
De la Revolución Industrial al trabajo flexible
Hay una sola condición respecto del horario: todos deben estar en el mismo lugar de trabajo entre las 10 y las 16. El resto, a disposición de cada cual. No significa reducción de jornada laboral, que en muchos casos excede las ocho horas.
Esto sucede en una empresa catalana. Su directora y fundadora, Mónica Roca, está muy satisfecha con los resultados de conciliar el tiempo de trabajo con el tiempo personal. De hecho, coincide con las estadísticas de una encuesta realizada sobre el tema en 2012 (Barómetro de Conciliación Edenred-IESE), donde se comprueba que aquellas empresas que facilitan la conciliación entre la vida personal y las obligaciones laborales aumentaron su productividad en un 19%. No es un número despreciable. Vale agregar que aquella encuesta incluyó a 7000 trabajadores de 23 países, con distintas edades y situaciones familiares.
El tema del horario flexible, a esta altura de la historia del trabajo, es viejo, pero cada vez que aparece resulta ser una novedad. ¿Cómo es esto? ¿No es imprescindible que estén todos en el mismo lugar el mayor tiempo posible? En realidad no lo es, sino que depende del tipo de tareas de que se traten. El error más común es mantener la obligación de juntarse todos en estricto horario de entrada y salida, sin tener en cuenta que otra posibilidad de manejo del tiempo es posible y el verdadero desempeño puede medirse por los resultados.
Aclaremos nuevamente: está relacionado con el tipo de tareas. Si pensamos en la típica cadena de montaje, donde la producción no puede iniciarse si no están todos presentes, la fijación de un horario de entrada y salida es inevitable. Sucede en las fábricas convencionales, que van quedando muy pocas debido a las transformaciones de los medios de producción. Pero aún en la misma empresa no tiene sentido incluir dentro de los mismos parámetros los puestos operativos con los administrativos.
Por supuesto, siempre prima la facilidad de establecer que acá se trabaja de tal hora a tal hora, pero la pregunta que sigue es: ¿estar equivale a trabajar? A veces genera un efecto contrario, porque la obligación de cumplir un horario que carezca de sentido desmotiva.
Esta cuestión es especialmente visible en las madres que tendrán la atención concentrada en sus hijos, a quienes no pueden llevar a la escuela o cubrir todas las necesidades de su crianza, que no son pocas. Felizmente este tema tan elemental se va entendiendo poco a poco, mejorando los enfoques del management.
Como suele apuntar Pablo Maison, vicepresidente de Recursos Humanos de Unilever en América latina, existen hoy en la Argentina varias capas geológicas, laboralmente hablando. Hay organizaciones que se manejan como si estuvieran en el siglo XIX, otras a mediados del XX y algunas pocas en el XXI. Por supuesto, los anacronismos tienen un costo importante si lo traducimos en términos económicos, pero la implementación de nuevas formas de relación con el trabajo es gratis.
El mayor esfuerzo radica en abandonar los hábitos enquistados y repensar, para cada posición, de qué manera puede mejorarse el vínculo de la tarea con la vida personal. Actualizarse no equivale a comprar el último modelo de computadora, sino entender el mundo desde el hoy. Anclados en la Revolución Industrial, resulta difícil pensar el trabajo fuera del paradigma de la cadena de montaje, pero estandarizar ya no es un concepto atractivo, tal vez ni siquiera rentable.
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