En la estación Lozano, el tiempo se ha detenido hace medio siglo y hay fantasmas de antiguos pasajeros
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Tras pasar revista a algunas tranqueras, la ruta de tierra hace un codo y comenzamos a transitar el borde de un cañaveral. De pronto, prácticamente en mitad del campo y mientras se encima la tarde del domingo, en las inmediaciones de un caserón avejentado y de una escuela rural, el cañaveral deja entrever una superficie llamativa por lo nivelada y, de buenas a primeras, nos encontramos con el palenque de lo que fue una estación ferroviaria.
El auto se detiene y en medio de la modorra alguien opina que sería absurdo no bajar a ver el lugar. La puerta principal -la que daba seguramente a la "sala de espera"- luce un ostentoso candado. Pero una portezuela en el alambrado inmediato está abierta y los pasos avanzan entre la hojarasca del otoño. El pasadizo divide la construcción principal de otras que deben haber sido depósitos de herramientas y desemboca en el andén, vacío y abandonado desde hace quién sabe cuánto. Es el viejo Ferrocarril Midland y la estación se llamó Lozano según nos entera un impertérrito cartel: no pasan los trenes dicen que van ya para cuarenta y pico de años, cerca de cincuenta.
Estamos en el partido de Las Heras y el pueblo cabecera está a diecisiete kilómetros. No queda demasiado lejos Buenos Aires; eso es antes del Salado, hacia el sudoeste de los campos porteños.
El tiempo se ha detenido hace medio siglo y, al parecer, nada sucedió desde entonces. El andén dormita bajo la hilera de árboles, las ramas deshojadas, como en lamentación por el viejo rito de vagones que llegan y vagones que se van.
Los rieles -repetidos tres veces por los desvíos en desuso- marcan aún sus paralelas bajo el pasto y enfrente el galpón resguarda celosamente su inútil secreto.
Las puertas permanecen bien cerradas y bajo el alero de la estación circulan los fantasmas de antiguos pasajeros. Se impone callar, ¿qué podríamos decir? En el tablero quedan algunos cartelitos despintados; más allá están los servicios todavía atenidos a la división canónica: "señoras" y "caballeros". Corresponde este último y uno se allana a la convención retrospectiva: el interior es de aquellos característicos en todos lados, a cielo abierto, sólo que ahora con infinitas hojas ajadas y una clásica laja rota. Las paredes, por supuesto, sin inscripciones: éstas sí las ha borrado del todo el paso del tiempo.
Se agolpan ideas e imágenes y algunas palabras se entrecruzan, con lo que comienza a quebrarse ese clima de reverencia infundada e inevitable que sugiere el abandono. Porque hasta ahí un poco la impresión era de velorio, lo que lógicamente resultaba carente de sentido. Es cierto que una estación sin movimiento llama siempre a la tristeza y que no balde a las vías que han dejado de usarse se le llama "vías muertas", pero tampoco es cuestión de exagerar.
Recuerdos infantiles
Enseguida vinieron las reflexiones para concluir de aflojar el clima. "A este pueblo lo mató la desaparición del ferrocarril", arriesga alguien, pero otro señala que ese tal pueblo más bien parece no haber existido nunca. "Bueno, pueblo no pero por acá se despachaba la carga, los productos de la zona que ahora van en camión". Y alguno recuerda que la red troncal, que fue de trocha ancha, por haber sido construida primero definió los lugares de población y así quedaron hasta hoy. Posteriormente se tendieron los ramales de troncha angosta más campo afuera pero se contrajeron casi exclusivamente al transporte de carga y rara vez generaron poblaciones de importancia; por eso cuando se los cerró -hacia los años 60- el hecho pasó casi inadvertido. "Esta línea era la del Midland: salía de Puente Alsina y llegaba a Carhué, la usaban los viejos que iban a los baños termales".
Es real que solía haber estaciones sin población; no era infrecuente. Y volver eso a la memoria suscita un cortejo de reminiscencias infantiles, perdidas en quién sabe qué rincón: habitantes de los establecimientos próximos sabían a qué hora pasaba el tren e iban en sulky o en auto para tomarlo o para esperar la llegada de alguien.
Debía ser éste el caso: gente por acá seguramente había muy poca. Tal vez esa casa gris en su tiempo haya sido almacén y sin duda la escuela reunía a los chicos de las cercanías. Pero vecindario con atisbos de cosa urbana nunca hubo; eso explica, por ejemplo, la casi perfecta conservación del lugar no obstante la incuria de los años: pocos vidrios hay quebrados y por la forma de caer uno nota que se trata de rajaduras producidas por los cambios de temperaturas y no por golpes o por pedradas.
Evidentemente nadie ha venido a depredar y tampoco a nadie se ocurrió ocupar el edificio. La verdad, ¿qué sentido tendría hacerlo?, no obstante que a unos doscientos metros, en la cabina sobre el paso a nivel, la familia de quien alguna vez fue cambista y encargado de señales, sí sigue viviendo, dedicada a pequeñas tareas de granja.
Es curioso: hace unos cien años se inauguraba la estación Lozano y no habrá faltado algún visionario que le augurase todo el progreso del mundo. Pero las cosas no siempre salen como se piensan. Nos llaman del auto: hay que irse.






