Pablo Goldín: “Un acuerdo con el FMI no es la solución de nada; a lo sumo, se encapsula la crisis”
El economista, que dirige la consultora MacroView, advirtió sobre la inflación y sostuvo que no se alivia por arte de magia; por qué cree que es importante trabajar ahora en un plan para 2024
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Estudió Economía en la Universidad Nacional de Rosario y tiene un máster en Economía del Instituto Torcuato Di Tella. Trabajó en los ministerios de Relaciones Exteriores y de Economía. En 1999, ingresó a M&S Consultores (hoy MacroView), que fundaron Carlos Melconian y Rodolfo Santangelo, y en 2015 asumió como director.
Pablo Goldín trabaja en la consultora MacroView, que fundaron los economistas Carlos Melconian y Rodolfo Santangelo, desde 1999. En diciembre de 2015 fue nombrado director, luego de que Melconian asumiera como presidente del Banco Nación. Junto con los otros economistas de la consultora, está trabajando en un plan económico para presentárselo a la gestión que asuma en 2023.
–¿Cómo se diseña un programa económico para fines de 2023, cuando no se sabe cómo llegará la economía a ese momento?
–Dos cosas no pueden pasar: no se puede llegar al 10 de diciembre de 2023 sin saber qué hacer y tampoco se puede estar dos años antes pensando cosas en la estratosfera. También se debe tener el recorrido político de cómo se encarará, porque no es solo el programa económico, también tiene que haber viabilidad política para que un presidente confíe en ese plan.
–Siempre se dice que no se puede crecer con cepo cambiario, pero algunos economistas (incluido Melconian) fueron bastantes críticos con la gestión anterior por haberlo quitado tan rápido. ¿Qué recomendaría hacer en el contexto actual?
–Para estar sin cepo, primero hay que emprolijar y arreglar el resto de las cosas. Esa es la realidad y la experiencia que nos mostraron los últimos años en la Argentina. Si se establece un control de cambios, un germen de inestabilidad, es porque están mal los números fiscales, monetarios y el balance del Banco Central. El cepo no es un instrumento ideal, pero se utiliza para ganar tiempo. Si se empieza al revés, como ocurrió en diciembre de 2015, cuando por decisión política se quitó el cepo, no sale tan bien. En ese entonces hubo un salto cambiario que generó una aceleración de la inflación y ya el gobierno entró malparido. Eso provocó malestar y nunca se logró acomodar las cosas. La experiencia dice que el objetivo debe ser eliminar los controles de cambio y dejar un mercado cambiario único y libre. Pero eso es el final del camino, el principio debe ser acomodar el resto de la macroeconomía.
–Es decir, el déficit fiscal, las reservas del Banco Central...
–Ordenar los números fiscales y el financiamiento de ese déficit, para que no esté el bolsillo del Banco Central poniendo pesos de la maquinita y dólares de las reservas. No digo ser Alemania o Chile, pero, si no se emprolijan un poco esos números es difícil tener un mercado cambiario libre y único. Así pasó en los dos primeros años del gobierno de Macri, cuando si bien todavía había confianza, se llegaron a comprar US$15.000 millones por año, estando las cosas más o menos bien. Después, la demanda se fue a US$25.000 millones. Es casi inviable que a un país se le fuguen US$20.000 millones por año y que todo siga como si nada. Igualmente, lo que tenemos ahora es un cepo muy malo, hay otros que son un poco menos agresivos. El de ahora casi que no deja respirar. Es mucho peor que el cepo de Cristina [Kirchner] de 2012 a 2015.
–¿Cuánto productos de la economía están valuados al tipo de cambio oficial y cuántos a los paralelos? A fines de 2015, gran parte de la economía fijaba sus costos al oficial, pero, como dijo, el cepo no era tan restrictivo como ahora.
–Si tuviera alguna responsabilidad de política económica, jamás confiaría en que los precios de la economía ya están funcionando al dólar blue. Los dos dólares siempre son importantes. Tampoco se puede creer que el mercado informal es chiquitito y que nadie se fija en ese, porque es mentira. La clave es respetar los dos dólares, que el oficial no esté ridículamente atrasado, que no sea un dólar barato, porque empezamos a tener problemas muy graves; que la brecha no sea tan alta como para tener posibilidad de maniobrar y que haya dólares oficiales, porque el meollo de esto es que si el importador no consigue que el Banco Central le venda los dólares a $105, empieza a armar su estructura de producción con el otro dólar. Si, como ahora, no hay acceso a los dólares oficiales o están a cuentagotas, el dólar paralelo empieza a tallar también y las empresas fijan los precios a ese o a uno mixto.
–¿Cómo se hace una corrección macroeconómica en el actual contexto de alta inflación?
–Tenemos control de cambios, cepos de los colores que quieras, regulación de exportaciones, precios cuidados, tarifas congeladas... y la inflación sigue en 3% o 4% por mes. Se intentó con ancla cambiaria, tarifaria y con precios cuidados, y la inflación no se despeina de 3% mensual. Ese es el claro ejemplo de que la inflación en la Argentina, como en cualquier país del mundo, tiene un origen de desorden macroeconómico.
–¿Qué quiere decir el Gobierno cuando dice que la inflación tiene un origen “multicausal”?
