
Falsificar monedas es negocio
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La desaparición de la inflación significó para varias generaciones la recuperación de algo perdido hacía años: el uso de monedas y que volvieran a ser valiosas.
Pero la estabilidad en el valor de la moneda argentina junto a la caída de los precios internacionales de los bienes básicos creó en los últimos años un hecho desconocido para los argentinos de hoy: la falsificación de valores de baja denominación.
Mientras la moneda se depreciaba aceleradamente, había dos motivos principales para no falsificar algo que no fuera billetes "grandes". El primero, el costo relativamente alto de los materiales por utilizar. Dos, la propia depreciación acelerada del valor verdadero y su copia. Si se obtenía un billete apócrifo que permitía una ganancia reducida al hacerlo pasar por el original, esa diferencia podía transformarse en pérdida si se demoraba unos pocos días en hacer el trueque. Y en las épocas de altísima inflación la depreciación se medía en horas.
Con las monedas ocurrían hechos llamativos. Rápidamente, su valor facial era inferior a lo que valían los metales con los que estaban hechas.
El proceso es fácilmente entendible. El valor facial perdía frente al dólar, pero los metales seguían la cotización internacional. De modo que -por ejemplo- una moneda de 10 de la línea en vigencia, que apenas hubiera servido para comprar 5 gramos de metales, estaba hecha con 20 gramos de ellos.
El negocio era excelente. Para un fundición, la mejor manera de bajar costos y recuperar la rentabilidad perdida era usar las monedas como insumos.
Incluso había quienes las agujereaban por millares para fabricar arandelas.
Las monedas de medio centavo, un centavo y cinco centavos de austral se acuñaron en 1985 en acero. Para 1989, un austral había dejado de tener valor suficiente como para ser un billete. Pasó a ser moneda, pero ya no valía lo necesario como para pagar el acero que debería componerla, de modo que se hizo con aluminio.
A partir de la crisis asiática de 1997 ocurrió el fenómeno inverso. El peso mantuvo su valor y los metales se depreciaron.
Hoy, el único modo de hacer que unos pocos gramos de metal dorado valgan la estratosférica suma de 50 centavos de dólar es mediante la falsificación de una moneda de $ 0,50.
Esa es la explicación económica de la enorme cantidad de monedas falsas que circulan y que en muchos casos están tan bien hechas que sólo las máquinas validadoras de los colectivos o expendedoras de café las descubren.






