
La mullida escalera del obsecuente
Aquel ejecutivo que vivía de traje ahora está algo más relajado, y de remera un lunes. "Sabía que no tenía que contestar. Sabía que era preferible otra respuesta. Pero llegué hasta ese cargo de director tal cual era. Y decidí mantener mi conducta", recuerda un ex ejecutivo de una empresa de servicios.
Aquel día contestó como creía y no como las formas protocolares de la corporación moderna recomiendan. Los días pasaron y su vida en la empresa inició el triste y solitario camino al freezer. Menos reuniones, menos charlas en los pasillos y finalmente, la decisión de hablar para ver cómo seguir. "Me acerqué y les dije que estaba dispuesto a renunciar. Y como preveía, no hicieron nada por retenerme", confiesa ahora, decidido a probar suerte por afuera de las grandes corporaciones.
Lo que vino después fue otra confesión. "El camino de los obsecuentes es más fácil. Y la carrera más rápida", dijo antes de ejecutar su limonada.
Fue entonces cuando el Gurú de la cortada de la calle Estomba llamó raudo. "Por favor, no me diga que piensa hablar de los obsecuentes. Esta no me la pierdo", dijo.
Las organizaciones modernas suelen ser muy tolerantes con los obsecuentes. Tal es así que no son pocos los que construyen su carrera caminando por las cómodas escaleras que se construyen de la mano de las respuestas y las conductas de manual.
El obsecuente encuentra su espacio de confort más preciado en los dominios de otro obsecuente. Puede que parezca un juego de palabras pero es así: los obsecuentes anidan en los obsecuentes.
Quizá uno de los grandes activos que tienen estos personajes es la oportunidad de la opinión. Es maravilloso observar como colocan sonrisas, ceños fruncidos y palabras en el momento justo. Nunca son los primeros en hablar y en las reuniones donde está el obsecuente mayor suelen ser eternos cerradores de ruedas de opinión. Artesanos de los resúmenes, siempre prefieren decir por boca de otros, cerrar los encuentros y edulcorar las críticas.
El obsecuente corporativo suele ser absolutamente opuesto al conflicto. Jamás entra en alguno salvo una excepción que lo pinta de cuerpo entero. Si en el entredicho está involucrado el jefe, pues el obsecuente estará enrolado en ese territorio.
Esta fauna suele vivir con ventajas en las empresas. Sucede que en las compañías modernas, el conflicto o la confrontación se esquiva. El paradigma que impera es evitar las tensiones antes que enfrentarlas.
La teoría de los conflictos dice que hay empresas que los promueven, otras que los consideran malos y hay quienes los ignoran por considerarlos inherentes a la conducta humana. En cualquiera de los tres escenarios, los obsecuentes andan como anillo al dedo. Claro que hay una tribuna en la que todos quieren estar. "No sabe lo que es ver caer al obsecuente; es un espectáculo verlo en la mala. Anda ahí, como quien busca un referente para endulzar", dice el Gurú.
Pero hay esperanza. A aquel ejecutivo del inicio de la nota se lo ve radiante.






