Superávit de controversia

Kenneth Rogoff
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13 de abril de 2014  

Cuando recientemente el Tesoro de los Estados Unidos sumó su voz al coro de críticas contra el crónico superávit de la cuenta corriente alemana, subrayó el profundo desacuerdo sobre qué debe hacerse al respecto. Los críticos desean que Alemania aumente su contribución a la demanda mundial mediante un aumento de sus importaciones y la reducción de sus exportaciones. Los alemanes creen que mantener balances sólidos es fundamental para el papel estabilizador que su país juega en Europa.

Los argumentos de ambas partes serán ventilados en las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El debate se fundó más en ideologías que en hechos. La diferencia entre las exportaciones y las importaciones puede reflejar muchos factores, como ciclos de negocios, demografía, oportunidades de inversión y diversificación económica.

En la primera mitad de 2000, los responsables de las políticas estadounidenses prefirieron no preocuparse por los sostenidos déficits en su cuenta corriente, que alcanzaron un máximo de más de 6% del PBI. Inicialmente sostuvieron que éstos reflejaban el atractivo para el resto del mundo de las mejores oportunidades de inversión en los Estados Unidos, algo extraño, dado que este país no crecía con la rapidez de los mercados emergentes. Pero los responsables de las políticas debieron haber reconocido que todo tiene un límite y que a menudo los déficits masivos continuos constituyen una señal roja de problemas más profundos; en este caso, del sobreendeudamiento de los hogares para financiar la compra de viviendas.

En el caso alemán nos referimos a superávits, no déficits. Y si bien los superávits superan el 6% del ingreso nacional alemán y parecerían ser del mismo orden de magnitud que los déficits estadounidenses previos a la crisis, se debe recordar que la economía alemana es menos de un cuarto de la estadounidense.

Sin embargo, el problema no es sólo Alemania. Países más pequeños del norte de Europa han mantenido superávits colectivos al menos de igual tamaño que el alemán respecto del ingreso nacional y, en términos absolutos, sus superávits combinados son incluso mayores. La cuestión amerita atención. Pero ¿cuál es la causa? y ¿está relacionada con las políticas?

Los keynesianos observan estos superávits y dicen que los países del norte de Europa deben reducirlos ampliando en gran medida sus déficits fiscales para impulsar la demanda interna. No parecen estar equivocados, pero sobreestiman la situación. Por ejemplo, es muy improbable que unos mayores déficits fiscales alemanes hubieran constituido un factor decisivo para Europa. Las investigaciones del FMI y otros sugieren que los derrames de demanda hacia Europa por la política fiscal alemana serán modestos, especialmente hacia los países en problemas de la zona del euro. Alemania comercia con el mundo entero.

La Comisión Europea (CE) completó su informe sobre los superávits alemanes y concluyó que es difícil precisar la cantidad de factores subyacentes. Por ejemplo, los exportadores de bienes de capital alemanes se beneficiaron mucho gracias al auge chino.

Sin embargo, la CE sostiene que las políticas para promover la inversión pública y privada aplacarían los superávits en el corto plazo y fortalecerían el crecimiento alemán en el largo. Además, aún hay impedimentos a la competencia en los sectores de servicios y venta minorista en muchos países del Norte europeo. Eliminarlos aumentaría el consumo de todos los bienes, incluidas las importaciones.

Y Alemania está en lo cierto al señalar que la solidez de su balance apuntala la frágil estabilidad europea. ¿Hubiera sido tan eficaz la promesa en el verano de 2012 del presidente del BCE, Mario Draghi, de hacer "todo lo necesario" para salvar al euro si los inversores hubieran dudado de la fortaleza financiera y la determinación de Alemania?

La conclusión es que los grandes desequilibrios externos continuos son algo que los responsables de las políticas mundiales deben vigilar estrechamente porque, como lo demostró la caída de la vivienda en Estados Unidos, pueden indicar problemas que requieren una investigación más profunda. Y los críticos de los países con superávits están en lo cierto al afirmar que todos los balances tienen dos lados y que deben revisarse las políticas tanto en los países superavitarios como en los deficitarios. Pero es incorrecto creer que respuestas simplistas, como un mayor estímulo fiscal o más austeridad, son una panacea; más frecuentemente, los problemas subyacentes están relacionados con el endeudamiento, las rigideces estructurales, la baja inversión y la débil competitividad.

El autor es economista y profesor en Harvard

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