Se necesitan reglas claras para revertir el déficit energético

Dante Sica
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23 de noviembre de 2014  

En los ciclos decrecientes de precios, los capitales se vuelven más exquisitos y, si el marco regulatorio y de negocios no es competitivo, se corre el riesgo de perder capacidad de atracción de inversiones. La Argentina necesita US$ 10.000 millones anuales sólo en el upstream para revertir el déficit energético. El nuevo escenario demanda gran responsabilidad de todos los actores -gobierno, provincias, operadoras, contratistas, sindicatos- a la hora de sentarse en la mesa de negociación.

La caída del precio del petróleo puede no ser coyuntural. El valor del Brent perforó los U$S 80 por barril en noviembre, luego de haberse mantenido relativamente estable en torno de los US$ 110 por barril desde 2011 hasta julio de 2014. La tendencia a la baja es un tema no menor cuando enfrentamos la necesidad de movilizar grandes montos de inversión para revertir un déficit energético creciente y aliviar la restricción externa.

En primer lugar, se espera para 2015 un volumen récord de producción de petróleo a nivel mundial como consecuencia del desarrollo del shale oil en Estados Unidos. Hay serias dudas sobre si la OPEP podrá llegar a un acuerdo para recortar la oferta y sostener los precios en su reunión del jueves 27 de noviembre, dado que Arabia Saudita ya manifestó su intención de mantener la participación en el mercado de exportación, y en el caso de alcanzarlo, cuál será el impacto real que dicha medida pueda tener en función del peso relativo que actualmente tiene la organización en la producción global. De lo contrario, la producción de petróleo aumentaría cerca de un 10% en 2015, frente a un comportamiento estable de la demanda con crecimiento inferior al 1%.

En segundo lugar, la Reserva Federal anunció la discontinuidad de los estímulos monetarios y se espera que pueda subir la tasa de interés a mediados 2015. Esto llevaría a una apreciación del dólar e impactaría a la baja en la cotización. Los grandes players internacionales ya se anticipan a un contexto de precios más bajos y están actuando a consecuencia de una segura caída en la actividad internacional del sector. Un ejemplo es el anuncio de la fusión entre dos jugadores de la talla de Halliburton y Baker.

En el caso de la Argentina, el impacto se amplifica, dado que en los ciclos decrecientes se reduce aún más el precio del petróleo pesado que se exporta (Escalante), en relación con el del liviano que se utiliza en la etapa de refinación. El Escalante disminuyó de US$ 105 por barril a US$ 75-73 por barril, a lo que se debe descontar derechos de exportación que se ubican en un rango de 13% a 11%. Ante la tendencia decreciente y con la estructura de costos e impositiva actual, existe el riesgo de que la importación de combustible sea más rentable que la producción local.

El impacto no es el mismo en un país con reservas comprobadas que en uno con recursos que deben ser testeados. En el primer caso, la baja en el precio internacional puede resultar en una merma en la producción del crudo. En el segundo, lleva a una caída en la inversión que afectaría el desarrollo de la industria.

La Argentina viene de trece años de caída en las reservas de petróleo convencional (se pasó de 17,3 años de horizonte en reservas en 2000 a uno de 7,9 años en 2013) y enfrenta una oportunidad estratégica a partir del desarrollo de los recursos no convencionales (sólo los recursos de shale oil permitirían multiplicar por 10 las reservas actuales), sino también por mayores inversiones en recursos convencionales. Esto permitiría revertir la balanza comercial energética, como también de generar un cambio estructural en la trama productiva a partir del desarrollo de industrias como refinación o petroquímica, de un entramado de proveedores y del impulso de inversiones en infraestructura y construcción.

Pero ello requiere de un gran flujo de capitales. Se necesitan US$ 10.000 millones anuales en los próximos ocho años sólo en el upstream para revertir el déficit energético. Esto implica más de un 10% de la inversión global en la economía. Y si se considera todo el sector energético el monto total de inversiones se duplica.

Sin embargo, actualmente no están dadas las condiciones que requiere el capital de riesgo, como precios que se adecúen a la realidad económica de las actividades, libre disponibilidad de los recursos, estabilidad social y jurídica, y un marco institucional y regulatorio que sea competitivo. Por el contrario, en los últimos años se registraron incrementos en los costos de explotación, como también una mayor presión fiscal tanto de Nación como de las provincias.

El problema es que el aumento en los costos y la presión tributaria son más inflexibles a la baja que los precios internacionales. Y ante el nuevo ciclo, la industria a nivel global se ve obligada a reconfigurar su estrategia para abaratar costos y concentrar los esfuerzos de inversión en proyectos menos riesgosos y más rentables. Esto mismo se ve en la minería, donde frente a la caída en los precios de los metales muchos de los proyectos se frenaron, luego de que la Argentina quedara mal posicionada en relación con otros países de la región (Chile, Perú), que cuentan con marcos regulatorios y niveles de costos más competitivos.

El panorama advierte que la oferta no es inelástica y reclama reglas de juego claras y estables que atraigan inversiones. Hay un riesgo en el sobreoptimismo por las oportunidades de largo plazo: que las acciones en el corto jueguen en contra.

El autor es economista y director de Abeceb.com

Por: Dante Sica
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