Dolarmanía: la moneda de EE. UU. es el refugio elegido por generaciones

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la economía argentina vivió prácticamente en constante inestabilidad, con inflación y sucesivas devaluaciones, lo que minó la confianza sobre el peso y consolidó el amor de los argentinos por el billete verde
Florencia Donovan
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6 de noviembre de 2011  

Desde siempre ahorro en dólares", dice Guido Commenge, licenciado en comunicación social de 25 años. "Cuando empecé a tener mi propia plata a partir de caídas de dientes, regalos de cumpleaños y demás, mis padres siempre dijeron que lo más seguro era tenerla en dólares y me la iban cambiando. Aunque en esa época no era tan importante porque estábamos en plena convertibilidad y un peso era igual a un dólar", recuerda.

Catalina L., de 35 años, cuenta que todos los meses con su marido, que es contador, compran entre US$ 1500 y 2000, cuando no un poco más, como por ejemplo, en temporada de aguinaldos. "Quizás es más negocio comprar propiedades, pero para lo que me alcanza es para ahorrar en dólares, y después, en la medida en que puedo, compro algo que necesito", explica esta profesional que pide, por temor, no revelar su apellido.

Cualquiera sea la generación, la dolarmanía está arraigada entre los argentinos. Aunque, según dice el ex ministro de Economía Carlos Rodríguez, no es que las personas tengan tanta confianza en el dólar, sino que lo que ocurre es que tienen desconfianza en el peso, una moneda que en su corta historia ha transitado más devaluaciones que períodos de estabilidad. "Desde que nací –relata el economista de 64 años–, le hemos añadido 12 ceros a la moneda. Cuando era joven, comprabas un pasaje de Aerolíneas para viajar al exterior, lo pagabas en pesos y, a la hora de hacer el viaje, estaban tan devaluados que te pedían la diferencia. En ese entonces, no se podía pagar nada en dólares billete porque estaba prohibido."

La manía de los argentinos se remonta al siglo pasado. Apenas por un breve período, desde fines del siglo XIX hasta comienzos de los años 50, la moneda local sirvió tanto como unidad de cuenta como para vehículo de ahorro, coinciden los historiados. Pero desde entonces, el billete verde comenzó a avanzar hasta destronar al peso.

"Hasta la Segunda Guerra Mundial, la Argentina tenía una gran estabilidad monetaria y de precios, y la gente hacía las transacciones en pesos; era uno de los países más estables del mundo", dice Roberto Cortés Conde, profesor de Historia Económica en la Universidad de San Andrés. "El problema empieza en 1931, con el control de cambios. Ahí hay racionamiento y, cuando la oferta es menor que la demanda, aparecen mercados alternativos." En ese momento, quien fuera uno de los fundadores y primer gerente general del Banco Central (BCRA) Raúl Prebisch llamó "bolsa negra" al circuito informal. Aunque, según Cortés Conde, una situación similar se vivía en Europa, que, ante la imposibilidad de devaluar en un entorno de altísima inflación, imponía controles cambiarios para evitar la fuga de divisas. "Los controles son un invento de la guerra", dice el historiador.

Para los años 50, los billetes verdes ya fluían en la economía argentina. Después de todo, más allá de los desequilibrios y temblores que comenzaba a evidenciar la economía argentina, el mundo entero había adoptado al dólar como nueva moneda internacional al finalizar la Segunda Guerra Mundial y firmarse los acuerdos de Bretton Woods, que dieron lugar también a la creación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

"¿Alguien ha visto un dólar?", fue una de las frases que Juan Domingo Perón pronunció por esos años, cuando el público apenas comenzaba a demandar esa moneda, antes de una devaluación del peso. La realidad mostró que después los argentinos sólo vieron y ahorraron en dólares. "Estamos entre las economías más dolarizadas del mundo", asevera el director de la consultora Econviews, Miguel Kiguel. "Es algo que compartimos con Bolivia, Perú y Ecuador."

De acuerdo con estimaciones de 2006 de la Reserva Federal y de la Secretaría del Tesoro norteamericana, la Argentina era uno de los países fuera de Estados Unidos con mayor tenencia de dólares billete del mundo, con unos US$ 50.000 millones en manos de argentinos; sólo Rusia la superaba con 80.000 millones. Y, en términos de billetes per cápita, ocupaba el escalón más alto del podio, con 1300 por cabeza.

