El audaz plan de Milei para reducir el riesgo país
El Gobierno quiere depender menos de Wall Street y apunta al camino más lento, pero también el más profundo; el objetivo principal es llevar la deuda bajo legislación extranjera a niveles mínimos
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Las mejoras en la economía argentina de los últimos dos años son difíciles de ignorar, salvo que se las mire con anteojeras ideológicas. Los datos son contundentes: la inflación, que llegó a moverse en torno al 25% mensual, hoy ronda el 2% independientemente de la polémica alrededor del Indec y la forma de medirlo. Como suele pasar, cuanto más cerca se está de la meta, más empinado se vuelve el camino y surgen opiniones encontradas sobre cómo dar el último paso.
Con el riesgo país pasa exactamente lo mismo, Javier Milei asumió con el indicador en la estratosfera y gracias a la política económica implementada se logró bajarlo sustancialmente. A partir de estos niveles, como era de esperar, surgen opiniones encontradas sobre cómo llegar al objetivo final y eventualmente cual es el mejor camino para concretarlo.
Antes de responder, vale la pena repasar brevemente de qué estamos hablando.
El riesgo país, tal como se lo conoce hoy, fue creado y estandarizado por JP Morgan a comienzos de los años 90 bajo el nombre de EMBI (Emerging Markets Bond Index). En términos simples, mide el sobrecosto que exige el mercado para prestarle dinero a un país frente a un activo considerado libre de riesgo, como los bonos del Tesoro de Estados Unidos (en otro momento podríamos discutir si efectivamente los treasuries son libre de riesgo, pero forma parte de otra discusión). Ese sobrecosto refleja la posibilidad de default, inestabilidad económica o riesgos políticos.
En la Argentina, el riesgo país bajó de unos 2300 puntos al momento de asumir Javier Milei a unos 500 puntos en la actualidad. Esta caída refleja claramente la mejora macroeconómica, pero al mismo tiempo sigue incorporando el pesado historial argentino, uno de los peores del mundo en materia de defaults y reestructuraciones. En otras palabras, el mercado todavía le cobra al país su pasado reciente.
La pregunta ahora es cómo seguir bajando, hacia niveles de 400 o incluso 300 puntos. Y ahí aparecen dos caminos posibles.
Por un lado, está la visión del mercado. Según esta mirada, el camino más directo sería volver a emitir deuda internacional y usar esos fondos para rescatar o refinanciar los bonos con vencimientos en 2029 y 2030, que concentran gran parte de las amortizaciones de capital de corto plazo. Emitiendo un bono más largo, bullet (sin amortizaciones intermedias), la Argentina despejaría los vencimientos cercanos, reduciría el riesgo de default y, como consecuencia, el riesgo país podría bajar rápidamente (Ecuador acaba de cerrar exitosamente una operación similar).
El Gobierno, en cambio, plantea una estrategia distinta y más audaz, incluso a contramano de los manuales de Wall Street. Como expresó el propio Presidente en redes sociales, la idea es no volver a emitir deuda bajo legislación extranjera para no depender otra vez de Wall Street. En su lugar, el plan es seguir pagando deuda con recursos provenientes de privatizaciones y del superávit fiscal, y eventualmente recurrir a herramientas como repos o emisiones en el mercado local. El objetivo final es llevar la deuda bajo legislación extranjera a niveles mínimos.
Si ese camino se sostiene, el stock de bonos soberanos bajo ley extranjera se irá reduciendo de manera sistemática, tanto en relación al total de la deuda como al PBI. Hoy, la deuda con privados bajo legislación extranjera representa aproximadamente entre el 18% y el 20% del total, y entre el 14% y el 16% del PBI. Son ratios relativamente bajos en la comparación internacional, pero todavía lejos de países como Brasil, donde la deuda bajo ley extranjera ronda apenas el 4% o 5% del total y cerca del 8% o 9% del PBI.
Este segundo camino es más exigente, pero también más ambicioso. Primero, porque apunta a desarrollar el mercado de capitales doméstico, que hoy sigue siendo pequeño. Segundo, porque reducir la deuda bajo legislación extranjera disminuye drásticamente el riesgo de un default internacional frente a un eventual regreso de gobiernos populistas: el costo-beneficio de no pagar sería mucho menor. Además, se evitarían los juicios millonarios en tribunales internacionales, que históricamente la Argentina casi siempre termina perdiendo.
Por último, esta estrategia obliga al gobierno de turno a ser más responsable: gran parte de la deuda estaría en manos de ahorristas locales, es decir, de los propios argentinos.
En síntesis, los dos caminos conducen a Roma. La diferencia está en la velocidad y en la solidez del resultado. El “camino Wall Street” probablemente sea más rápido, pero también más frágil y reversible ante un cambio de rumbo político. El camino que propone el Gobierno es más lento, pero más profundo: implica un cambio estructural que puede reducir de manera duradera el riesgo país y fortalecer a la economía argentina en el largo plazo.
El autor es director ejecutivo de Balanz
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