Se trata de María Sol Cravello que, con 42 años es primera Cicerone Certificada de Sudamérica y jueza en las competencias cerveceras más prestigiosas del planeta
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Al principio fue apenas un sorbo, más por obligación que por gusto. María Sol Cravello recuerda que ni siquiera tomaba cerveza: no le agradaban las bebidas con gas y su mundo pasaba por otro lado. Años después, esa misma mujer que evitaba tomarse una “birra” sería la primera Cicerone Certificada de Sudamérica, jueza en las competencias cerveceras más prestigiosas del planeta y una de las principales voces del universo cervecero en la Argentina.
“Antes de esto ni siquiera me gustaba ni tomaba cerveza”, cuenta Cravello a LA NACION, con una sonrisa que mezcla sorpresa y orgullo por el camino recorrido. Tiene 42 años, es licenciada en Tecnología de Alimentos, sommelier de cerveza de Cervecería y Maltería Quilmes y una especialista que hizo de la curiosidad una profesión.
Su historia no empezó precisamente en una fábrica ni en una maltería, sino en los laboratorios. Estudió bioquímica y biología en la UBA, para luego graduarse como Licenciada en Tecnología de Alimentos en la UADE.

“No tenía relación con el sector alimenticio en mi casa: mi papá es contador y mi mamá psicóloga social”, recuerda. El interés por la comida estaba, pero desde otro ángulo. “Me gustaba más lo nutricional, fui vegetariana tres años, hacía cursos de cocina sana, pero después volví por las milanesas”, dice, entre risas.
Antes de ingresar al mundo cervecero, trabajó seis años en un laboratorio de microbiología clínica, en un hospital. La microbiología siempre la atrapó y aún hoy continúa con una atracción hacia esa rama, por eso hasta tiene el microscopio tatuado en su cuerpo.
Ese amor por los microorganismos fue la llave que, sin saberlo, la acercó a la cerveza. “Cuando empecé a estudiar alimentos, la microbiología de alimentos me resultaba fascinante. No podía creer la cantidad de alimentos que se hacen a partir de fermentaciones”, explica.
Ya recibida, buscaba salir del laboratorio y entrar en la industria. Quería trabajar en una compañía donde los microorganismos transformaran alimentos. Así llegó la oportunidad menos pensada: una entrevista en Cervecería y Maltería Quilmes, en la planta de Zárate.
El contacto fue casi fortuito. Una amiga suya había viajado en avión con una chica que trabajaba en la empresa. “En la charla, al pasar, le comentó que tenía una amiga que estudiaba Tecnología de Alimentos y esa chica le dijo que yo la llame. Cuando me recibí, busqué ese contacto, aunque no me conocía”, cuenta.

Gracias al programa de referidos de la empresa, logró una entrevista. “Solo sabía que me gustaba el mundo de la microbiología y trabajar en una empresa grande”, admite, en referencia a su falta de experiencia industrial. No conocía de análisis sensorial, no tomaba cerveza y su conocimiento cervecero era mínimo.
Su primer rol fue coordinar el panel sensorial de la planta. Allí, empezó a recorrer la cervecería desde adentro: el agua, los procesos, las muestras, las catas con maestros cerveceros y la detección de desvíos. “Ese mundillo me pareció impresionante. Empecé a capacitarme fuera de la empresa. Salía de Zárate, que quedaba a 90 kilómetros de mi casa, llegaba y me ponía a estudiar hasta medianoche”, dice.

Y aunque al principio fue a fuerza de aprendizaje, el entusiasmo creció. Así llegó al mundo de los sommeliers cerveceros y, más tarde, a la certificación Cicerone, un programa internacional nacido en Chicago por iniciativa de Ray Daniels. “Es una certificación integral: no es solo elaboración o temas sensoriales, es saber de todo. Hay cuatro niveles y los exámenes duran seis u ocho horas”, explica. Cravello ya aprobó la exigente prueba de cata en Atlanta y ahora avanza hacia el tercer nivel.

Pero el recorrido no fue solo técnico. A los pocos años, algo más apareció. Se dio cuenta de que su camino era comunicar. Descubrió que le apasionaba contar lo que aprendía, transmitir que la cerveza era mucho más que “una birra fría para tomar de la lata o de la botella en la esquina de tu casa”.
“Cada cerveza tiene su temperatura, su vaso, su historia, sus ingredientes. Quería elevar la categoría”, destaca. Ese rol empezó a tomar forma. Primero, capacitó a mozos y personal de bares y restaurantes. Luego, lideró giras de conocimiento cervecero. “Hicimos viajes a México, Brasil, China, Londres. Nos capacitaban muchísimo. Viví cosas impresionantes”, recuerda.
En paralelo, sumó otro desafío: ser jueza internacional. Rindió exámenes teóricos y prácticos, comenzó en competencias en Chile y fue ganando experiencia. “Es un aprendizaje enorme”, explica.

Esa trayectoria la llevó a la World Beer Cup, la competencia más prestigiosa del mundo, donde participan unos 300 jueces de distintos países. “Podés probar 60 o 70 muestras por día, todo a ciegas. Evaluás aroma, sabor, espuma, técnica. Es un trabajo muy intenso”, describe.
Y ese derrotero de más de una década la transformó. “Se me despertó un gusto por algo que no sabía que existía. Me gusta comunicar, no me da vergüenza, me gusta el escenario, ser vocera. Me siento más comunicadora de la cerveza que otra cosa”, dice.”, confiesa. Así nació una figura que antes no existía: la del comunicador cervecero.

Hacia adelante, con una gran pasión en el análisis sensorial en todas sus formas (cerveza, café, queso) Cravello tiene un sueño claro. “Quiero tener una academia o una escuela de capacitación sensorial. Me encanta escuchar cuando los expertos hablan de química y de los temas sensoriales. Me gustaría tener un espacio donde la gente se fascine como me pasó a mi tiempo atrás”, proyecta.
Si hay un hilo que atraviesa toda su historia es la curiosidad. “Siempre fui preguntona”, dice. Fue esa misma curiosidad la que la llevó del laboratorio clínico a los escenarios cerveceros del mundo. La misma que explica cómo alguien que no tomaba cerveza terminó convirtiéndose en una de sus mayores embajadoras.
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