Un diccionario nuevo para renombrar viejas recetas

Diego Cabot
Diego Cabot LA NACION
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30 de agosto de 2019  • 18:58

Reperfilar, un verbo casi sin uso en la Argentina, va rumbo a convertirse en esas palabras que se adosará a la presidencia de Mauricio Macri. Algo así como cepo cambiario, un control de compra de dólares que anunció Cristina Kirchner cinco días después de ganar las elecciones de 23 de octubre de 2011 y que originalmente se presentó como una medida para transparentar el sistema.

La Argentina no deja de tener la necesidad de encontrar palabras nuevas para intentar esconder viejos problemas de la economía que jamás nadie pudo, o quiso, resolver. Un color sepia se instaló en la escena.

La demanda sobre el dólar ha regresado. Y la pregunta que nadie puede contestar es a qué precio los actores de la economía dejan de requerirlo.

La demanda sobre el dólar ha regresado. Y la pregunta que nadie puede contestar es a qué precio los actores de la economía dejan de requerirlo. La demanda se despertó después de las PASO y la oferta es finita. A ninguno de los que operan en el mercado le importa si es caro o barato, simplemente, si alguien vende encuentra un comprador seguro.

En la historia de la Argentina moderna se conocen varios remedios que los diversos gobiernos le dieron al mismo problema. El último, el cepo cambiario, una manera de entregar dólares por goteo a quienes querían comprar. No hace tanto, un ciudadano con trabajo en blanco tenía que pedirle permiso a la AFIP para comprar dólares, llenar un formulario on line y pagar un 20% que después se tomaba como adelanto de ganancias. Así se vendían los dólares.

Como gran parte de la economía argentina está en negro, desde comercios hasta corruptos, le dieron fuego al mercado paralelo. Aquel esquema alumbró a grandes fortunas que tenían la llave para conseguir dólares a precio oficial mediante la simulación de operaciones con el exterior y complicidad de algún que otro funcionario y lo liquidaban en el mercado negro. Como quien dice, clink, caja.

Macri llegó y no con pocas críticas, sacó el cepo. Pese a que la conducción económica y monetaria estaba convencida de que los precios ya habían descontado el precio de la moneda paralela, la nueva cotización produjo inflación. Pero lo cierto es que, a pesar del impacto, el Gobierno instauró la libertad cambiaria. Desde fines de 2015 cualquiera que tuvo pesos para comprar dólares lo pudo hacer; a qué precio, es otra cosa.

Ese estado de poder comprar y vender dólares al precio que cotice en el Banco Central está en riesgo. Hay dos hechos que se pueden mencionar. En abril, cuando los mercados vieron una encuesta en la que Macri perdía por 9 puntos, el dólar dio un salto: de 42 a 46 en un puñado de ruedas. Desconfianza de que cambien las reglas de juego pronto.

El próximo mojón fue el 47% de votos a Alberto Fernández. Desde entonces, y pese a que las elecciones aún no sucedieron, los operadores toman decisiones en función de un cambio de gobierno. Descuentan un nuevo presidente.

Estos días están signados por esa rareza: un presidente anotado con lápiz que ganó todo y no ganó nada; y un Presidente, escrito con tinta, al menos hasta diciembre, que aún no perdió pero al que los mercados lo ven de salida.

En medio de esta particularidad argentina, se da otra puja de enorme importancia. Unos, el Gobierno, no quiere volver a las restricciones cambiarias. El otro, el kirchnerismo, cree profundamente en el cepo pero quiere que el costo de volver a instalarlo lo pague Macri. Esa es la pelea de fondo en estas horas.

Por ahora, la Casa Rosada utilizó varias herramientas para evitar controles. "Reperfiló" la deuda, es decir corrió para adelante los vencimientos en pesos y en dólares. Al cambiar la fecha de pago de los papeles en moneda local dejó claro un objetivo claro: impedir que esos pesos se conviertan inmediatamente en dólares. Los nominados en moneda extranjera, claramente, pretenden que no se utilicen esos billetes en cancelaciones. La artillería apunta al mercado cambiario.

Además, sumó una restricción a los bancos: reflotó una vieja norma para que pidan autorización a la entidad monetaria antes de distribuir dividendos. El motivo de esa medida es entregar la mayor liquidez posible para que puedan responder a los ahorristas, en caso de que busquen sus depósitos. En este caso, las previsiones intentan dar certeza a los ahorristas que quieran retirar sus depósitos.

Del otro lado, desde el kirchnerismo, la estrategia es inversa. Tienen la herramienta de la declaración pública para anticipar sus hechos y sus acciones. Y la usan, por ahora, para intentar que Macri haga el trabajo sucio. No hay mejor lugar en el mundo para gritarle a los mercados que las finanzas de un país están en terapia que el diario que ellos leen. Casualmente, el Wall Street Journal fue el elegido por el ganador de las paso para decir que la Argentina esta en "default virtual". Fernández tiene el bidón de nafta para incendiar el campo seco. Y la usa a discreción. Un día pide por las reservas; al otro, sus dichos no hacen más que exigir venta de ese tesoro para calmar la desconfianza.

Por ahora, Macri no cede en la instalación de más restricciones. El problema es que con la fuerza de casi la mitad de la Argentina que lo votó, el candidato poco menos que lo exige. Una pelea extrema en la que cada cual calcula su costo y sus beneficios. Lejos de otras cuentas, las que hacen los argentinos de a pié.

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