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Algo no salió bien

El trágico final del gran conquistador romano que murió por culpa de su desmedida ambición

Carlos Manzoni
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17 de diciembre de 2018  • 00:42

Empezó como soldado raso y terminó convertido en amo y señor de la República Romana, pero en el camino, su ambición por el poder le hizo ganar varios enemigos que terminaron por quitarle la vida antes de que llegara a cumplir 57 años. Julio César, que de él se trata, dejó su nombre para siempre ligado al poder y los triunfos, pero también al hastío y la debacle que genera la desmesura.

Hijo de un político popular del mismo nombre y de Aurelia, una matrona romana, Cayo Julio César nació el 13 de julio del 100 Antes de Cristo (AC), en la Suburra, un humilde barrio de la Antigua Roma. El hombre que algún día manejaría todos los hilos de la mayor potencia de su tiempo, tuvo su origen en una familia patricia, de escasos recursos.

Único hijo varón, su infancia transcurrió en un ambiente femenino, junto a su madre y sus hermanas, Julia Mayor y Julia Menor. Tal como cuenta Miguel Ángel Novillo López, en su libro Breve Historia de Julio César, cuando éste tenía 15 años, su padre murió de un ataque cardíaco mientras se calzaba, así que el joven Julio pasa a ser el pater familiae.

En el año 84 AC, se casaría con Cornelia, con quien un año después tendría a su única hija, Julia. Luego de la muerte de Cornelia, en 69 AC, se casó con Pompeya, de la que se separó en 61 AC (fue en ese momento cuando César pronunció la famosa frase "La mujer de César no solo tiene que ser honesta, sino que también tiene que parecerlo"). Por último, se casó con Calpurnia (aunque también tuvo de amante a Servilia y Cleopatra, reina de Egipto, con quien tuvo un hijo).

Pero, más allá de sus asuntos sentimentales, es necesario retroceder hasta sus comienzos. Ubicado en el bando contrario al del dictador Sila, no tardó mucho en caer en desgracia. Muerto su oponente, volvió a Roma, pero decidió ir a estudiar retórica con el maestro Molón de Rodas.

Tal como relata Agustín Saade, profesor de la Universidad de Buenos Aires, que dicta la asignatura Historia Antigua II, en fue justamente en un viaje a Rodas cuando lo capturaron unos piratas y ahí se empezó a ver la personalidad de Julio César. "Al ver que sus captores pedían solo diez talentos por su rescate, él les dijo muy enojado que era un hombre importante y que debían pedir 50 talentos", comentó el historiador.

Estatua de Julio César
Estatua de Julio César

Pero no solo eso, les juró a sus captores que él iba a sobrevivir, iba a volver por ellos y los iba a crucificar. Tiempo después, reunió unos hombres, atrapó a los piratas y, efectivamente, los crucificó. Las víctimas, que se habían entrado en confianza con él durante su cautiverio, suplicaron por que al menos les permitiera morir decapitados, pero Julio César fue inflexible.

Él tenía bien claro que solo a través del ejército podría alcanzar lo único que todo romano anhelaba en esa época: la gloria. En Lesbos, cuando contaba con tan solo 19 años, tuvo el primer cara a cara con la muerte: un enemigo lo tenía en el suelo para rematarlo, pero justo llegó un compañero en su auxilio y le salvó la vida.

Era apenas un soldado raso del ejército romano, pero fue subiendo de rango hasta convertirse en un guerrero de elite. Muchos progresaron junto a él, pero César fue el único que alcanzó la excelencia: era calculador y precavido, pero sobre todo era un hombre de acción.

A los 40 años, hizo una jugada maestra al unir a Craso y Pompeyo, dos generales que estaban enfrentados a muerte. Los convenció de dejar los rencores de lado, para formar a su lado lo que se conoció como el Primer Triunvirato. ¿Su tajada? En el año 59 AC fue nombrado cónsul, el cargo más alto al que se podía acceder en la república romana.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Luego de un tiempo de aprobar leyes para Pompeyo y Craso, Julio César fue desplazado de su cargo y enviado a una provincia. Fue un trago amarguísimo para él, que fue desolado a contarle su pena a su amante, Servilia. Esta, que era la madre de Bruto (considerado como un hijo por Julio César), pero además una de las mentes más brillantes de su época, le abrió los ojos."Hay muchas oportunidades en las provincias", le dijo. Y lo alentó a partir y forjar desde lejos su propio destino.

Así fue cómo Julio César se instaló en el límite con la Galia, lo que hoy es Francia , Bélgica y parte de Suiza , Países Bajos y Alemania . Este era un territorio aún no conquistado, poblado por feroces tribus que amenazaban con invadir Roma (que protegía esa frontera con cuatro legiones). César vio una oportunidad allí y decidió invadir Galia, asumiendo dos riesgos: ser derrotado por los galos y morir a sus manos o ganar y ser declarado traidor por el Senado, ya que no se podía invadir territorio sin autorización (delito penado con la muerte).

En el año 58 AC, César invadió Galia con cuatro legiones de 20.000 hombres e hizo algo nunca visto: abandonó las líneas romanas de suministro y obligó a sus hombres a vivir de lo que encontraban en territorio conquistado. Para 56 AC ya había conquistado la mayor parte del territorio galo. Cuando se empezaron a ver sus reportes (escritos por el mismo de puño y letra), el pueblo romano comenzó a verlo como un héroe y más soldados se unieron a su ejército, entre ellos un tal Marco Antonio.

Para su gran conquista, César se aprovechó del hecho de que las tribus galas estaban divididas, algo que le permitió derrotarlas una a una por separado. Pero cuando solo le quedaba una porción de Galia por conquistar, emergió ante él un despiadado general galo, Vercingetorix, que unió a todas las tribus bajo su mando y decidió impedir el avance final romano.

