La distopía de la cuarentena

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16 de mayo de 2020  

La cuarentena tiene en la Argentina rasgos parecidos a los de una distopía. El más evidente está en el área metropolitana: el lugar desde donde surge el 50% de toda su producción económica es al mismo tiempo el más poblado y, por lo tanto, el más expuesto al contagio del Covid-19 si se reinicia la actividad. Una trampa perfecta: a mayor esfuerzo con el aislamiento, menores ingresos. La apuesta elegida por el Gobierno para aplanar la curva de infectados, vivir un peor presente por miedo a un desastre en el futuro, celebrada no bien llegaron los primeros casos, acaba de entrar en su fase objetable: es desde hace algunos días motivo de discusión entre empresarios, intendentes y funcionarios provinciales y nacionales.

La Capital Federal y el conurbano bonaerense conforman el núcleo de este gran desvelo. No solo por lo que pasa a cada lado de la General Paz, sino por los vínculos laborales existentes entre uno y otro distrito. Fernán Quirós, ministro de Salud porteño, tiene con el uso del transporte público los mismos reparos que los funcionarios de Axel Kicillof o que Fernando Espinoza, intendente de La Matanza, que detectó uno de sus primeros casos de Covid en una empleada doméstica que se había contagiado en Belgrano, su lugar de trabajo. El miedo es en realidad el mismo que en todo el mundo: la guardia del hospital saturada. Débora Giorgi, secretaria de Producción del municipio, les transmitió la inquietud de su jefe a industriales urgidos.

Por eso la flexibilización para cada sector bonaerense viene teniendo, a pesar del decreto de Kicillof que les da atribuciones a los intendentes, un ritmo bastante inferior al gradual. La lista de remolones coincide con las zonas de mayor actividad: Vicente López, San Martín, La Matanza, Malvinas Argentinas, Avellaneda, Pilar y La Plata. "Que yo sepa, la cuarentena era para aplanar la curva, no para erradicar el virus", se quejó ante este diario un empresario pyme. Parte del staff de la Unión Industrial Argentina les hizo anteayer el planteo a Ariel Schale, secretario de Industria de la Nación, y a Augusto Costa, ministro de la Producción bonaerense, en una teleconferencia por Zoom. Fue una conversación amable, pero volvió a detenerse en el punto muerto de la cuestión, el transporte. ¿Están todas las empresas en condiciones de, por ejemplo, garantizar taxis y remises que lleven pasajeros únicos o combis que ocupen solo los asientos de las ventanas? Matías Kulfas, ministro de la Producción, ya lo había hablado con varios de ellos hacía dos semanas: casi no hay avances. O, los que existen, deben atravesar un embrollo burocrático. En la provincia de Buenos Aires, cada intendente tiene que elevar los pedidos de sectores y empresas a Carlos Bianco, jefe de Gabinete, que deberá a su vez considerarlo en conjunto con el ministro Costa y, más arriba, con la Jefatura de Gabinete de la Nación. El resultado es obvio: ninguno de los interesados en volver a la actividad sabe en qué etapa de la administración puede haberse frenado su trámite.

Los intendentes están obligados a sopesar sus precauciones sanitarias con las fiscales. Sin regreso al trabajo no habrá modo de revertir el desplome en los impuestos que pagan las empresas. La tasa de seguridad e higiene, que es bimestral, venía cayendo 50% en enero y febrero, antes de la llegada del virus. "Nosotros atendemos todos los pedidos, pero no se puede tomar esto a la ligera: hay mucho miedo de que el virus empiece a circular en la villa", dijeron en un distrito kirchnerista. "Yo necesito abrir las empresas grandes, porque emplean más gente y vuelvo a recaudar, pero también algo de comercios por una cuestión de contención barrial", agregó un intendente de Juntos por el Cambio.

Cuando empezó la cuarentena la encrucijada parecía más clara: la festejaba casi la población entera. Pero una reciente encuesta de la consultora Realle Dallatorre, elaborada sobre 2180 casos en todo el país y publicada esta semana por Clarín, indica que el temor al impacto económico, que venía rezagado contra el de contagiarse el virus, quedó entre el 3 y el 6 de mayo por primera vez en empate técnico: 49,1% vs. 50,9%, respectivamente. El 71% de los consultados afirman que su situación familiar de ingresos es entre agobiante y preocupante. "¿Cómo vamos a hacer para explicarles que tenemos hospitales vacíos a vecinos que no pueden comer?", razonaron en un municipio en el que esperan que el crecimiento en el ritmo de infectados devuelva parte de las precauciones que, hasta hace dos semanas, habían contribuido al retraso de la curva.

A diferencia de lo que pasó en Chile, que entró esta semana en cuarentena total para sus mayores distritos luego de haber detectado un récord de contagios, el hartazgo social por 50 días de reclusión conspira aquí contra las intenciones de recrudecerla. Un desafío para Quirós, el ministro porteño, que lo viene insinuando internamente aunque aguarda para el veredicto el resultado de la apertura de comercios que empezó el martes. El intendente de Baradero, Esteban Sanzio, ya dio ese paso atrás: anunció anteayer el regreso a la fase 1 de la cuarentena luego de hallar casos positivos en dos médicos. "Pensemos que la aceleración de contagios que detectamos ahora es efecto de la violación de la cuarentena, no todavía de su flexibilización", dijeron en un municipio donde suponen que, de todos modos, habrá una parte de la sociedad que decidirá salir desoyendo cualquier anuncio.

Son cuestiones que deberán resolverse en una atmósfera social más adversa y, en el plano económico, simultáneamente con fricciones y dificultades que empiezan a instalarse, como la escasez de productos provocada por el congelamiento de precios que la Secretaría de Comercio acaba de extender hasta fines de junio.

El Gobierno no debería sorprenderse porque son las consecuencias del camino elegido. "Prefiero tener 10 por ciento más de pobres y no 100.000 muertos", planteó desde el principio el Presidente, y la postura le valió un repunte de imagen hasta niveles que nadie había tenido desde 2004. Son las condiciones de un escenario sin precedente que incluye a otros líderes mundiales y que en su 1984 George Orwell equipara con las de una ciudad sitiada. "La idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable para sobrevivir", describe.

Las distopías hacen exactamente eso: exponer los peligros del presente y lo real. Es natural que intendentes, gobernadores o cualquier líder global se sienta más seguro en estados de excepción. Pero los problemas llegan con la variable tiempo: ¿cuánto puede sostenerse un distrito sin generar ingresos?; ¿cuánto la paciencia del ciudadano? Aunque tentadora, una emergencia eterna es también una ficción.

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