En el conurbano bonaerense hay un vínculo con las tradiciones rurales y la cultura de la inmigración
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Si bien es cierto que la mayor concentración de la población argentina se encuentra en torno a la Ciudad de Buenos Aires, en lo que se denomina el conurbano bonaerense, no siempre se toma conciencia de que ese vasto espacio de tierra urbanizada forma parte de la región pampeana y posee una historia muy importante, fundamental y fundacional para nuestro país.
Tan remota es la historia de Morón que basta decir, por ejemplo, que el propio Hernandarias (Hernando Arias de Saavedra) mandó construir un fuerte en el lugar, y que los pueblos originarios que habitaban la zona antes de la llegada de los españoles también dejaron su huella.
La provincia de Buenos Aires se divide en partidos. El conurbano está formado por aquellos partidos próximos a la Ciudad de Buenos Aires, cuyas respectivas ciudades se han ido uniendo a través de la urbanización, prácticamente sin dejar espacio a la ruralidad.
“Se levantan cuando el gallo aún no cantó…”
Hemos escuchado estos versos en la canción profundamente interpretada por uno de los grandes del folklore argentino, don Alfredo Martín Ábalos, en la obra de Jorge Marziali titulada Los obreros de Morón, convertida en todo un símbolo de la gente de bien y luchadora de la zona.
Morón, nombre tanto del partido como de la ciudad, presenta diversas posibilidades en cuanto al origen de su denominación, ya sea por la palabra en sí o por los distintos nombres que tuvo el lugar a lo largo del tiempo. Nos quedamos con la versión que señala que alrededor de 1680 llegó desde Madrid don Diego Morón y que, tras su muerte, su viuda compró una chacra donde hoy se asienta la ciudad. Desde aproximadamente 1705, el lugar y la zona comenzaron a denominarse “Pagos de Morón” y/o “Cañada de Morón”. Las tierras adquiridas por la viuda de Morón formaban parte de aquellas que el fundador español Juan de Garay había cedido a don Juan Ruiz.
La existencia de Morón de la Frontera, en España, despertó la curiosidad de más de un vecino de nuestro Morón bonaerense. Así, el doctor Adolfo Sparetti visitó ese lugar y se encontró con una estatua de un gallo desplumado, que inmortaliza una leyenda —o historia— ocurrida alrededor del año 1500 en un pueblo andaluz. Allí se produjo una disputa entre dos bandos que motivó el envío de un juez desde Granada para resolver el conflicto vecinal. Lo cierto es que dicho juez era excesivamente altanero y tenía por costumbre rematar sus razonamientos con la expresión: “Donde canta este gallo, no canta otro”. Ya sabemos cómo son las puebladas españolas: un día lo capturaron, lo despojaron de sus ropas, le propinaron una paliza ejemplificadora y el juez huyó corriendo a su pueblo. Así nació el refrán: “Así te vas a quedar, como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando en la mejor ocasión”.

Interpretamos que la estatua de ese gallo, además de narrarnos esta historia, funciona como una advertencia para todo aquel que, de un modo u otro, depende o recibe recursos de los presupuestos estatales y no actúa correctamente, ni con la debida actitud de servicio.
Al regresar el doctor Adolfo Sparetti a su Morón bonaerense, relató esta historia a un grupo de vecinos organizados, quienes decidieron erigir un gallo de Morón, pero de aquí.
La obra fue encomendada al escultor Amado Armas, quien realizó una magnífica pieza. Se trata de un gallo criollo, no de riña ni destinado a ella, como incorrectamente se ha escrito en más de una ocasión. Está cantando, intacto desde su inauguración, el 11 de agosto de 1963. Aparentemente de tamaño natural, se yergue sobre un pedestal al que parece haber saltado para cantar mejor, como lo hace cualquier gallo.
Es probable que otros factores también hayan contribuido a la elección de este monumento, ya que los gallos tuvieron una importancia significativa en la Argentina antigua. Por su coraje y actitud, bien podrían compararse con el gaucho cuando estaba dispuesto a servir a la patria, a cumplir un trabajo encomendado o cuando surgía algún paisano de bravura excepcional que, al enfrentarse en lo que López Osornio denominó “la esgrima criolla”, resultaba siempre vencedor.

Monseñor Juan Antonio Presas (1912–2005), historiador de Morón, al comparar el gallo desplumado español con el nuestro, escribió:“...pero nuestro gallo es de rico plumaje, erguido y soberbio, siempre alerta y gallardo. Emblema de potencia y arrojo, tenacidad y perseverancia, señal de guardia y defensa, alegría de nuestra ciudad”. Tan exactas son estas palabras que bien deberían figurar grabadas en el pedestal de la estatua.
La provincia de Buenos Aires es un estado preexistente a la República Argentina, y el espacio que hoy ocupa el conurbano también lo fue de manera natural. Más tarde, el aporte de la gran inmigración —fundamentalmente europea— de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, sumado a la llegada de argentinos de todos los confines de la patria, conformó esta geografía urbanizada de una idiosincrasia absolutamente argentina. Sin embargo, se diferencia de todas las provincias, incluida la propia provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires. Los valores de la civilización argentina, afortunadamente, permanecen en las familias que habitan este espacio. El conurbano bonaerense es un fenómeno que ni el país ni la provincia de Buenos Aires han resuelto correctamente hasta hoy, lo que se traduce en una cierta orfandad de los partidos que lo conforman.
El gallo de Morón está alerta, siempre listo. Como todo gallo, es un buen augurio, ya que suele cantar antes del amanecer, anunciando el día que deja atrás a la noche.
El gallo de Morón tiene patas fuertes y agudas espuelas como advertencia. Es emblema de numerosas instituciones locales y de Morón mismo, pero ya podemos decir que se ha convertido en un símbolo de todo el conurbano: una imagen de predisposición, identidad y esperanza.
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