La primera estrategia que aplicó Vercingetorix fue la del "campo arrasado", es decir, hizo quemar todo a su paso para que las legiones romanas murieran de inanición. Luego, se atrincheró en la ciudad de Alesia, con 60.000 hombres. Pero Julio César, con gran lucidez, lo hizo caer en su propia trampa: ordenó construir un muro alrededor de Alesia y cortó la posibilidad de suministros.

El líder galo, a punto de morir de hambre, recibió la noticia de que un gran ejército venía en su ayuda. Julio César también se enteró y llevó a cabo otra de sus genialidades: mandó a construir un nuevo muro, quedando así todo el ejército romano en una franja de unos 180 metros entre el muro de Alesia y el muro que lo separaba de los atacantes de refuerzo.

Llegaron más galos de los que César esperaba, 120.000. Con solo 60.000 romanos, debía enfrentar la batalla final: sí César era derrotado, lo perdería todo; pero si ganaba, sería el mayor conquistador en la historia de Roma. Vercingetorix arengó a su gente y los gritos que llegaban hasta los romanos eran aterradores. César se paró ante sus hombres y les dijo: "Escuchen. Son gritos de desesperación. Quieren matarnos a todos, pero no lo voy a permitir. Somos soldados romanos y volveremos a Roma como conquistadores".

La batalla fue tremenda. En un momento, los galos superaban a los romanos, pero César sacó otro as de la manga: abrió él mismo el muro exterior y manda a su caballería en un movimiento envolvente contra los atacantes exteriores. Estos piensan que están rodeados y escapan. Desde el interior de Alesia, Vercingetorix supo que todo estaba perdido y se rindió a sus pies. César había triunfado una vez más.

Busto de Julio César
Busto de Julio César

Sabiendo lo que le esperaba, Julio César emprendió el regreso a Roma, una ciudad donde ya había sido declarado traidor por, como se dijo, invadir territorio extranjero sin permiso del Senado. En esa condición llegó hasta el borde del río Rubicón. Si cruzaba con un ejército ese límite que dividía la Galia Cisalpina de Italia, automáticamente sería tomado por invasor de Roma.

Julio César no dudó y el 11 de enero del 49 AC tomó una de las decisiones más recordadas de la historia: "Cruzó el Rubicón". Desde ese día, esa frase es usada para expresar que se ha sobrepasado un límite y que ya no queda marcha atrás. Según algunos historiadores, es allí mismo cuando pronuncia otra famosa expresión: "Alea jacta est", la suerte está echada, en latín.

Se desató así una terrible guerra civil contra Pompeyo y los optimates, la facción aristocrática del Senado. Pero César no solo tenía al pueblo de su lado, ya que era considerado el mayor conquistador romano hasta ese momento, sino que también tenía un gran ejército, por lo que terminó triunfando (aunque no es él que mata a Pompeyo, puesto que este muere a manos de los egipcios, a quienes había recurrido para pedirles ayuda).

En julio del 46 AC César ya se había convertido en amo y señor de Roma, con un poder enorme y, además, legitimado por el Senado como dictador por un plazo sin precedentes de 10 años. En septiembre de ese año celebró sus triunfos con un fausto jamás antes visto (que incluyó la ejecución de Vercingetorix). El que alguna vez fue soldado raso se había convertido en dios y ahora no alcanzaba el mármol para esculpir estatuas en su honor. Amado por su ejército, por su pueblo y por parte del Senado, César estaba en su mejor momento. Pero... siempre hay un "pincelazo" que te arruina todo.

En los idus de marzo del año 44 AC, un grupo de senadores convocó a César sorpresivamente al Foro para leerle una petición. Tal como se reconstruye en Breve Historia de Julio César, justo al pasar por el Teatro de Pompeyo, camino al Foro, el dictador fue interceptado por los propios senadores y conducido a una habitación anexa, donde le entregaron la petición.

Cuando César empezó a leer, Tulio Cimber le tiró de la túnica, algo que estaba prohibido hacerle a semejante autoridad. Esa era la señal que esperaba el resto de los confabulados para hacer lo que habían planificado: asesinar al dictador que se había "adueñado" de Roma. Al instante, Servilio Casca le hizo un corte en el cuello con una daga. Entonces, César le clavó un punzón de escritura en el brazo y le dijo: "Qué haces villano?".

Casca pidió auxilio al resto de los conspiradores y, ahora sí, la suerte estaba echada: el grupo completo de senadores se fue encima de Julio César y le asestó 23 puñaladas, de las cuales solo una fue mortal. Entre ellos estaba su hijo adoptivo, Bruto. Cuando lo ve, César se entrega y pronuncia otra de sus famosas frases, que, aunque difiere según cada historiador, fue algo así: "Tu también hijo mío".

Se terminó así la vida de uno de los tres personajes más importantes de la historia y el mayor conquistador romano que se haya visto jamás. Alguien que dejó su sello en la Roma Antigua, que tiene un mes en su honor y cuyo nombre quedó para siempre como una forma de designar al jefe máximo: no solo la mayoría de los emperadores romanos se llamaron así, sino que "zar" en ruso y "káiser" en alemán derivan de la palabra César. Asombroso, para alguien que empezó a forjar su destino como un simple soldado raso.

* Si querés ver la columna en vivo, sintonizá los viernes a las 23 Lo que el día se llevó (martes a viernes), por LN+: 715 y 1715 de DirecTV, Cablevisión 19 Digital y analógico/ 618 HD y Flow, Telecentro 705 Digital, TDA 25.3, Telered 18 digital y servicio básico y Antina 6 digital.

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