Rincón gaucho: mocovíes y criollos, enfrentados en el mal llamado "último malón"

Milicia vecinal de Alejandra antes de partir a una "batida"
Milicia vecinal de Alejandra antes de partir a una "batida"
Ñaró Uribe
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14 de julio de 2018  

Desde la llegada de la colonización los pueblos indígenas de la provincia de Santa Fe, integrados por la nación guaycurú -mocovíes, tobas y abipones-, nunca se sometieron del todo a la supremacía ejercida por el hombre blanco, y expresaron su estado de rebelión entre "maloqueos" y correrías que a veces consistían solo en cuatrerear algún ganado u otras acciones más graves como atacar algún poblado -con quemazón incluida- o incluso alzarse con alguna cautiva.

Aunque ese estado de beligerancia parecía haber concluido junto con el siglo XIX el 21 de abril de 1904 pasó lo impensado. Los indios mocovíes que habitaban la zona aledaña a la actual ciudad San Javier sobre la costa del Paraná se levantaron.

Desde varios meses antes las autoridades sanjavierinas observaban con preocupación una gran afluencia de indígenas oriundos de Santa Rosa de Calchines, San Martín Norte y otras poblaciones. Creían que ello obedecía a la proximidad de las fiestas patronales, que solían contar con activa participación de los aborígenes. Casualmente el 3 de diciembre del año 1903 -día de la tradicional fiesta de San Francisco Javier- empezó a gestarse el estado de sublevación.

Los capitanejos Juan y Andrés, hermanos del cacique Mariano López, se pusieron al frente de la revuelta endilgando a su hermano el haberse subordinado a un vergonzoso sometimiento a cambio de pequeños favores de parte de las autoridades. Al mismo tiempo la indiada era azuzada por los "tata-dioses " hechiceros Santos Megrané y Domingo López y el adivino Salvador Golondrina -mesiánicos consejeros milenaristas-, que presagiaban un supuesto diluvio apocalíptico que convertiría en barro las balas de los blancos. Y, para lograr éxito en la lucha para recuperar sus tierras, recomendaban armas tradicionales: lanzas, cuchillos y boleadoras.

Frente al pedido de socorro, un centenar de soldados de refuerzo fueron despachados por el gobernador Rodolfo Freyre a bordo del vapor Ceres, pero llegaron un día tarde. Solo estuvieron a tiempo las partidas de vecinos de las colonias cercanas.

En la madrugada del 21, los mocovíes alzados y sus aliados ya se hallaban listos para la batalla y aunque circulaba el rumor de que el ataque se postergaría hasta la noche, al mediodía surgió un imprevisto. El dueño de la mensajería, el oriental don Félix Lena, Winchester 44 en mano y según cuentan las malas lenguas, con algunas cañas mañaneras encima, muy enojado y reclamando a los gritos que le habían robado unos caballos, increpó a los indios alzados.

Ahí nomás se armó una feroz trifulca. Toda la indiada ingresó por dos calles laterales rumbeando hacia la plaza, todos a caballo, menos sus cabecillas, que corrían al frente pegando alaridos. Uno llevaba una bandera colorada, otro una verde con la imagen de San José y el tercero, una blanca con una cruz. Como no podía concluir de otra manera, fueron muy pocas las bajas entre los criollos blancos -Félix Lena, entre ellos- y muchos los mocovíes muertos. Los demás sobrevivientes derrotados fueron desarmados y quedó su destino a merced de la miseria, la desnutrición y las enfermedades.

Vencedores y vencidos en aquella sublevación insensata que la historia llamó -tal vez equivocadamente- "el último malón" estuvieron condenados a convivir en esa tierra de frontera atravesada por tensiones y contradicciones cuyo siempre anhelado destino de grandeza y progreso nunca llegó a alcanzarse.

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