
La principal productora de las semillas transgénicas que se usan aquí esgrime advertencias y argumentos en favor de la biotecnología
Si la Argentina no cambia su régimen, no accedería a la segunda generación
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ST. LOUIS, Missouri, Estados Unidos.- "Si la Argentina no cambia su régimen no tendrá la segunda generación de transgénicos."
La advertencia fue hecha ante La Nación por el director de desarrollo comercial internacional de Monsanto, Roger Krueger, hace algunos días, en esta ciudad.
Era la respuesta directa al conflicto abierto por el hecho de que el productor argentino puede conservar las semillas cosechadas para sembrar al año siguiente, a diferencia de los farmers norteamericanos, que año tras año deben comprar la totalidad de lo que necesitan sembrar y pagar el technology fee (el importe por el desarrollo de cada producto).
Si bien la advertencia puede encender un foco de preocupación en nuestro país, también deja otro enfoque menos inquietante para el corto y mediano plazo.
La afirmación de Krueger implica admitir que en lo inmediato no habrá cambios en el sistema que rige para los productores argentinos. Entender la razón de esta postura no es difícil: los productores argentinos han adoptado los cultivos transgénicos como los de ningún otro país, hasta convertirse en el segundo mercado después de Estados Unidos, mientras que las naciones de Europa se oponen férreamente y Brasil cuestiona los cultivos con organismos genéticamente modificados (OGM).
Pera ésa no es la única situación que explica la posición de la principal compañía de cultivos transgénicos respecto de la Argentina.
El reclamo de igual trato hecho por los productores norteamericanos respecto de sus pares argentinos es apenas uno de los componentes del
trilema
que enfrentan actualmente las empresas de biotecnología en alimentos y cultivos. Los dos restantes son:
- Las restricciones, limitaciones y pedidos de prohibición que llueven desde Europa sobre estos productos con el argumento de que pueden ser riesgosos para la salud.
- La demanda para que sean identificados (etiquetados) todos los productos que llevan algún componente genéticamente modificado.
Estas son, tal vez, las dos grandes batallas que enfrentan empresas como Monsanto. Por un lado, la posición europea les cierra mercados e instala el temor en los productores que usan transgénicos sobre la posibilidad de que se les complique la comercialización de sus cosechas.
Por otro, el etiquetado podría, como mínimo, encarecer y hasta dificultar o reducir la comercialización de alimentos que contengan derivados de organismos genéticamente modificados (OGM).
De allí que gran parte de la energía de la empresa está puesta en desactivar temores de la población sobre el uso de transgénicos.
Para eso, colectan y despliegan los argumentos más fuertes. Tales como:
- "Ningún otro alimento ha sido estudiado jamás tanto como los que contienen OGM. El problema de los consumidores europeos es que no tienen confianza en sus organismos de control, sobre todo después de lo que pasó con el "mal de la vaca loca". Por eso, se resisten a los transgénicos, pese a lo que dicen los científicos", sostiene James Ashwood, responsable de los programas de seguridad de Monsanto.
- "Ante la preocupación de los ecologistas por los OGM, la respuesta es que la única forma de limpiar el mundo de químicos es con la biotecnología", dice Roger Beachy, un reputado científico norteamericano titular del Donald Danforth Plant Science Center.
El Donald Danforth es un supermoderno centro de investigación en biociencia aplicada a la agricultura, tiene carácter independiente y, en esta ciudad, desarrolla su tarea con el aporte del Estado y de empresas priva das.
- "El rechazo europeo a los transgénicos no es científico, sino político-comercial. Los científicos no ponen en duda que los transgénicos no entrañan riesgos", sostiene Scarlett Foster, responsable del departamento de comunicación y asuntos públicos de Monsanto.
- "El uso de los pesticidas es mucho más preocupante para los consumidores europeos que los alimentos genéticamente modificados, según una encuesta hecha en 7 países.
"Y, precisamente, los transgénicos permiten reducir el uso de pesticidas", afirma Gary Barton, a cargo del área de asuntos públicos.
- "La biotecnología brindará más calidad de cosecha, más rindes, más facilidades para los agricultores y una agricultura sostenible que proveerá más alimentos, de mejor calidad y protegiendo el medio ambiente", resume William Kosinsky, haciendo gala de su título de educador en biotecnología de Monsanto.
Un futuro diferente
Así, si la primera batalla de las empresas de biotecnología en cultivos y alimentos es hoy convencer de la bondad y la seguridad de sus productos, no resulta difícil entender por qué para algunos mercados que ya han confiado y que, además, pueden mostrar resultados más que exitosos rige cierta tolerancia sobre sus reglas y usos y costumbres comerciales.
Eso sí, no se deja lugar para la duda sobre cuál es la posición frente a los derechos de propiedad intelectual y al reconocimiento de las patentes.
Todo radica en una cuestión de oportunidad. Y como corresponde a una industria de avanzada -como la biotecnología-, las apuestas de fondo están hechas a futuro.
Precisamente, en el futuro está la segunda generación de transgénicos, que son los que no sólo aportan ventajas para el productor -por su resistencia a plagas y mejores rindes-, sino que son cultivos que conllevan propiedades nutricionales extras y hasta farmacéuticas, la llamada neutracéutica.
De eso, que no es sólo un tema de los productores agropecuarios, habla Monsanto cuando advierte sobre el pago de los derechos de desarrollo tecnológico que en la Argentina hoy sólo se abonan parcialmente.




