El impacto en la economía global de la ‘brexit’ dependerá de los líderes políticos

Greg Ip
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27 de junio de 2016  

La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea ha arrojado nuevas sombras sobre la economía global. Si son pasajeras o duraderas depende fundamentalmente de cómo responda el resto del mundo, algo que estará motivado por la política, no la economía.

La principal lección del referendo del jueves pasado es que la soberanía y el nacionalismo ahora rivalizan con la economía como motores del ánimo de los electores. Es probable que eso lleve a la política en una dirección de menos apertura, menos crecimiento y medidas menos previsibles.

La caída inicial de la libra esterlina y las bolsas globales fue severa, aunque no catastrófica. Las preocupaciones sobre un pánico financiero similar al que tuvo lugar después de la bancarrota de Lehman Brothers o la cesación de pagos de Grecia parecen infundados. El Banco de Inglaterra y los bancos centrales de otros países indicaron su disposición a prestar a los bancos los montos que necesiten para financiar cualquier salida repentina de fondos. Los rendimientos de los bonos soberanos británicos cayeron, lo que indica que no hubo una fuga repentina de capitales.

De todos modos, el descenso de las acciones es un síntoma de los nuevos riesgos que ensombrecen las perspectivas de la economía mundial. El voto inaugura dos o más años de incertidumbre mientras el Reino Unido renegocia sus relaciones comerciales con el resto del mundo y redacta las normas que reemplazarán los edictos de la Unión Europea. La incertidumbre ya había deprimido la inversión de las empresas.

Los economistas proyectaron que la salida británica de la UE, un proceso conocido como "brexit", reduciría el Producto Interno Bruto británico entre 1% y 6%, un rango que va entre una desaceleración moderada a una recesión profunda. El Fondo Monetario Internacional prevé que cause una disminución del PIB global de entre cero y 0,2 puntos porcentuales. Se trata, sin embargo, de ejercicios que son hipotéticos y que no pueden cuantificar las ramificaciones más amplias de la brexit. En esencia, el referendo marca un hito para dos tendencias relacionadas: la mayor importancia de la reacción en contra de las clases dirigentes y el repliegue de la globalización.

Lo segundo ha estado ocurriendo al menos desde 2008, cuando las finanzas globales estuvieron a punto de congelarse y colapsó la Ronda de Doha, que buscaba reducir las barreras del comercio global. Luego vino la crisis de la deuda soberana europea, que casi destruyó el euro, el mayor logro de la UE.

Estas crisis, y el posterior bajón económico, engendraron el desencanto con la clase dirigente.

No obstante, fue otro factor —la reacción en contra de la inmigración, impulsada en parte por el terrorismo islámico interno en Europa y Estados Unidos— lo que catapultó el populismo desde los márgenes a un rol protagónico.

La semana pasada fue la primera vez en la posguerra que los votantes de una economía avanzada optaron por retirarse de una zona de libre comercio (salvo que se hayan cambiado a una que ofrecía mejores beneficios).

Hubo razones que son muy particulares de la situación británica. Las fuerzas llamadas euroescépticas son, tradicionalmente, defensores del libre comercio, no proteccionistas. Apoyan la globalización de bienes y capitales, pero no de las personas, y critican las regulaciones. La UE es más vulnerable a las críticas de los nacionalistas que, digamos, la Organización Mundial del Comercio precisamente porque es mucho más ambiciosa (algunos dirían que demasiado). Ante las crisis financieras y de refugiados, algunos miembros de la UE se arrepienten de haber cedido el control de su política monetaria y de sus fronteras.

De todas maneras, la brexit podría acelerar el repliegue del consenso político y económico en todo el mundo. La historia está llena de ejemplos de contagio político, desde el derrumbe de los regímenes comunistas en Europa del Este a partir de finales de los años 80 al alza del populismo en América Latina en la década de 2000 y la Primavera Árabe.

El viernes, la brexit llevó a los líderes de la extrema derecha populista de Holanda y Francia a reiterar sus demandas para que se realicen referendos sobre la permanencia de sus países en la UE. Donald Trump, el presunto candidato republicano a la presidencia de EE.UU., hizo paralelos con su propia campaña. "La gente quiere recuperar su país", manifestó.

La brexit también demuestra que los temas económicos han perdido fuerza entre los votantes. Las elecciones y los referendos a menudo colocan los temores al aislamiento económico y el empobrecimiento contra consideraciones más tradicionales y viscerales como la seguridad nacional y la identidad. Habitualmente, se impone el temor, lo que ayuda a explicar el voto de Escocia el año pasado por permanecer en el Reino Unido y la renuencia de los griegos a dejar la zona euro, a pesar de las penurias económicas.

La semana pasada, no obstante, el "Proyecto Temor" perdió. La pálida enunciación de estudios económicos no pudo competir contra la convicción de muchos británicos de que habían perdido el control de su propio país a manos de Bruselas o de los inmigrantes. "Creo que la gente de este país está harta de los expertos", dijo Michael Gove, un ministro conservador del go-bierno de David Cameron y líder del movimiento a favor de abandonar la UE.

Las elecciones a menudo se libran en terrenos ideológicos familiares, como progresistas versus conservadores o partidarios de un Estado grande versus defensores de uno limitado. Eso está dando paso a un enfrentamiento entre nacionalistas contra internacionalistas y trabajadores comunes y corrientes contra las élites. Eso quedó claro en la carrera presidencial de EE.UU., donde Trump acogió explícitamente el proteccionismo. Trump prometió que, de ser elegido presidente, los inmigrantes mal remunerados no les quitarían empleos a los estadounidenses y que "nuevas fábricas gigantescas regresarán en masa a nuestro país".

Tales promesas no están respaldadas por los estudios económicos. La principal causa del descenso del empleo manufacturero en EE.UU. es un aumento de la productividad. Un alza de los aranceles a países como China o México tiene una mayor probabilidad de provocar represalias que empobrezcan a todos en lugar de devolver empleos a EE.UU. La demócrata Hillary Clinton lanzó su propia versión del "Proyecto Temor", al advertir que las medidas propuestas por Trump son "irresponsables" y que generarán una crisis económica.

El debate en torno a la brexit, no obstante, ha demostrado los límites de la práctica de advertir de una catástrofe económica, en especial en el caso de los trabajadores mayores y con menor educación que han sido los menos beneficiados por la globalización. Clinton ya ha reconocido esta realidad al retirar su respaldo al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, conocido como TPP, un pacto entre 12 países que abarca comercio, derechos laborales, propiedad intelectual e inversión.

Para las empresas y los inversionistas, todas las elecciones de los próximos años acarrean el riesgo de nuevas políticas nacionalistas que entorpezcan el libre flujo de bienes, capitales y personas. El shock financiero de la brexit pasará con el tiempo, pero es poco probable que sea el último.

Por: Greg Ip

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