Las devaluaciones no sustituyen la calidad institucional
La teoría monetaria enseña que la moneda es una mercadería como cualquier otra, con la diferencia que, además, tiene la característica de ser aceptada como medio de intercambio y reserva de valor. No es este el lugar para desarrollar su historia, pero basta recordar que el papel moneda surgió luego de que varias mercaderías fueran utilizadas como medio de intercambio. Por lo tanto, preguntarse cuál debe ser el valor del dólar y, en nuestro caso, del peso, es como preguntarse: ¿cuál debería ser el precio de los tomates?
Desde que Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar al oro en la década del 70, todo el sistema monetario mundial está basado en papeles. Esos papeles tienen valor por la confianza que la gente tenga en la calidad de las instituciones jurídicas, políticas y económicas de cada país emisor. A menor confianza en dichas instituciones, menor el valor de la moneda local y viceversa. ¿Por qué? Porque un país con instituciones sólidas atraen capitales que se invierten en el sector real de la economía y, por lo tanto, fortalecen la moneda local. En el caso de la Argentina, un ingreso de capitales haría bajar el tipo de cambio. Esa entrada generaría más puestos de trabajo, mayor productividad y mejores salarios reales y el dólar no sería caro.
Una moneda local débil o, si se prefiere, un dólar caro, muestran una economía débil. Sin confianza en sus instituciones. La antítesis de los principios básicos del crecimiento.
En infinidad de oportunidades la Argentina ha tratado de "resolver" sus problemas económicos con devaluaciones. ¿Qué pretendían esas devaluaciones? Solamente esconder detrás de un tipo de cambio transitoriamente alto las ineficiencias estructurales de la economía. Gasto público alto e ineficiente, sistema tributario absurdo, legislación laboral que encarece artificialmente la mano de obra, etcétera. Es decir, en vez de hacer las reformas estructurales, que nunca se implementan bajo el argumento de la imposibilidad política de llevarlas a cabo, se recurrió al expediente de devaluar el peso como si por un simple truco monetario la economía argentina fuera a adquirir competitividad. La competitividad no la otorga el nivel del tipo de cambio, en todo caso el tipo de cambio refleja, sin intervenciones del Gobierno, el grado de competitividad de la economía. Es al revés de lo que proponen los "devaluacionistas". La competitividad la otorgan las políticas públicas.
Los resultados de utilizar la devaluación como sustituto de las reformas estructurales están a la vista. Hemos destruido cuatro signos monetarios, pasando por procesos inflacionarios, megainflacionarios e hiperinflacionarios, no tenemos una moneda que sirva como reserva de valor, lo cual lleva a la inexistencia de créditos en pesos a tasas pagables y la lucha por la distribución del ingreso es una constante por el impuesto inflacionario.
Desde 2003, el BCRA hizo todo lo contrario a lo que indica su Carta Orgánica -que es una ley- en el artículo 3: "Es misión primaria y fundamental del Banco Central de la República Argentina preservar el valor de la moneda". En los últimos seis años el BCRA se encargó de defender el valor del dólar emitiendo pesos, generando inflación y depreciando el valor del peso. El impuesto inflacionario, junto con los controles de precios, prohibiciones de exportación, destrucción del mercado de capitales, inseguridad jurídica y un gasto público que lo llevaron hasta niveles récord, ha producido una fenomenal distorsión de precios relativos que hoy se pretende solucionar con una nueva devaluación.
Pero supongamos que una nueva devaluación del peso lograra, por arte de magia, generar la productividad que sólo se consigue con inversiones, competencia y previsibilidad en las reglas de juego. La pregunta es: ¿qué mecanismos tendría hoy el Gobierno para subir el dólar?
Una posibilidad sería continuar con la inseguridad jurídica para que se fuguen más capitales y eliminar las trabas a las importaciones para que el saldo positivo del balance comercial no financie todo ese escapet. De esta manera, el dólar aumentaría y llegaríamos a la curiosa teoría económica por la cual un país que produce desconfianza y fuga de capitales crea las condiciones para crecer y mejorar el ingreso de la población. ¡Todo un hallazgo en materia de política económica!
La segunda alternativa pasaría por bajar el gasto público para tener un superávit fiscal que le permita al Estado comprar divisas con recursos genuinos y, de esta manera, fijar un peso barato (un dólar caro) sin cobrar el impuesto inflacionario. Considerando la situación fiscal actual y la ratificación del rumbo económico por parte de Néstor Kirchner, no veo viable esta alternativa. Pero aunque fuera viable sería altamente regresiva. Tomemos un simple ejemplo. Con un dólar caro los salarios son baratos en dólares. Ahora bien, imaginemos todos los costos en dólares que tiene, por ejemplo, los diagnósticos médicos. Tendríamos costos altos en diagnósticos médicos en dólares (stock de capital e insumos) y salarios bajos en dólares. Resultado, la población de ingresos más bajos sufriría una peor calidad en salud. ¿Es esto lo que se denomina una política progresista? Podríamos seguir con ejemplos sobre insumos que se necesitan para producir que cotizan en dólares y los salarios bajos en dólares que produciría una devaluación. La gente perdería poder de compra. Los productores locales se quedarían con el beneficio de la sustitución de importaciones y sus ganancias provendrían de un consumidor cautivo sin libertad para elegir.
La tercera alternativa pasaría por un Banco Central emitiendo pesos para comprar dólares produciendo una llamarada inflacionaria, corrida financiera y estampida cambiaria, dado que las condiciones que imperan actualmente son sustancialmente diferentes a las de 2003 y que la desconfianza ha crecido hasta niveles cercanos a la crisis de 2001/2002.
La Argentina no necesita un dólar caro para crecer. Necesita previsibilidad, seguridad jurídica y reglas de juego eficientes para atraer inversiones. El tipo de cambio será, entonces, el reflejo de la calidad de todas estas medidas.
Por lo expuesto, no tengo una recomendación de política cambiaria para este Gobierno, porque ninguna devaluación o política cambiaria va a sustituir la desconfianza que genera Kirchner por sus medidas arbitrarias ni las barbaridades económicas que suele aplicar.
En todo caso, y sólo por formular alguna sugerencia, lo mejor sería que deje de intervenir en el mercado de cambios y de regular el comercio exterior para que el tipo de cambio, como el de cualquier otro precio de la economía, defina el nivel que debe tener. Claro que, con una medida de este tipo, seguramente quedaría en evidencia la desconfianza de la gente en el Gobierno. Costo que, seguramente, el Gobierno no estará dispuesto a pagar.
Claves sobre el dólar / Nota I de V <br></br><a HREF="http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1168887" TERCERA="">El dólar, ¿problema o solución?,</a> por Eduardo Luis Curia
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