Un país en estado de conversación: mucho más, pero nada menos

Agustín Salvia
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18 de agosto de 2019  

La contundencia de la derrota oficialista en las PASO puso otra vez a la sociedad argentina en una encrucijada llena de "acechanzas" para algunos y de "esperanzas" para otros. El resultado tuvo a la recesión y al empobrecimiento de sectores populares como principales causas, pero también los tiene a ambos, una vez más, como sus primordiales consecuencias. Las mediciones del Indec y las últimas estimaciones del Observatorio de la Deuda Social (UCA) quedaron atrasadas, mostrando que los errores políticos pueden siempre empeorar la vida de la gente de a pie.

Una vez más tenemos testimonio vivencial de que los relatos triunfalistas no fundados en diagnósticos acertados ni en políticas de Estado acordadas no nos llevan a buen puerto. Lejos estuvimos de tener "menos pobres que en Alemania" o que sea "fácil vencer la inflación", también de que "juntos somos imparables" o de estar prontos a "recuperar la felicidad". Son esas promesas las que nos entierran en el laberinto. No sirven los golpes de efecto para salir de la crisis, ni tampoco, al parecer, para evitarlas. Es decir, el irresponsable juego de la política y la incapacidad de sus dirigencias -y no los males ideológicos argentinos, sean del signo que sean- son responsables del reiterado fracaso nacional.

En esta nueva crisis hay una vez más una mayoría perjudicada, pero también una élite ganadora: los sectores medios dolarizados, los grandes exportadores y las corporaciones financieras que logran comprar barato y vender caro. Entre las medidas paliativas no ha habido todavía nada que haya apuntado a neutralizar estos desequilibrios. Ningún impuesto especial, ni aumento en las retenciones, ni regulaciones. Los principales interlocutores de las necesarias medidas paliativas adoptadas y del imprescindible diálogo político han sido los agentes de mercado y un electorado que se supone puede ser reconquistado.

Más allá de las urgencias económicas y las medidas de alivio puestas en juego por el Gobierno, los problemas siguen siendo estructurales y, por ende, las soluciones también lo son. Necesitamos una Argentina productiva, social, cultural, política y científica en estado de conversación, capaz de debatir y acordar en función de resolver juntos la emergencia y el futuro inmediato, sin especulaciones electorales, apuntando a diseñar políticas de Estado que nos saquen del estancamiento histórico.Este horizonte, ahora y antes, no parece estar en el ADN de quienes deben convocarlo.

Tal como acertadamente han señado Rozenwurcel y Albrieu ( LA NACION, 7 de agosto último), todo es cambiante en la economía argentina, salvo los problemas estructurales que se mantienen inmutables. No fueron los resultados de las PASO los que imprimieron volatilidad a los mercados financieros, sino el estancamiento y la incertidumbre macroeconómica generada por políticas que no ofrecían un claro horizonte de crecimiento. El desafío continúa siendo cómo superar la crisis cambiaria, hacer retroceder la inflación, recuperar el crecimiento y cumplir con los compromisos externos. Seguramente mucho más, pero nada menos.

En el escenario próximo, más allá de que las medidas recientes violenten los acuerdos con el FMI, incluyendo el comprometido "déficit cero", más tarde o más temprano, la economía deberá hacer un fuerte esfuerzo para mantener en equilibrio la relación entre el ingreso y el gasto interno, lo cual implicará una balanza comercial superavitaria por un largo período.

Cualquiera sea el escenario político, será una condición necesaria generar excedentes que permitan refinanciar y pagar deudas. Si las exportaciones no aumentan lo suficiente, tal superávit solo podrá lograrse de manera pírrica -tal como hasta ahora- contrayendo el nivel de actividad y empleo, reduciendo importaciones. Para que el sector público pueda adquirir divisas generadas por el sector privado exportador, deberá contar con financiamiento doméstico o, de lo contrario, alcanzar un superávit primario equivalente vía ajuste fiscal, lo cual también afectará el nivel de actividad y empleo.

Para no caer en recesión ni alimentarla por vía de la emisión, el Gobierno necesitará captar excedentes de exportación vía tributaria, sin afectar el nivel de actividad interno ni el sector externo. También necesitará financiamiento a tasas bajas. Aumentar las retenciones a las exportaciones y mantener un tipo de cambio real devaluado son medidas necesarias en el marco de una política estratégica orientada a manejar incentivos en diferentes frentes. Quizás regular al sector financiero no sea tan fácil, pero será imprescindible, tan necesario como expandir el mercado doméstico de capitales. Fuentes de ingresos como Vaca Muerta, los activos privados en el exterior, las ganancias siempre extraordinarias de las corporaciones y los excedentes de exportación son recursos de capital que deberán sostener y financiar un plan de recuperación económica con creación de empleos productivos de variada calificación, con subsidios a micro-pymes, salarios mínimos más elevados y remuneraciones máximas más bajas, para que sea posible un aumento del consumo interno, una redistribución sostenible del ingreso y una caída sistemática de la pobreza con más empleo e inversión en servicios sociales.

En una economía empecinadamente endeudada, estancada y empobrecida, no son justamente los pobres ni los trabajadores o las clases medias vulnerables los que deben ni pueden seguir financiando políticas de ajuste. Afortunadamente, nuestro rudimentario sistema democrático ha mostrado una vez más que logra funcionar como restaurador de equilibrios ciudadanos en momentos críticos.

La demanda es clara: no se trata solo de tranquilizar a los mercados ni de brindar paliativos sociales en contexto electoral. Son necesarias políticas de crecimiento en el marco de acuerdos políticos estratégicos,incluso para encarar reformas estructurales tributarias, previsionales o estatales que hagan más eficiente, sostenible y equiibrado el crecimiento y los procesos redistributivos que dicho proceso requiere.

El autor es investigador. Conicet-UBA, Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA)

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