–Sin subestimar ni minimizar esos conceptos, porque la inflación es un tema complejo que puede tener distintas variantes, creo que generalmente el concepto de inflación multicausal fue una definición política en este país. Esto sucede también con la inseguridad, cuando dicen que se debe a la Justicia, a la policía, a la falta de educación de la gente... Se le puede dar la derecha al concepto de multicausalidad hasta cierto punto, pero al final del camino está claro que, en toda la historia, si no tenés desordenadas las cuentas fiscales y monetarias, raramente un país tiene una inflación como nosotros. Cualquier país de la región que aprendió a emprolijar sus números no tiene inflación.
–¿Por qué cree que, por lo general, los países solucionaron el problema de la inflación y la Argentina no?
–Si vemos el caso de Bolivia, cuando ganó Evo Morales la presidencia era un presidente particular, nadie sabía para dónde iba a agarrar. Pero ni él desatendió las reglas o dejó de respetar la macroeconomía; tuvo baja inflación y acumuló reservas, y eso le permitió enfrentar problemas internos e internacionales. Nosotros no supimos aprovechar las oportunidades que tuvimos y tenemos una tendencia a subestimar la fuerza que tiene la macroeconomía.
–Los analistas económicos suelen advertir sobre la brecha cambiaria que llegó a 110%, la situación de las reservas y las demoras para llegar a un acuerdo con el FMI. Pero en la calle no hay una sensación de crisis inminente. ¿Por qué?
–Hay varias cosas. Hemos aprendido a los porrazos que, cuando hay controles y muchas regulaciones, las crisis económicas terminan de explotar más tarde de lo que uno cree. Hay margen. En los 80 había 15% de inflación mensual y la vida continuaba en el planeta Marte, no era que estábamos todos encerrados en nuestras casas con el casco puesto para enfrentar la crisis. Ahora es parecido. Lo mismo les pasa a los políticos, que parecen reaccionar en la Argentina cuando vienen las grandes hecatombes. Ahí sí se ve en la calle colas para cargar nafta, para entrar al supermercado, manifestaciones, conflictividad social, gente que quiere tomar la Plaza de Mayo. Ahí están las crisis. Mientras tanto, aun cuando los economistas dicen que estamos mal, pareciera que no pasa nada. Pero a la corta o a la larga, cuando miramos que la economía no está funcionando bien, en algún momento eso baja al planeta Tierra y se empieza a sentir. La principal percepción de la gente será la tasa de inflación, que hoy la tenemos muy alta, pero constante, nunca se aceleró inestablemente. La gente no le gana más a la inflación con el salario, pero no hay sensación de un fogonazo acelerado. Pero ojo: una cosa es controlar una inflación de 20% por año, que casi en la Argentina se hace de taquito, y otra cosa es con un índice de 50%. Porque en estos niveles, a la menor chispa, se puede inestabilizar muy rápido y muy fácilmente.
–¿A cuánto estamos de eso?
–Hay chispazos exógenos y hay chispazos endógenos, a los que te va llevando el propio devenir de la macroeconomía. Por como está la Argentina hoy, tan encerrada en sí misma, tan de cabotaje que nadie le presta un peso ni un dólar, una suba de la tasa de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos no generará el chispazo de la hecatombe, salvo que provoque que el precio de la soja se desplome a US$300 la tonelada y ahí tendríamos un problema seguro.
–¿Y cómo influye el hecho de tener un acuerdo con el FMI?
–Tener un acuerdo con el Fondo Monetario no es la solución de nada, porque los abdominales los tenemos que seguir haciendo igual, la inflación no bajará por arte de magia. A lo sumo, lo que puede pasar es que se encapsule la crisis. Sin acuerdo, casi de cajón tendríamos más presión cambiaria, más aceleración inflacionaria y se cortaría de cuajo el rebote de la economía de los últimos trimestres, porque nos caeríamos del mundo y de cualquier indicio mínimo de crédito que tenga una empresa. Tener un acuerdo no evita el chispazo, pero es una manera de tener encapsulado el problema para patearlo dos años, y ver si a partir de 2024, con otro esquema, podemos empezar de nuevo.
–En su momento, el expresidente Mauricio Macri dijo que en diciembre de 2015 habían evitado un estallido, pero que no se había valorado porque no se percibía que había una crisis. ¿Existe una situación similar ahora?
–En 2015 había una crisis asintomática cuando asumió Macri, porque el Banco Central estaba archivacío, no había un dólar y, al revés, las reservas eran todas negativas, y la vida continuaba, nadie decía nada, no había una brecha escalofriante o una inflación desaforada.
–¿Ahora también hay una crisis asintomática?
–Me parece que la situación actual es más complicada que la de 2015. Por empezar, en 2015 había un gobierno que empezaba de cero y un presidente que estaba fuerte, había una expectativa positiva de la gente, al menos por un tiempo. El mundo nos prestaba plata, hasta que nos dimos cuenta de que no resultó; hubo muchos errores y subestimaciones de problemas. Ahora faltan dos años de un gobierno que políticamente es raro desde el primer día, hay una coalición que no se termina de entender cómo funciona; eso desgastó bastante el poder presidencial. Es un presidente al que le cuesta ir para adelante. Y la economía está más complicada que en 2015, porque hay el doble de inflación, para empezar, porque el Banco Central está igual o más fundido que en ese momento, y porque no hay crédito. Tener un acuerdo con el FMI, a lo sumo, te evita el descontrol total, encapsula la crisis y llegamos a la otra orilla sin pena ni gloria, que sería el mejor escenario de acá a dos años con un acuerdo con el Fondo. Sin un acuerdo se va a generar un tembladeral. A los seis meses o al año de no haber firmado y haber entrado en atrasos, creo que la gente diría “tendrías que haber firmado”.
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