En el siglo XIX era común su presencia en las cuadrillas de esquiladores que recorrían los campos de la pampa húmeda
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En la campaña era habitual encontrar comparsas, es decir, cuadrillas de esquiladores que, una vez contratadas, iban rotando de una estancia a otra. Estas comparsas estaban integradas por hombres y, en algunos casos, también por mujeres, cada uno con tareas específicas dentro del proceso de esquila: esquilador, agarrador o maneador —quien sujetaba al animal cruzándole la pata izquierda entre las manos—, curador de tajos, alzador de vellones, atador de vellones e incluso cocinero. También llevaban consigo las herramientas necesarias: tijeras, maneas, piedras de afilar, hilo y otros implementos.
A la cuadrilla se sumaba el latero, encargado de entregar la “lata” o ficha cada vez que un esquilador finalizaba una oveja, tarea que estaba bajo la supervisión del capataz.
La esquila ofrecía la posibilidad de obtener buenos ingresos en pocos días, por lo que atraía a numerosos peones golondrina. Tal era el movimiento laboral que generaba esta actividad que, según informaba El Monitor de la Campaña en 1872, “en los juzgados existe la tradición de dar licencia a los soldados de la partida hasta por quince días, particularmente en las épocas de esquila y de cosecha”.
Juan Manuel de Rosas en sus Instrucciones a los mayordomos de estancias recomendaba lo siguiente: “La trasquila de primavera debe ser en Setiembre y Octubre y hasta el 15 de Noviembre, y en el otoño se empezará en fines de Febrero hasta todo Abril. En esto es preciso observar el mayor cuidado, tanto en el modo de hacer la trasquila para que la gente no mañeree, cuanto en el método para que las majadas no se estropeen ni que haya pérdida de corderos.”

En esta línea afirma Estanislao Zevallos: “La esquila no era una faena regular por aquellos tiempos. Pero en 1839 los señores Gibson establecieron la esquila regular, anual; y en vez de comenzarla en Enero y Febrero, como se acostumbraba, afilaron en Octubre las tijeras”.
Richard A. Seymour en Un poblador de las pampas comenta que: “Un peón hábil, algunas veces esquila en un día ciento cincuenta o más ovejas, contándoseme, aunque no pueda garantizar la veracidad de esto, que un hombre y su mujer una vez habían llegado a pelar doscientas noventa en una jornada”. Se dice también que las mujeres son tan buenas esquiladoras como los hombres, aunque no tan rápidas. Aclara Justo P Sáenz (h) con respecto a la mujer que trabajaba en la esquila lo siguiente: “.. siendo fama que lo hacían tan bien o mejor que los hombres”.
En el Manual del estanciero Godofredo Daireaux escribió: “Hemos notado que las mujeres en general, esquilan mucho mejor que los hombres, y cortan menos las ovejas”.
También José Hernández refiere a la mujer esquiladora cuando dice en Instrucción del estanciero: “La esquila se hace por peones esquiladores, y en nuestra campaña hay muchas mujeres que se emplean también en esto”.
A partir de 1900 se inició una amplia difusión de máquinas de esquila —principalmente de las marcas Bariquand, Cooper y Wolseley, entre otras—, lo que con el tiempo marcó el declive del uso de la clásica tijera de esquilar
Algunos relatos de esquiladoras de otros tiempos:
En la esquila que se hizo en el Establecimiento San Roque en el Departamento de Uruguay (Entre Ríos), en el año 1859, Manuel E. Macchi en El Ovino en la Argentina, informa que entre veintidós esquiladores figuran 12 mujeres. Rafaela Ruiz lo hizo en 1775 cabezas, Juana María en 1600 y Eusebia Cabrera en 1550 entre las más eficientes, capacidad que no era menor a la del hombre. Y en la esquila de 1866 en la Estancia El Potrero menciona a Rufina Cabrera con 6558 ovejas esquiladas, también figuran Luisa Gómez con 4262, Eucebia Cabrera con 3325 y Jacinta Bega con 3075.

Roberto J. Bouton en su recordada publicación La vida rural en el Uruguay, comenta: “No era raro ver antiguamente, mezcladas en las canchas de esquila, algunas chinas esquiladoras, que se desempeñaban tan bien como los hombres. Conocí en Florida, dos, la china Zoila y la china Nicanora, que hacían cerca de 40 latas por día; esta última solía llevar a donde iba a esquilar, un gurí como de 10 u 11 años de edad, para que le ayudara, garreándole las ovejas que le tocaban, más entonces sí que superaba en mucho el número de latas”.
Roberto Uballes en El alazán viejo recuerda a Brígida Cardoso: “a pesar de sus sesenta años, era una esquiladora envidiada. La tijera en sus manos, se movía con tal seguridad y con tanta limpieza, que por fuerza despertaba curiosidad en cuanta persona la veía trabajar”. Brígida totalizaba todos los días de labor, sin tropiezos, ochenta latas.
La tarea de la esquiladora fue descripta con minuciosidad por Benito Lynch en La esquiladora, relato incluido en De los campos porteños.






