El problema de acumular desincentivos para el ahorro y la inversión
1. (Des)Incentivos. Pensar en una economía sin incentivos carece de sentido. Cualquier modelo macro y microeconómico sienta sus bases en que la motivación es lo que mueve a las personas a realizar diferentes acciones, con un mayor o un menor nivel de racionalidad, pero con el objetivo madre de mejorar su bienestar. Es imposible hacer estimaciones o modelos de análisis sin suponer que las empresas están motivadas a producir y vender todo lo que puedan, o pensar que los consumidores elegirían consumir bienes que no les agradan, o simplemente que cualquier persona elegiría vivir peor pudiendo elegir otra cosa. Los incentivos funcionan como la clave ordenadora de cualquier esquema de organización público o privado; por eso, cuando los incentivos están desalineados, se generan distorsiones que atentan contra el bienestar. En nuestro país los incentivos están corridos en muchos planos.
2. (De)Crecimiento. El incentivo que nunca debería desaparecer, pero que hoy está algo comprometido, es el de lograr un mayor crecimiento, tanto personal como empresarial. Si estudiar, profesionalizarse o mejorar la productividad no tiene un rédito acorde, las personas dejarán de estar incentivadas. Y hoy hay varias distorsiones. Para los profesionales independientes, los saltos de categoría acarrean un aumento impositivo tan elevado que incentiva la subfacturación y deriva en mayor informalidad. En el caso del empleo formal asalariado, de cada $ 100 que el empleador paga al trabajador, este último solo recibe $ 66; el resto financia al fisco. Probablemente esto no sería un desincentivo si los impuestos destinados a la seguridad social volvieran en forma de una jubilación acorde. En el empleo público ocurren fenómenos de desaliento, que tiene que ver con la estabilidad; las posibilidades de crecimiento constante en cargos técnicos encuentran su techo cuando se pierde la condición de planta permanente ante un ascenso, o cuando surgen cargos políticos que no necesitan contar con experiencia previa, sino con vínculos.
3. (Im)Productivo. Comenzar un negocio en la Argentina tiene muchos desincentivos. En primer lugar, un riesgo intrínseco muy elevado que sugiere una renta esperada de igual magnitud, difícil de conseguir. Esto desalienta la entrada de jugadores en el mercado que mejoren las condiciones para el consumidor. Y deriva en la elección a dedo de ganadores eventuales que varían según la administración, escapándole a la lógica largoplacista de reglas de juego estables para todos. Además, la estructura tributaria para las empresas tiene un sesgo antiproducción; es uno de los pocos países que cobran impuestos en cascada sobre la producción y que cobran de forma anticipada por la presunta ganancia, mediante percepciones. Además de contar con tributos que nacieron como extraordinarios y pasaron a perpetuarse ante las permanentes necesidades fiscales. Es el caso del impuesto al cheque.
4. (Des)Ahorro. No es casualidad que los argentinos tengan US$235.000 millones fuera del sistema: no hay incentivos a ahorrar en pesos. Entre las causas hay una larga historia de defaults, bruscas devaluaciones, procesos de hiperinflación y confiscaciones de ahorros (corralito, AFJP, entre otras). La falta de prioridad al cumplimiento de los contratos y el destrato a la moneda ahuyentan a quienes podrían financiar a un gobierno deficitario.
5. (Re)Generar. Para volver a confiar en la posibilidad de la movilidad social ascendente de la que tanto eco se hace la política, es necesario corregir los desincentivos que acumula la economía. Revalorizar el esfuerzo, la toma de riesgos y la apuesta por los activos del país debe ser una prioridad para que se genere valor de forma sostenida.
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