidad propia, Kissabel suma un nuevo capítulo en la historia frutícola argentina.



