Default, esa palabra tan temida: ¿por qué debería ponernos en estado de alerta?

Santiago Bulat
Santiago Bulat PARA LA NACION
Fuente: AP
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20 de octubre de 2019  

1- Definición. Entrar como país en un default significa dejar de pagarles a nuestros acreedores. Dejar de pagar una deuda se traduce en la imposibilidad de volver a acceder al mercado de deuda externo, que es una de las formas de financiamiento que tienen los países. Funciona igual que un banco para las personas, todas las personas tenemos un registro personal de cuán buenos pagadores somos. Por eso, si no le pagamos al banco "X" será difícil que el banco "Y" quiera prestarnos plata, porque estaremos dentro de la lista de malos pagadores. El mercado de deuda de los países funciona igual.

2- ¿Por qué sucede? Un default puede ocurrir por dos razones: por incapacidad de pago o por la falta de voluntad de pago. Mientras que la segunda hace referencia a una decisión política o de destino de gastos del país, la primera puede derivarse de dos problemas, uno de liquidez o uno de solvencia. El problema de liquidez corresponde a un evento puntual, en el cual ese país que contrajo deuda no da señales de poder devolver los recursos en los momento acordados, dado que no cuenta con los fondos suficientes. Esto puede darse porque el resto de los países (o sus acreedores) no quieren o no pueden darle más financiamiento y el comercio internacional se contrajo (las causas pueden ser que su comprador ya no está, o que los precios del bien que vendía bajaron, o que se sufrió algún evento desafortunado de producción). También puede ser que exista un problema de solvencia, porque se contrajo tal cantidad de deuda que el sendero de sostenibilidad de ingresos de largo plazo planeado para repagarlo no fue tal, y así se originó un default.

3- ¿Beneficios? En reiteradas oportunidades se puso sobre la mesa la posibilidad voluntaria de ingresar en un default. La idea detrás de esto parece tener un buen fin: que en vez de destinar el gasto de un país a pagar deudas, todo ese dinero pueda destinarse a obra pública, a educación, a abultar las partidas destinadas a gastos sociales y jubilaciones o a aumentar los salarios de los empleados del Estado. Sin embargo, este aumento circunstancial del gasto en otras partidas durará muy poco, porque esa deuda en algún momento hay que pagarla y, además, queda bloqueada una de las principales fuentes que tienen los países para obtener ingresos.

4- El día después. Las consecuencias de ingresar en un default no son gratis. Ingresar de nuevo al mercado de deuda es cada vez más costoso y la Argentina es un ejemplo claro de eso. Nuestro país tiene récords en cuanto al número de defaults, hizo una de las quitas más grandes de la historia y concretó un acuerdo de reestructuración que se convirtió en uno de los más largos de la historia (42 meses). Esto llevó a que durante 4 años nuestro país se mantuviera alejado de los mercados internacionales, sin la posibilidad de aumentar la demanda agregada por esa vía. La contracara de esto sería emitir moneda, algo que, como ya sabemos, en momentos donde la demanda de dinero es baja, los problemas son grandes.

5- Contracíclico. Todos los países toman deuda en mayor o en menor medida y ninguno elige dejar de pagarla por voluntad propia. Esto se explica porque es un recurso que utilizan los países en períodos económicos magros a manera de una política contracíclica, es decir, cuando se atraviesa una crisis interna como, por ejemplo, una fuerte caída en alguno de sus principales sectores internos o una baja en los términos de intercambio con otros países. A fin de cuentas, tomar deuda estando insolvente será tan malo como nunca más poder tomarla, y fallarle a quienes nos prestan hará que la confianza generada se rompa cada vez más fácilmente.

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