Perdió a su padre a los 8, aprendió a tejer y encanta a los asistentes de La Rural

Selva Díaz (derecha) y su prima, Celina
Selva Díaz (derecha) y su prima, Celina
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1 de agosto de 2019  • 17:39

Amanece en Buenos Aires. Selva Díaz se asoma a la ventana del cuarto de la pensión en donde se aloja. Ya extraña el paisaje de los cerros catamarqueños de su pueblo, Londres.

Hace días, la famosa tejedora de ponchos artesanales encaró un largo viaje hacia Buenos Aires para exponer sus productos en La Rural de Palermo (Pabellón Verde). Antes de dejar el pueblo, como cada vez que se ausenta, pasó por el cementerio a buscar la bendición de su madre.

El camino fue largo y cansador: cuatro horas de su poblado hasta la capital provincial y luego más de 16 horas hasta Buenos Aires, cargada de unos cuantos bolsos y valijas repletas de ponchos.

Más tiempo todavía le llevó preparar la mercadería que se vende en el stand del predio de Palermo. Los 20 ponchos de telar traídos este año le llevaron más de seis meses de confección. La ayudaron su prima Celina, dos de sus hijos y otros colaboradores, que tejieron hasta altas horas de la madrugada en extenuantes jornadas.

La historia de la catamarqueña con los ponchos es larga. Díaz nació en La Aguada, a casi tres leguas de Londres, camino arriba, y desde chica ve a sus padres tejer. Al quedar huérfana de padre con solo 12 años, Feliberta, su madre, le dijo que debía aprender a tejer para ayudar en el hogar. A partir de ese entonces, su día se repartió entre ir a la escuela rural y los telares.

"Eran años duros. Había que trabajar: juntar el maíz, cuidar las cabras, ordeñar las vacas y además tejer", cuenta a LA NACION la artesana, hoy de 68 años.

Todavía recuerda a su primer poncho. Quería unas sábanas para su cama, porque no tenía. Con retazos de lana que le regaló una vecina, emprendió esa tarea con la asistencia de su madre, uniendo hilo por hilo hasta que se fue formando el tramado.

"Era gris con guardas bordó, no me olvido más. Se lo vendí a un matrimonio de docentes del pueblo que no solo me pagaron sino que además me regalaron el juego de sábanas. Con esa plata compré más materia prima para hacer otro. Así comencé ese camino del telar", relata.

El docente que le compró ese primer poncho quedó admirado por el talento de la pequeña y le propuso un trato: él le entregaba el material y ella hacía dos ponchos, uno para cada uno, una suerte de sociedad de capital e industria. Con esos primeros pesos ahorrados era el momento de tener cama propia y un colchón nuevo para poder dormir sola y no con algún hermano, "pata con pata".

Poco a poco le fue "agarrando la mano" y los pedidos en la zona fueron en aumento. Tiempo después llegó el momento de crecer y mudarse. Dejó a su madre y se mudó a Londres. Comenzó a salir a ferias y festivales para mostrar sus productos y hacerse conocida. Junto a su prima, eran horas y horas en los puestos de las exposiciones "que hasta se quedaban dormidas sentadas".

Durante esos viajes era su madre quien cuidaba de sus hijos chicos y se encargaba de las tareas del hogar. "En esos tiempos cada vez que volvía de una feria, la encontraba parada en la puerta de mi casa esperándome y me preguntaba: '¿Cómo le ha ido, m'hija?'. Al principio yo regresaba con la mercadería intacta, sin haber podido vender ningún poncho. Pero ella me aseguraba: 'Siga adelante, que algún día le va a ir bien'. Era difícil, pero siempre supe que era eso lo que quería ser en la vida", recuerda.

La gente empezó a conocerla y los encargues se acrecentaron. Y con ellos también llegaron los premios a su trabajo. Hace casi sesenta años que sus días se pasan sentada frente al telar. Aún le da pena desprenderse de sus ponchos, pero al rato se contenta en saber que sus clientes los van a disfrutar.

Ya son cerca de las ocho de la mañana. Díaz toma unos mates con tortilla, carga sus ponchos al hombro y parte rumbo a La Rural, como hace 10 años atrás. En el camino recuerda las sabias palabras de su madre, Feliberta: "Siga adelante, m'hija, que algún día le va a ir bien".

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