La pobreza tiene un impacto estructural en los niños y es necesario medirla con amplitud

Ianina Tuñón
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10 de septiembre de 2014  

La experiencia de la pobreza en la infancia imprime marcas de difícil reversión que condicionan el desarrollo humano y social. Existe amplio consenso en torno a que las múltiples privaciones materiales, sociales y emocionales que experimentan los niños en los primeros años de vida tienen consecuencias en el desarrollo físico y cognitivo. Esas consecuencias probablemente limiten la capacidad del niño para apropiarse de los recursos necesarios para un mejor aprovechamiento de las oportunidades.

Justamente, una de las particularidades de la pobreza infantil es su impacto estructural, y de carácter permanente, en el desarrollo de capacidades y recursos humanos y sociales. La infancia es una "ventana de oportunidad" en la que los individuos desarrollan sus capacidades psíquicas, mentales, emocionales y de aprendizaje. En esos años de vida la experiencia de la privación alimentaria, la exposición a un medio ambiente insalubre y la carencia de estímulos emocionales adecuados y diversos comprometen el desarrollo cognitivo del niño y limitan el ejercicio de otros tantos derechos humanos y sociales básicos para el desarrollo de su máximo potencial.

Más tarde, durante la adolescencia, las privaciones materiales exponen a muchos chicos a la explotación económica y/o doméstica, al fracaso escolar y al padecimiento de enfermedades y accidentes, entre otras vulnerabilidades sociales.

Al mismo tiempo que se reconoce a la infancia como una población especialmente vulnerable a las situaciones de crisis, los recortes presupuestarios en educación o en atención primaria de la salud -por mencionar algunos ejemplos-, pocas veces se evalúa de qué manera estas situaciones o decisiones tienen un impacto estructural sobre el desarrollo humano y social de la niñez.

En los enfoques económicos clásicos, el problema de la pobreza hace centralmente referencia al acceso por parte de personas y sus hogares a determinados recursos económicos, que permiten la satisfacción de necesidades básicas de subsistencia. Sin embargo, parece fundamental avanzar sobre mediciones multidimensionales y desde un enfoque de derechos, como las propuestas por Unicef/Cepal para el caso específico de la pobreza infantil, o la desarrollada por el Coneval/Unicef como una política de Estado en México.

La construcción de mediciones alternativas de la pobreza que consideren lo particular del desarrollo humano y social en la infancia y adolescencia, sin duda es un desafío prioritario para los estados que proyecten un crecimiento económico sustentable, y que avancen sobre la construcción de políticas públicas integrales para el tratamiento y la superación de la pobreza.

Si bien la mayor parte de los países de América latina experimentaron en la última década un crecimiento destacado, alcanzando con ello mejoras significativas en los niveles de vida para gran parte de la población, al mismo tiempo la pobreza estructural, la marginalidad social y la desigualdad económica siguen siendo realidades profundamente arraigadas.

En el caso de la pobreza infantil, se reconoce no sólo lo específico de su sobrerrepresentación en la población pobre, sino que de modo adicional se observa que ha sido la población menos beneficiada por el crecimiento.

En este contexto, adquiere relevancia examinar los límites del crecimiento económico para superar la pobreza y lograr un desarrollo sustentable, así como reconocer el importante papel de protección económica que desempeñan las políticas de transferencia de ingresos. También cabe señalar que esas transferencias son expresión de la persistencia y reproducción de una población excluida, sin acceso a un empleo pleno de derechos y a un sistema de protección más integral.

Las políticas de transferencia de ingresos, cuando no forman parte de un conjunto más amplio e integral de políticas concurrentes, orientadas a la creación de empleo pleno de derechos, a la educación de calidad desde temprana edad, a dar estructuras de oportunidades para la socialización y formación en el campo del deporte, las artes, y el juego en un amplio sentido, resultan insuficientes para lograr equidad en el inicio de la vida.

La autora es investigadora responsable de los estudios del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (UCA)

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