La nueva industria de la guerra: de los misiles millonarios a los drones de bajo costo
Estados Unidos está redefiniendo su estrategia militar con empresas emergentes que prometen rapidez, eficiencia y menos burocracia
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La guerra con Irán podría terminar enseñándole a Estados Unidos muchas lecciones. Una que ha aprendido por las malas es la pésima lógica económica de usar armamento tradicional contra drones iraníes baratos. “La dinámica del mundo ha cambiado”, dice Emil Michael, exejecutivo de Silicon Valley y hoy alto funcionario del Pentágono. “No querés gastar un misil de un millón de dólares para derribar un dron de US$50.000”.
Esa es una de las razones por las que la administración Trump está recurriendo a un nuevo grupo de empresas emergentes de defensa que están replanteando cómo se hace la guerra. Están lideradas por Palantir, un gigante del software que provee sistemas de inteligencia; SpaceX, cuya red satelital Starshield ofrece reconocimiento y conectividad; y Anduril, una firma en ascenso que fabrica drones aéreos y marítimos, además de sistemas antidrones. Este trío de los llamados “neo-primes” mantiene vínculos estrechos con figuras entusiastas dentro de la administración Trump. Y está poniendo cada vez más nerviosos a los gigantes del complejo militar-industrial.
Los contratistas tradicionales (“primes”) de Estados Unidos, según la visión del gobierno, se han vuelto burocráticos, caros y adversos al riesgo como resultado de sus lucrativos contratos garantizados. “Si los recién llegados son buenos y logran consolidarse, van a quedarse con parte del negocio que de otro modo habría ido a un contratista tradicional”, dice Michael.
Este año, los nuevos competidores han recibido importantes respaldos. En enero, Pete Hegseth, secretario de guerra de Estados Unidos, utilizó la base de SpaceX en Texas como escenario para presentar una nueva estrategia de inteligencia artificial, prometiendo que el Departamento de Guerra se inspiraría en el estilo de gestión de Elon Musk y “aceleraría a fondo”. En marzo, el gobierno anunció que el sistema de mando y control con inteligencia artificial de Palantir, llamado Maven, se convertiría en un “programa oficial”, asegurando financiación por años (aunque con bastante burocracia). Ese mismo mes, el ejército estadounidense consolidó múltiples contratos con Anduril en uno solo, por hasta US$20.000 millones a diez años.
Estos compromisos pueden parecer pequeños en comparación con programas como el caza furtivo F-35, liderado por Lockheed Martin, que podría costar más de 2 billones de dólares a lo largo de varias décadas. El año pasado, los tres mayores contratistas tradicionales —Lockheed Martin, RTX y Northrop Grumman— generaron en conjunto cerca de ocho veces las ventas combinadas de estos tres nuevos actores (y SpaceX y Palantir obtienen gran parte de sus ingresos de clientes fuera del Pentágono).
Aun así, los inversores son optimistas. Este trío emergente vale más de tres veces los tres mayores contratistas tradicionales, reflejando, entre otras cosas, expectativas de que puedan sacudir la industria armamentística. En los próximos meses se espera que SpaceX salga a bolsa en lo que sería la mayor oferta pública inicial de la historia. Anduril, que obtiene casi todos sus ingresos de contratos de defensa, estaría buscando financiamiento con una valoración de 60.000 millones de dólares, pese a haber generado solo 2.000 millones en ventas el año pasado y operar con pérdidas.
El valor de la empresa refleja en parte las cantidades récord de capital de riesgo que están fluyendo hacia startups de defensa en Estados Unidos. En los últimos meses también se han realizado grandes inversiones en una segunda línea de startups que buscan entrar en las grandes ligas, como Shield AI, que desarrolla pilotos autónomos para combate aéreo, y Saronic, que fabrica drones marítimos.
El entusiasmo también se ve impulsado por el intento del presidente Donald Trump de lograr que el Congreso aumente el presupuesto de defensa del próximo año fiscal en más de un 40%, hasta 1,5 billones de dólares. Estos planes incluyen mayores gastos en drones, sistemas antidrones e inteligencia artificial. Aunque los contratistas tradicionales seguirán recibiendo la mayor parte del presupuesto, Michael espera que el 1-2% destinado a innovadores aumente progresivamente en los próximos años para fomentar la competencia.
