
El establecimiento fue creado a fines del siglo XIX por José Recio, un inmigrante español que puso toda su tenacidad en el trabajo de estas prodigiosas tierras
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LOBERIA.- La Carmelita 1898. Así reza la inscripción en la pared central de la casona de esta estancia, de frente a un prolijo parque del que se abre una avenida de eucaliptos que conduce en línea recta al kilómetro 81 de la ruta N° 227. De aquellos años, y forjada con el sudor y la tenacidad de un joven inmigrante español, data su historia. Pasaron cuatro generaciones de la familia Recio. El espíritu que alentó a Don José y su obra se conservan intactos.
Los primeros bocetos en La Carmelita comenzaron a trazarse cuando María del Rosario Rodríguez, la esposa de Don José Recio, recibió en herencia una pequeña fracción en estas tierras privilegiadas tanto por la fertilidad de sus suelos mixtos como por la belleza del paisaje, entre las formaciones de la cadena de Tandilia, con el cerro El Bonete desafiando al horizonte. Todo estaba por hacerse y el matrimonio se abocó a la tarea de darle su forma actual a los campos que desde 1834 poseía la familia Rodríguez.
"No se sabe por qué ni desde cuándo se llama La Carmelita, mi abuelo no lo supo y mis tíos abuelos tampoco, pero presuponemos que es por la Virgen del Carmen, patrona de Lobería, de la que eran devotos", relató José Antonio Recio, bisnieto de aquel joven inmigrante.
Sangre asturiana
En las últimas décadas del siglo XIX, José Recio abandonó su pequeño pueblo asturiano para emprender viaje hacia suelo argentino. El destino ya estaba pautado: iba especialmente recomendado para trabajar de peón de campo en la estancia La Ventura, próxima al paraje Dos Naciones, en las cercanías de las tierras donde finalmente echó raíces. A poco de llegar, se asoció con su propietario, Juan Pando, y firmaron el primer contrato el 27 de septiembre de 1887.
Al casarse, Recio vertió todos sus esfuerzos en hacer producir la pequeña hijuela que su mujer había recibido en herencia. Y la labor dio sus frutos. El matrimonio no sólo edificó el núcleo poblacional de La Carmelita, con su casa principal, el galpón lanero con las habitaciones para el personal en uno de sus laterales y la matera, sino que también incrementaron la superficie, comprando otros campos y arrendando La Ventura, la estancia de su antiguo socio.
José y Rosario tuvieron cinco hijos: José, Antonio, Alberto, Máxima y Carmen, y todos ellos se convirtieron en profesionales, tal como era la aspiración del patriarca. Hacia los primeros años de la década del ´20, Don José muere, dejando 750 hectáreas de campo a cada uno de sus herederos, que comenzaron a explotar las tierras en forma conjunta.
Tras obtener su título de ingeniero agrónomo en La Plata, en 1927, Cirilo Antonio Recio se radicó en La Carmelita y desde entonces vivió en la tierra de sus ancestros, mientras que el mayor de sus hermanos se puso al frente del establecimiento que su padre había adquirido en el distrito de Adolfo Gonzales Chaves.
La Carmelita tomó nuevo impulso. A las tareas cotidianas de la vida rural, desempeñadas por una larga lista de empleados que aunaban sus fuerzas junto al patrón, se sumaron las cabañas de caballos criollos y de vacunos Shorthorn. Un nuevo galpón destinado al cuidado de los equinos se construyó de cara al cerro el Bonete, y los padrillos y yeguas especialmente atendidos en los boxes de su interior lucieron su muy buena genética en las pistas de Palermo.
Eran tiempos en que se trabajaba de sol a sol. El repicar de las campanas anunciaba la hora del descanso o indicaba que alguien debía presentarse: un campanazo llamaba al patrón, dos al capataz y así sucesivamente con el resto. "Había mucho respeto y mucha unión, era sagrado hablar con el patrón, para saludarlo o al ir a verlo nos sacábamos la gorra y nos peinábamos; se trabajaba mucho, ahora están los tractores con cabina, aire acondicionado y calefacción, pero antes había que arar con caballos, era rústica la cosa", recordó Félix Rodríguez, que llegó de chico -su padre era capataz- y vivió y trabajó 69 años en el lugar, hasta hace dos, cuando se jubiló.
Diversas actividades
Los pormenores de las actividades que se desarrollaban aquí todavía se conservan en los libros copiadores y en los archivos de la correspondencia que llegaba a la estación el Moro y de allí en galera al casco de la estancia.
En La Carmelita había carpintero, herrero, quintero, cabañeros, peones de a pie y de a caballo. La matera era el lugar de encuentro tras las largas jornadas de trabajo y siempre algún caminante se sumaba a la tertulia. A Don Antonio lo sucedió su hijo, José Néstor Recio, y a éste, los suyos, José Alberto, Carmen y Elena. Entre el pintoresco jardín del casco y las inmensidades de estos campos, crecieron cuatro generaciones. Los tiempos ya no son los mismos, pero el amor al terruño se conserva intacto.





