"¡Excelente, Smithers!" Una polémica en torno del señor Burns y los "ricos cretinos" divide a los economistas

El jefe de Homero Simpson es el estereotipo de esos jefes que es mejor evitar y que, a la larga, perjudican a la empresa; es, además, una muestra de algo muy debatido: cuanto más millonario, más egoísta
Sebastián Campanario
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5 de julio de 2015  

"Lo dejaría todo... por tener un poco más." "¿Un dólar a cambio de la felicidad eterna? Mmm.. Soy más feliz con el dólar." "Smithers, no volvamos a verter residuos nucleares en el patio de un colegio, tantos niños calvos empiezan a levantar sospechas." "¿De qué sirve el dinero si no se puede inspirar terror en el prójimo?" "Ah, lunes a la mañana, hora de pagar por sus dos días de ocio, zánganos miserables."

Las frases del primer párrafo pertenecen a Charles Montgomery Burns, el jefe despiadado de Los Simpsons, que se supera en maldad y desprecio por el prójimo capítulo a capítulo ("¿Pueden encerrar a ese bebe?", grita en un episodio). En la literatura de la psicología y el management, el señor Burns es uno de esos jefes a evitar: un trabajo clásico de este campo, realizado una década atrás, lleva por título El lado oscuro del carisma y categoriza a los malos jefes en estereotipos que tienen mucho que ver con el señor Burns (de Los Simpsons), Pelopunta (de la tira de historietas Dilbert) y Michael Scott (el personaje que interpreta Steve Carrell en la versión estadounidense de la serie cómica The Office).

El estudio, que explica cuál de estas personalidades es la más nefasta para los resultados de la empresa en el largo plazo, fue escrito por Robert Hogan, Robert Raskin y Dan Fazzini, de la Universidad de Florida.

En las últimas tres semanas, la ideología y el comportamiento de las personas extremadamente ricas (el 1% de los que más tienen) dieron lugar a un agresivo y muy interesante debate entre académicos de distintas disciplinas. La polémica rebotó en notas y posteos entre medios digitales, tradicionales y blogs como Vox, Slate y Big Think, The New Republic y Business Insider, entre otros.

En todos se recopiló abundante evidencia científica (de estudios de economía, psicología evolutiva, ciencias políticas y sociología) que apunta en la misma dirección: las personas extremadamente ricas tienden a tener un comportamiento más egoísta, menos cooperativo, con menos empatía y preocupación por el prójimo, y más aislado.

Una de las piezas más provocativas fue publicada en Vox por David Roberts y Javier Zarracina, con el título La gente rica es cretina, explicado, o bien, Cretina, o Turra o como quiera llamársele: en inglés los autores usaron repetidamente "jerks" o "assholes".

¿Y los demás?

Entre los estudios académicos citados para sostener su hipótesis, destacan una encuesta realizada por la Fundación Russell Sage, donde se ven diferencias enormes entre las consideraciones de los más ricos en relación al resto de la población. Por ejemplo, sólo el 23% de las personas muy opulentas considera que el gobierno debería asegurar un estándar digno de vida a los desempleados, contra el 50% de la población general; un 33% de los primeros está a favor de reducir el gasto en seguridad social (contra un 10% del resto) y sólo el 29% de los millonarios piensa que defender los empleos de los estadounidenses debería ser una prioridad del gobierno, contra el 81% de la población a nivel general.

Roberts y Zarracina aducen que el impacto de estas divergencias es mucho mayor aun en la orientación de las políticas, en tanto las elites tienden a ser más activas en grupos de lobby que los ciudadanos a nivel individual. Por lo tanto, esta divergencia se amplifica en el sesgo de la política pública. Esta fue una conclusión de un trabajo reciente de los politólogos Benjamín Page y Martin Gilens.

Otro estudio del psicólogo Paul Piff argumenta que "ser de clase alta aumenta las posibilidades de tener un comportamiento antiético". "Aunque tener dinero no hace a nadie necesariamente de ninguna manera, los ricos tienden más que el resto a priorizar sus propios intereses por encima del resto de la población", sostiene.

Dos meses atrás, el neurocientífico argentino Facundo Manes, director de Ineco y rector de la Universidad Favaloro, mencionó durante la presentación del informe anual del Banco Mundial un estudio de la Universidad de Berkeley que mostró que las personas con poder se comportan en forma más egoísta, "porque naturalizan su estado y creen que es una situación que les corresponde naturalmente".

Las investigaciones de distintas disciplinas se acumulan y apuntan para el mismo lado. Utilizando metodología prestada de la economía experimental, el psicólogo evolucionista David Sloan Wilson encontró que el nivel de ingresos es un buen predictor de "no cooperación" entre adolescentes norteamericanos.

¿Existen estadísticas de este tema para la Argentina? Lo más cercano es un trabajo que realizaron tres años atrás economistas del Cedlas de la Universidad de La Plata, que mostró que la gente muy rica (en el primer decil de ingresos del lado más acomodado de la población) tiende a pensar que es de clase media, y por lo tanto apoya políticas redistributivas... que la beneficie a ella. Esto es, creen que el Estado debería ayudarlos, porque no se perciben a sí mismos en el nivel máximo de riqueza.

El debate tuvo contrapuntos y gente enojada. En Vox, Timothy Lee publicó una respuesta titulada: "Perdón liberales: que a uno le guste el libre mercado no significa que uno sea un cretino". El argumento es simple: mucha gente piensa, legítimamente, que altos impuestos reducen la actividad económica y achican la "torta total" de la economía, con consecuencias negativas para todos los estratos de la población. David Roberts contraatacó con una pieza titulada: "Perdón conservadores, pero ustedes comparten ideología con una banda de ricos cretinos". Roberts sostiene que la gran mayoría de quienes defienden un Estado más pequeño lo hacen porque construyen una ideología que justifica sus intereses (y se rodean de personas que piensan lo mismo) y no porque prioricen como consecuencia un bienestar social mejor para todos.

Más hurto, menos caridad

El autor del best seller Flashboys, Michael Lewis, tal vez el mejor escritor de temas de negocios en la actualidad, resumió en un reciente artículo en The New Republic evidencia sobre los "ricos cretinos". Por caso: los ricos tienden más que los pobres a hacer hurtos de mercadería en los negocios (el efecto Mariana Nannis), dan menos a caridad en relación a sus ingresos (hay excepciones, como Bill Gates) y tienen menos actividad cerebral en las áreas vinculadas a la empatía.

Lewis se pregunta si la riqueza vuelve a la gente más egoísta o si la causalidad va al revés: aquellos que tienen una personalidad más narcisista e inescrupulosa poseen más armas para ascender en las empresas y hacerse ricos.

Cita un hallazgo increíble de un psicólogo de la Universidad de California, Dacher Keltner, quien encontró, luego de un experimento, que las personas adineradas tenían más probabilidades de sacar caramelos de un frasco a la salida (ignorando un cartel que decía que eran sólo para los chicos) que aquellos de menores ingresos.

Una conclusión que hace que las frases del señor Burns no suenen tan exageradas, al final del día. Sentencias como las que siguen: "Hay que desviar el suministro del orfanato. ¿Ante quién van a protestar? ¿Sus padres?" "Yo podría aplastarlo como a un insecto. Pero sería demasiado fácil. No, la venganza es un plato que sabe mejor frío. Esperaré la hora propicia hasta que.. Ah, qué diablos!, lo aplastaré como a un insecto." "¿Qué hace que un hombre arriesgue su empleo y aun su vida al pedirme un aumento a mí?" Como diría el jefe de Homero Simpson, frotándose las manos: "¡Excelente!"

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