Y no es para menos. Lucas Llach, profesor de Historia Económica de la Universidad Torcuato Di Tella, destaca que la Argentina tuvo alta inflación (superior a la actual), prácticamente en todo el período de 1948-1991. "Naturalmente –arguye–, en esa época se usó el dólar como forma de ahorro y de manera creciente a medida que la inflación se fue agudizando y que el público empezó a acostumbrarse." Asimismo, dice el economista, hubo controles de cambios en casi todo el período entre 1931 y 1959, y luego esporádicamente en los años 70 y 80. Claro que, ante la imposibilidad de comprar divisas en un mercado formal, en todos esos años también floreció el paralelo.

Tanto es así que el ex ministro de Economía Domingo Cavallo recuerda en su blog que el precio del dólar paralelo no sólo fue por mucho tiempo una información que figuró en la tapa de los diarios, sino que también se encontraba destacada en las series estadísticas que los medios especializados en economía y finanzas publicaban todos los días.

La ley de convertibilidad, en gran medida, se aprovechó de la confianza que el dólar provocaba en los argentinos para anclar las expectativas inflacionarias y darle, a su vez, valor de ahorro al peso, que, según prometía, "era convertible uno a uno en dólares". Pero los desequilibrios macroeconómicos minaron nuevamente la confianza en el peso. "Corralito", "corralón" y devaluación fueron para la generación que sólo había vivido en convertibilidad un aprendizaje acelerado.

Hoy no sorprende a jóvenes ni ancianos que cualquier transacción de un monto más o menos considerable se nomine en moneda extranjera. Basta con hacer un recorrido por las concesionarias de autos importados o por asomarse a alguna inmobiliaria. Según José Rozados, de Reporte Inmobiliario, en Capital Federal todas las operaciones se pactan en dólares, al igual que en las principales plazas del país, como Córdoba y Rosario. En el sector advierten que si a partir de los nuevos controles cambiarios que establecieron la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) y el BCRA los dólares se vuelven difíciles de conseguir, se complicará la operación inmobiliaria.

El desenlace esperado

Pero la reciente decisión del Gobierno de ponerle una cota al comprador de moneda extranjera en función de sus declaraciones de los impuestos a los bienes personales y ganancias y presunciones de ingresos no puede, dice Cortés Conde, comparase con ninguna situación del pasado. "En 1955, cuando cae Perón, no había reservas, lo mismo cuando Frondizi devalúa en 1958, cuando Alfonsín decide no intervenir en 1989, o con Martínez De Hoz. En todos estos casos había muy bajas exportaciones y reservas; esto es distinto hoy."

Aunque, para Carlos Rodríguez, los informados US$ 47.000 millones en las arcas del BCRA y la soja a US$ 440 la tonelada podrían no ser suficientes para evitar una histeria colectiva, que haría mella con facilidad en una sociedad en la que las crisis tienen tanta presencia. "Estamos abriendo una ventana sumamente peligrosa", advierte Rodríguez. "Para comprar tomates, ¿necesitás permiso de AFIP? No. ¿Para un auto? Tampoco. Una cosa es control de cambios y otra cosa es que se establezca un sistema estilo Gestapo, que para comprar ciertas cosas hay que demostrar ingresos."

"No está claro si el sistema que tenemos es o no un control de cambios", opina Llach. "¿Puedo comprarme todos los dólares que quiera, o al menos los que quiera con el dinero obtenido legalmente? Si la respuesta es no, tenemos control de cambios. En todo caso, como ocurrió todas las veces que hubo controles se sabe, que, a la larga, el dólar controlado sube hasta alcanzar al paralelo." Con más del 30% de la economía en negro –según las cuestionadas estadísticas oficiales–, los argentinos se mueven desde siempre casi con tanta comodidad en el mercado cambiario formal como el informal, por lo que los controles se vuelven fácilmente una excusa para engrosar las operaciones fuera del circuito oficial.

El historiador económico de la Universidad de Buenos Aires Mario Rapoport es de los que considera que, tras la última crisis financiera internacional, el dólar ha entrado en un proceso de decadencia: "No voy a decir que el que apueste al dólar pierde, pero es apostar a una moneda que está en tela de juicio; no sé hasta qué punto seguirá siendo reserva de valor". Pero parece difícil convencer a los argentinos de abandonar su manía por el dólar. "En 25 años de corta vida he visto a nuestros pesos dispararse, frenarse, acorralarse", dice el publicitario Commenge. "Cuando me dicen que comprar dólares no es negocio, simplemente pienso que el ahorro tampoco lo es y que yo estoy ahorrando. Cuando quiera invertir, invertiré en la Bolsa, en propiedades o en lo que considere que es una buena opción. Pero el ahorro en pesos lo considero la peor inversión de todas", sentencia Guido, que, como tantos, encuentra en la costumbre su principal argumento.

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