Desde la perspectiva del Pentágono, uno de los mayores atractivos de los nuevos actores es que, a diferencia de los contratistas tradicionales, evitan en gran medida los contratos de “costo más margen”, mediante los cuales el gobierno cubre todos los gastos y añade una ganancia. Ese modelo puede ser adecuado para programas grandes y complejos, pero fomenta la ineficiencia. En cambio, los nuevos competidores suelen preferir contratos a precio fijo, en los que asumen el costo inicial de investigación y desarrollo y obtienen mayores ganancias si entregan a tiempo y dentro del presupuesto.
Esta estructura contractual los mantiene más ágiles y les da incentivos para iterar rápidamente, en lugar de construir sistemas desde cero cada vez. Anduril, por ejemplo, busca utilizar un motor de cohete común con propelente sólido para distintos sistemas de lanzamiento, reduciendo costos. En cuanto a velocidad, apenas ocho meses después de que la startup SpektreWorks presentara el prototipo de un dron suicida llamado Lucas, fuerzas estadounidenses lo desplegaron en Irán (curiosamente, el Lucas es una copia inversa de un dron iraní Shahed).

El entusiasmo por el cambio de enfoque del Pentágono es palpable. “Es enorme”, dice Matthew Steckman, que supervisa una parte importante del negocio de Anduril. “Cada día llegás y estás reaccionando a la siguiente versión de cómo el Departamento de Guerra quiere moverse rápido”. La burocracia en las adquisiciones de defensa está siendo recortada drásticamente. “Están eliminando trámites como si no hubiera un mañana”, dice Steve Blank, de la Universidad de Stanford.
Sin embargo, existe preocupación de que tanta prisa pueda salir mal. Para los nuevos actores, el riesgo es asumir demasiado demasiado rápido y no poder manejar contratos cada vez mayores. Esto es más problemático para Anduril que para SpaceX y Palantir, que cuentan con contratos grandes fuera del Pentágono. Además, el enfoque de Palantir en software le permite escalar más rápido. Pero para Anduril, y muchas empresas similares, aumentar la producción puede ser un desafío. La compañía recién ha comenzado a construir grandes instalaciones (recientemente abrió una fábrica en Ohio con una inversión de 1.000 millones de dólares). Su capacidad de escalar al nivel de los contratistas tradicionales aún no está probada.
También hay riesgos para el gobierno. El Pentágono quiere avanzar hacia sistemas interoperables, en lugar de plataformas independientes. Pero algunos temen que termine dependiendo demasiado de los servicios satelitales de SpaceX o de los sistemas de gestión de combate de Palantir y Anduril.
De hecho, aunque el Pentágono afirma que quiere fomentar la competencia, hay señales de que sigue siendo difícil ingresar al sector. Anduril, por ejemplo, ha adquirido varias empresas más pequeñas, como Blue Force Technologies, fabricante del dron de combate Fury. Su fundador, Scott Bledsoe, dice que vendió su empresa al darse cuenta de que era demasiado pequeña para conseguir grandes contratos por sí sola. “Existe el riesgo de que simplemente estemos creando una nueva generación de contratistas tradicionales”, advierte.
Otro riesgo es que, al entusiasmarse demasiado con drones y tecnologías similares, el Departamento de Guerra descuide sistemas tradicionales que serían cruciales en un eventual conflicto con China, por su capacidad de operar a larga distancia y penetrar defensas avanzadas.
Para la sociedad en general, la relación cada vez más estrecha entre la familia Trump y estas empresas también genera inquietud. Cuando las acciones de Palantir fueron atacadas por vendedores en corto este mes, el presidente salió inesperadamente en su defensa en redes sociales, destacando sus capacidades militares. Además, Donald Trump Jr. es socio de un fondo que ha invertido en Anduril.
Aunque algunos minimizan estas conexiones, la percepción de favoritismo político podría poner en riesgo el apoyo bipartidista a estas startups, especialmente si cambia el control del gobierno federal. La transformación del complejo militar-industrial estadounidense estaba pendiente desde hace tiempo. Sería una lástima que fracasara.
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