
No existe el almuerzo gratis
El gran dilema de la economía es asignar eficientemente los escasos recursos productivos frente a las infinitas necesidades de la gente. En definitiva, la economía existe porque los recursos son escasos y no alcanzan para satisfacer todas las necesidades que tiene la gente. Ahora bien, el gran debate es establecer un mecanismo que logre la mejor asignación posible de los recursos. ¿Cómo se hace para saber dónde volcar el capital y el trabajo? En el mundo desarrollado, este tema ya ha sido resuelto y, con algunos matices, se ha aceptado que el mercado es el mecanismo más idóneo para asignar los recursos. Lamentablemente, en la Argentina todavía seguimos manteniendo un debate que en los países que crecen quedó archivado hace por lo menos 20 años.
La decisión del presidente Kirchner de prohibir las exportaciones de carne, junto con los crecientes controles de precios, regulaciones, manejo del tipo de cambio, etcétera, refleja una postura que implica suponer que alguien desde la función pública sabe mejor que el conjunto de la sociedad cuáles son las necesidades más urgentes y de qué manera deben asignarse los recursos productivos. El ejemplo de la carne es bastante obvio. Si la carne sube, puede ser por dos razones: a) se está frente a un proceso inflacionario o b) hay un cambio de precios relativos que hace que la carne sea más cara. En el caso que tanto preocupa al Gobierno se da una combinación de ambas razones. Por un lado, la carne sube porque hay aumentos generalizados de precios debido a la política monetaria fuertemente expansiva que lleva a cabo el Banco Central para sostener artificialmente alto el tipo de cambio. No ha sido solamente la carne la que subió de precio en la Argentina desde la devaluación hasta ahora.
Por otro lado, en todo proceso económico hay productos que, aún sin inflación, suben de precio mientras otros bajan. Esos constantes cambios en los precios es lo que los economistas llamamos precios relativos, que no son otra cosa que la señal que envía el mercado a los inversores para indicarles dónde hay una demanda insatisfecha, es decir, dónde hay que invertir. Además del mencionado proceso inflacionario que estamos viviendo, la carne también sube por un cambio en los precios relativos. Hay más demanda externa y menos oferta por la salida de productores como, por ejemplo, Brasil.
Ahora bien, ¿cómo actúa el mercado cuando observa un cambio de precios relativos? Muy sencillo: como el aumento de precios indica que hay una demanda insatisfecha, los empresarios, que siempre están buscando dónde obtener una mayor renta de su capital, invierten en el sector que muestra un aumento de precios que luce como permanente. En el caso de la carne, los productores agropecuarios verían el aumento en el precio de la carne como una señal del mercado que indica que hay que invertir en el sector ganadero. Como no todo en la vida es soplar y hacer botellas, invertir en el sector ganadero implica un proceso que lleva años hasta que la oferta crece por efecto de la inversión. En el largo plazo esa mayor inversión en ganadería incrementaría la oferta y este aumento de la oferta haría bajar los precios de la carne. De esta manera, la rentabilidad del sector ganadero tendería a igualar la rentabilidad del resto de los sectores.
¿Qué ha hecho el Gobierno al prohibir la exportación de carne? Modificar arbitrariamente la estructura de precios relativos de la economía intentando que la carne sea artificialmente barata. Al cambiar el precio de la carne mediante la prohibición de exportar el Gobierno le ha quitado al productor el estímulo para invertir. El resultado no es otro que carne barata en el corto plazo y carne más cara en el largo plazo. Esto mismo se ve en el sector energético. El Gobierno decidió modificar arbitrariamente los precios relativos haciendo que el precio de la energía sea barata. La inversión disminuyó o desapareció, y las importaciones de combustibles crecieron enormemente durante el 2005.
Como puede verse en el gráfico que acompaña esta nota, durante 2005 las importaciones de combustibles aumentaron en no menos del 50% en relación con las importaciones que se hicieron durante los 90. ¿Cuál es el resultado? Que finalmente hay que pagar el combustible a precio internacional. No interesa si, transitoriamente, el Gobierno (el contribuyente) enfrenta este mayor costo por medio de subsidios. Lo cierto es que, en el largo plazo, el precio del combustible termina pagándose al precio de mercado. ¿Por qué va a ser diferente en el caso de la carne? Si la señal que envió el Gobierno es que el que invierte en el sector será sancionado con medidas como la prohibición de exportar, no hay ningún motivo para pensar que en el futuro la oferta de carne vaya a crecer y el precio a bajar. Por el contrario, lo más probable es que terminemos consumiendo el stock de capital (en este caso, reduciendo la cantidad de cabezas de ganado) hasta que el precio suba o tengamos que importar carne, porque la oferta interna, inevitablemente, se va a contraer. Como alguna vez dijo el premio Nobel de Economía Milton Friedman: "No hay tal cosa como un almuerzo gratis. Alguien lo paga". Con el tema de la carne y la energía, pasa exactamente eso. No hay tal cosa como carne o energía a un precio menor al de un mercado libre. Alguien paga la diferencia. Y la diferencia se paga consumiendo stock de capital que es una forma de redistribuir ingresos. El que paga es el productor de energía o hacienda consumiendo su stock de capital porque deja de invertir.
Señales clave
¿Por qué en la década del 80 estalló el sistema eléctrico, los caminos estaban destrozados y era imposible conseguir una línea de teléfono? Porque el Estado, que era el dueño de esas empresas, no invertía para el mantenimiento ni la ampliación y, por lo tanto, se fue consumiendo el stock de capital hasta que los caminos fueron intransitables, los teléfonos no funcionaban y el microcentro se llenó de generadores eléctricos para que los bancos pudieran operar. Claro, la cuenta de teléfono y de luz que le llegaban al consumidor eran bajas. Eran baratas porque políticamente convenía no aumentarlas. Pero el costo fue quedarse sin caminos, sin teléfonos y sin luz.
La política económica del Gobierno se caracteriza por una fuerte distorsión de los precios relativos. Dólar caro, energía barata, carne barata, controles de precios para muchos productos, regulación de la tasa de interés, etcétera. Al distorsionar la estructura de los precios relativos de esta manera, el Gobierno está eliminando las señales clave para atraer inversiones. El mensaje que el Gobierno le ha enviado al mercado es que la política económica no está centrada en el largo plazo, sino en las necesidades políticas de cara a las elecciones. Es una forma de administrar la economía. Pero tengamos en claro que esto tiene un costo: menos inversión, crecimiento y nivel de vida futuros. La fiesta de distorsionar los precios relativos alguien la termina pagando.







