Las memorias de Asencio Abeijón dan testimonio de la vida en la Patagonia en las primeras décadas del siglo XX
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Son escasos los testimonios sobre la Patagonia en las primeras décadas del siglo pasado. También son pocos los casos en que el trabajador escribe sus memorias. Asencio Abeijón nació en Tandil y partió con su padre a la Patagonia. Llegaron a Comodoro Rivadavia a dos años de haber sido fundado, cuando apenas había unos ranchos. Su padre levantó un boliche en arroyo La Mata mientras el muchacho aprendía a leer en una estancia vecina o colaboraba con los carreros que se juntaban en el puerto.
Durante su vida campera Abeijón protagonizó una gran cantidad de escenas y fue testigo de otras tantas. Sin quererlo esas historias fueron amontonándose por dentro y brotaron años más tarde en sus memorias, editadas en 1971 en Comodoro Rivadavia bajo el nombre de Apuntes de un carrero patagónico .
Antiguamente la típica carreta patagónica era pequeña y tirada por bueyes, pero a ésta la sucedió la chata, que era uncarro enorme, cuyas ruedas delanteras eran más chicas que las traseras, y que era tirado por caballos. Llevaban cargamentos de lana, yerba, cueros, barriles de vino, fruta, tercios con yerba, bolsas de harina, tambores de Cooper, chapas para algún rancho, madera y cocinas de hierro. Todo cabía allí arriba.
A la madrugada los carreros churrasqueaban y tomaban mate. Con el cuchillo en la mano y la boca brillante de grasa aguardaban que el caballerizo acercara los animales. Entonces había que apaciguarlos y colocarle los aperos, primero al cadenero y luego al varero, que eran como el timón de la embarcación. Si había amanecido ventoso, el carrero o "chatero" se colocaba las antiparras. Entonces sí, pega unos gritos y va ganando el camino, sentado en el pescante de madera, a casi tres metros de altura. Con ocho o diez riendas de soga y un látigo conduce catorce caballos nerviosos. Toma velocidad y avanza crujiendo, perseguido por una nube de tierra mientras la llanta de acero va dejando su marca en el desierto.
En la Patagonia, el aislamiento y las distancias son mayores que en cualquier otra región del país, pero en aquella época, además, no había puentes ni caminos consolidados. Por 1908 Abeijón recuerda haber presenciado un cruce de chatas por el Río Senguer, en la provincia de Chubut. Menciona que allí las caravanas esperaban en las orillas que aflojase la crecida hasta que algún valiente arremetía y entraba en el agua con sus caballos resoplando, rompiendo con sus cuerpos la corriente.
La calma del carrero llegaba con la noche y el fogón. Allí se distraía, armaba un cigarro y conversaba siempre sobre los mismos temas; que a pesar del invierno la caballada estaba fuerte, que los caminos están bravos, que don Francisco ha perdido varios animales pero que en verdad un tal Julio los ha encontrado antes de que aquél los pierda, que el joven catalán se ha puesto muy baqueano para llevar la chata.
La travesía era casi una desgracia y las noticias escasas, por lo que cada vez que se cruzaban dos caravanas el fuego y la charla crecían. Sólo después de haber intercambiado novedades buscaban acomodarse para dormir debajo de los carros.
Anotaciones
Frente a los ojos andariegos del carrero-cronista desfilan los oficios del paisano del Sur. Sin presumir, revela un conocimiento profundo del hombre y del campo patagónicos. Cuando un carrero se encajaba, recuerda Abeijón, no dejaba de insultar y luego de varias horas de trabajo sucio, salía otra vez insultando, pero esta vez de alegría.
En sus andanzas Abeijón tropezó con el llamado "tumbiador", hombre que recorría las estancias buscando trabajo sin querer encontrarlo. Cuando se topaban con uno de ellos, los carreros viejos le tiraban de la lengua para que contase sus embustes. Finalmente la historia terminaba siempre igual: el patrón de carros le ofrecía trabajo y el tumbiador se retiraba con alguna excusa.
En sus notas Abeijón retrata también al nutriador y al chulenguiador. Al puma lo pinta atosigado por los perros con la retaguardia cubierta, afrontando a la jauría; sentado sobre sus patas traseras, gachas las orejas y mostrando sus formidables colmillos. Y tras el "león" llega su cazador.
Luego relata los avatares del campeador, hombre que anda leguas y días en busca de una tropilla y cuando encuentra un grupo de caballos, recuerda Abeijón, sean propios o ajenos, va grabando casi con indiferencia cada seña de los animales. Le quedan impresos en la memoria, además del número, el pelaje y la marca. También registra si alguno va maneado o con bozal, si entre ellos hay alguno sudado, con la cola larga o recién tusado. Recuerda también el lugar en que se hallan y el rumbo en que caminan. Todo con una sola mirada.
Sobre la chata el carrero cargó la historia de los personajes patagónicos hasta que el ferrocarril la empujó al abismo del olvido, volcando en la caída su penoso andar. Hoy, como pasado cercano, la camioneta que levanta polvo en el campo, heredó su nombre y su oficio.






