Tras el desconcierto cambiario, asoma una política antiindustrial

Carlos Balter
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22 de junio de 2012  

En abril la exportación de vinos envasados cayo 17% con respecto al mismo mes de 2011: es y no es una sorpresa.

Lo es si se tiene en cuenta que la exportación de vinos ha sido una de las estrellas ganadoras en el proceso de crecimiento de la industria exportadora local a partir de 2003, con incrementos acumulativos superiores al 20% anual. Pero hoy todo indica que este proceso se detuvo e iniciamos un proceso de pérdida de mercados internacionales.

Pero no es una sorpresa si se analizan los costos en dólares de producir vino y la evolución del precio del producto en puerto (FOB) en la misma moneda. Aceptando que los salarios en dólares son un buen indicador de la evolución de los costos en esa divisa, el alza en el período 2002-2009 fue de 8% y entre abril de 2010 y 2012, de 71%, mientras los precios FOB se mantuvieron por motivos competitivos.

Obviamente una inflación de costos en dólares de esta magnitud causará una pérdida de competitividad, que transferirá los mercados ganados por la Argentina a otros países.

Para colmo de males, una resolución reciente establece que los exportadores argentinos no podrán utilizar en el futuro el crédito al cliente importador como instrumento de marketing. ¡Gran fiesta para los bodegueros cuyos países no tienen control de cambio, ingresan las divisas cuando quieren y además reciben incentivos para exportar!

Lo trágico de esta pérdida de competitividad es que no se debe a ineficiencias productivas, malas cosechas o una menor apreciación de la calidad del vino argentino, sino que obedece a una decisión de política económica de tener un menor tipo real de cambio.

La política de restringir la demanda de dólares, vía prohibir o dificultar las importaciones e impedir remesas de utilidades, es la culpable de un ritmo de devaluación inferior a la inflación de costos, o sea que la estrategia de frenar importaciones causa el actual deterioro competitivo.

Un concepto básico: toda restricción a la importación es un daño directo a la exportación. Menos importaciones, menor demanda de dólares, menor devaluación, caída en el tipo real de cambio, menor posibilidad de competir en los mercados del mundo para nuestros industriales. Receta infalible para que la industria exportadora no pueda vender porque sus mayores costos se lo impiden.

¿Cuáles son los motivos que fundamentan la política de frenar importaciones? Nunca han sido bien explicados. Una primera interpretación es que se basan en teorías popularizadas en los años 50 según las cuales prohibir importaciones permitiría construir una industria sustituta de importaciones creadora de una mayor demanda de empleo y en consecuencia generadora de un mejor nivel del salario real.

Pero estas teorías han sido refutadas cuando se da el caso de que el país ya ha creado una industria exportadora. Este es hoy nuestro caso. Las teorías del 50 no son válidas en 2012, y si lo dudan debieran estudiar con detenimiento el nivel de inversión, de aumento del empleo y de mayor riqueza de Mendoza a partir de 2003 gracias al espectacular desarrollo de su industria vitivinícola exportadora.

Otra interpretación es que la motivación es simple: mejorar el saldo de la cuenta corriente del balance de pagos para conseguir más dólares y poder pagar la deuda externa.

El problema es que con este mecanismo no lo lograrán. Es un principio elemental de contabilidad nacional que la diferencia entre el total gastado en el año en consumo e inversión de bienes y servicios nacionales o importados menos el total producido debe ser igual a lo exportado menos lo importado, o sea al ahorro neto anual.

Por consiguiente, si impedimos importar, este gasto prohibido en bienes externos se orientará a demandar bienes producidos domésticamente causando la inflación necesaria para que la caída en el tipo real de cambio disminuya las exportaciones hasta que su diferencia con las importaciones restringidas iguale el ahorro neto. Esta política no podrá incrementar la cuenta corriente del balance de pagos, la importación prohibida será compensada por una menor exportación, porque finalmente el ahorro neto depende de otras variables macroeconómicas (ver Szewach, Ambito Financiero, 16-11-2011).

Si acompañaran el tipo de cambio en porcentaje similar al aumento de salarios evitarían destruir las industrias exportadoras nacientes, frenarían la fuga de capitales, beneficiarían a la industria sustituta de importaciones y, la generación de expectativas inflacionarias sería mucho menor a las creadas con las múltiples trabas a la compra de dólares.

A nadie le conviene este juego. Ni al Gobierno, que se está encerrando en la trampa de la gran devaluación anunciada. Mientras, mes a mes, se desmorona la laboriosa tarea de estas nuevas eficientes industrias argentinas que han sorprendido al mundo en estos últimos años con su excepcional calidad de producto y su riguroso cumplimiento de los compromisos asumidos.

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