Reducir la contaminación es una tarea para todos

Jeffrey Sachs
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29 de junio de 2014  

NEW YORK.- Las principales potencias ven hoy el cambio climático como una negociación referida a quién va a reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO2), derivadas principalmente del uso de carbón, petróleo y gas. Cada potencia está de acuerdo con realizar pequeñas "contribuciones" a la reducción de emisiones, y trata de empujar a los demás países a poner más de su parte. Estados Unidos, por ejemplo, "contribuirá" con un poco de reducciones si China hará lo mismo.

Durante dos décadas, nos vimos atrapados en esta mentalidad minimalista, que es errónea en dos aspectos clave. En primer lugar, este enfoque no funciona, ya que las emisiones están aumentando. La industria petrolera mundial está en una época de bonanza, con el fracking, las perforaciones, las exploraciones en el Ártico, la gasificación del carbón y la construcción de nuevas instalaciones para el gas natural licuado. El mundo destruye los sistemas climáticos y de abastecimiento de alimentos a ritmo vertiginoso.

En segundo lugar, la "descarbonización" del sistema energético es tecnológicamente complicada. El verdadero problema de Estados Unidos no es la competencia que llega de China, sino la complejidad que supone el desplazamiento de una economía de gran dimensión que usa combustibles fósiles, para convertirla en una economía que use alternativas bajas en carbono. Éstos son problemas más de ingeniería que de negociación.

Que no queden dudas: ambas economías podrían descarbonizarse si reducen drásticamente su producción. Sin embargo, ni EE.UU. ni China están dispuestos a sacrificar millones de puestos de trabajo y millones de millones de dólares para eso. La pregunta es cómo descarbonizar manteniéndose económicamente fuerte. Los negociadores climáticos no pueden contestar esta pregunta, pero innovadores como Elon Musk ,de Tesla, y científicos como Klaus Lackner, de la Universidad de Columbia, sí pueden contestarla.

La descarbonización del sistema energético del mundo requiere que se prevenga que grandes y crecientes cantidades de electricidad impulsen el crecimiento de las emisiones atmosféricas de CO2. También supone la conversión hacia una flota de transporte sin emisiones de carbono y mucha más producción por kilovatio-hora de energía.

La electricidad sin emisiones de carbono está al alcance. La energía solar y la eólica pueden brindar este tipo de electricidad, pero no necesariamente cuándo y dónde se las necesita. Se requieren avances tecnológicos para almacenar la energía producida por estas fuentes.

La energía nuclear, otra importante fuente de energía sin emisiones de carbono, también tendrá que desempeñar un papel importante, por lo que se deberá reforzar la confianza pública en su seguridad. Incluso los combustibles fósiles pueden producir electricidad sin emisiones de carbono, si se usan procesos de captura y almacenamiento de carbono (CAC).

La electrificación del transporte ya está con nosotros, y Tesla, con sus sofisticados vehículos eléctricos, captura la imaginación y el interés del público. No obstante, se necesitan mayores avances para bajar los costos de los vehículos eléctricos. Musk, deseoso de estimular el rápido desarrollo de estos vehículos, hizo historia al liberar las patentes de Tesla para que sus competidores puedan usarlas.

La tecnología ofrece también nuevos avances en la eficiencia energética. Los nuevos diseños de construcción redujeron los costos de calefacción y refrigeración, al basarse mucho más en el aislamiento, la ventilación natural y la energía solar. Los avances en la nanotecnología ofrecen la perspectiva de contar con materiales de construcción más ligeros, cuya producción requiere menos energía.

El mundo necesita un esfuerzo concertado para adoptar a la electricidad baja en carbono, no una negociación más en términos de "nosotros contra ellos". Por tanto, los negociadores climáticos deben centrarse en cómo cooperar para garantizar que se logren avances. El proceso de "cambio tecnológico dirigido", en el que se fijan objetivos audaces, se identifican hitos y se fijan plazos, es más común de lo que muchos creen. La revolución de las tecnologías de la información que nos trajo computadoras, teléfonos inteligentes, GPS y mucho más, se construyó sobre la base de una serie de hojas de ruta de la industria y del gobierno.

La lucha contra el cambio climático depende de que todos los países confíen en que sus competidores vayan a seguir por el mismo camino; por eso hay que lograr que las negociaciones detallen acciones compartidas entre EE.UU., China, Europa y otros.

Se necesita además de personas e instituciones como Musk, Lackner, General Electric, Siemens, Ericsson, Intel, Electricité de France, Huawei, Google, Baidu, Samsung, Apple, plantas de energía y ciudades de todo el mundo, para que forjen avances tecnológicos que vayan a reducir las emisiones de CO2. Hay incluso un lugar para que participen ExxonMobil, Chevron, BP, Peabody, Koch Industries y otros gigantes del petróleo y el carbón. Si ellos esperan que sus productos se usen en el futuro, deben lograr que sean seguros. El punto es que la descarbonización es un trabajo para todas las partes interesadas.

El autor es director del Instituto de la Tierraen la Universidad de Columbia

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