El predominio de planteos con un nivel tecnológico medio y un manejo que no acompaña los rindes explican la distancia entre lo que se podría producir y lo que efectivamente logra
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El girasol volvió a expandirse en la Argentina y alcanzó su mayor superficie en casi dos décadas. Según datos de la Bolsa de Cereales de Córdoba, el cultivo llegó a unas 2,8 millones de hectáreas implantadas, el nivel más alto en casi 20 años. Ese crecimiento convive con una brecha importante entre lo que el cultivo podría rendir y lo que efectivamente produce. En muchos casos predominan planteos con un nivel tecnológico medio o más defensivo, lo que explica una diferencia que ronda el 34% entre el rendimiento potencial y el logrado, según estimaciones técnicas. En ese marco, especialistas coinciden en que hay margen para acortar esa distancia a partir de mejoras en el manejo, con mayor inversión en fertilización —sobre todo en nitrógeno y fósforo— y una adopción más extendida de tecnologías como la aplicación variable de insumos.
En ese sentido, un estudio presentado en el último congreso de girasol de Asagir en Mar del Plata por Ignacio Rodríguez, representante Técnico de Desarrollo en Limagrain, permitió dimensionar esa distancia. A partir de modelos de simulación y datos oficiales, el trabajo estimó que el rendimiento potencial del girasol en la Argentina se ubica en torno a 3,2 toneladas por hectárea en secano, frente a un promedio observado cercano a 2,1 toneladas. Es decir, un 34%. “Nosotros primero lo que hacemos es calcular un rendimiento potencial. Esto lo hacemos a través de modelos de simulación y eso lo comparamos con los datos que nos da la Secretaría de Agricultura”, explicó. “La diferencia entre esos dos niveles de rendimiento es la brecha”, añadió.

Ese análisis también muestra que la brecha no se distribuye de manera homogénea en el país: el norte concentra los mayores desfasajes en términos porcentuales, en un contexto de ambientes más restrictivos y planteos con menor nivel de inversión, mientras que en otras regiones la distancia es menor, aunque también significativa.
Rodríguez señaló que, entre los factores que explican esa brecha, la nutrición del cultivo es uno de los puntos más relevantes, ya que el nitrógeno y el fósforo “son determinantes” para cerrar esa distancia. Advirtió: “En la mayoría de las zonas vemos que aplican menos de lo que deberían”.
En este marco, los esquemas que incorporan híbridos más modernos o tecnologías específicas tienden a mostrar mejores desempeños y mayor cercanía al potencial.
Diagnóstico
En ese contexto, el diagnóstico de campo muestra que ese potencial todavía no se termina de aprovechar. Agustín Moro, de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, explicó que el girasol se maneja mayormente con un nivel tecnológico “intermedio”, con una adopción todavía limitada de herramientas más avanzadas. Según indicó, prácticas como la aplicación variable de insumos alcanzan apenas a alrededor del 16% de los productores, lo que ayuda a explicar por qué el cultivo no logra expresar todo su potencial en muchos planteos.
En la misma línea, señaló que la fertilización tampoco acompañó la mejora de los rendimientos. A nivel país, las dosis se mantienen desde hace años prácticamente sin cambios —entre 11 y 13 kilos de fósforo y entre 20 y 30 kilos de nitrógeno por hectárea
Frente a ese escenario, las recomendaciones apuntan a ajustar el manejo más que a incrementar insumos de manera aislada. En ese sentido, el especialista en fertilidad de suelos y nutrición de cultivos Martín Díaz Zorita advirtió que el desafío no pasa solo por aumentar las dosis, sino por mejorar la estrategia de fertilización en su conjunto. Según explicó, la nutrición debe pensarse como un sistema integrado en el que intervienen el diagnóstico, la fuente, el momento y la forma de aplicación.
Uno de los puntos centrales es la anticipación. “Los nutrientes tienen que estar disponibles antes de que el cultivo los demande”, planteó. Explicó que la nutrición “anticipa el crecimiento”: si el objetivo es formar hojas, raíces o estructuras reproductivas, los elementos deben estar en la planta con anterioridad a esos procesos. Esto implica que aplicaciones tardías, aun con dosis adecuadas, pueden perder eficiencia si no coinciden con los momentos críticos del cultivo.
En términos de impacto, señaló que los ajustes en la estrategia de fertilización permiten mejoras de entre 17% y 30% en la eficiencia en el uso del agua, un aspecto clave en el girasol, que en muchos ambientes se desarrolla bajo condiciones de restricción hídrica. “A medida que mejora la oferta de agua, la respuesta a la fertilización es cada vez más importante”, indicó.
Sobre nutrientes específicos, remarcó que el fósforo sigue siendo la base del sistema. En gran parte de las regiones girasoleras los niveles de este nutriente son bajos y su deficiencia puede comprometer al menos el 10% del rendimiento alcanzable. “Sin fósforo no hay raíces y sin raíces no hay cultivo”, resumió.
En el caso del nitrógeno, el diagnóstico es más variable. Los suelos hoy aportan menos que en el pasado —entre 40 y 90 kilos por hectárea en muchos ambientes— y las respuestas dependen del potencial de cada lote. Sin embargo, destacó que la clave no es solo la dosis sino el momento de aplicación: las mejores eficiencias se logran cuando el nutriente se incorpora en etapas avanzadas del crecimiento vegetativo, evitando “sobrealimentar” estructuras que no definen el rendimiento.
A esto se suma el rol creciente de otros nutrientes. El azufre mejora la eficiencia del nitrógeno cuando se aplica en conjunto, mientras que el boro empieza a aparecer como un factor limitante en distintas regiones, con respuestas más marcadas en campañas secas.
Otro eje que destacó como relevante es el diagnóstico. Díaz Zorita insistió en que no se trata solo de análisis de suelo, sino de entender el sistema productivo en su conjunto: limitantes, expectativas de rendimiento, ambiente y logística. “El análisis es una parte, pero el diagnóstico es mucho más amplio”, señaló.
Finalmente, subrayó: “El modelo que predomina hoy en muchos casos responde a recomendaciones de hace casi 20 años”. Remarcó que hay margen para mejorar sin necesariamente aumentar costos, sino ajustando mejor las decisiones. En esa línea, consideró que herramientas como el monitoreo en tiempo real o el uso de imágenes para detectar deficiencias abren nuevas oportunidades para hacer manejos más precisos.
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