A 100 años del fusilamiento de Dios, 7 de cada 10 rusos se reconocen cristianos
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En un episodio que buscó ser ejemplificador, hace cien años, en tiempos de persecución religiosa, el Estado soviético puso una Biblia en un banquillo de los acusados y juzgó a Dios acusándolo de crímenes contra la Humanidad. No alcanzaron los argumentos de los defensores oficiales que alegaron que el enjuiciado padecía "grave demencia y trastornos psíquicos". Luego de cinco horas de testimonios y apelaciones, llegó el veredicto que declaró a Dios culpable, y fue "ejecutado" al amanecer del 17 de enero de 1918 con varias ráfagas disparadas al cielo de Moscú.
Pero el propio juez del insólito tribunal, Anatoli Lunacharsky, comisario de Instrucción Pública de Vladimir Lenin, tuvo que reconocer años más tarde, en 1923, que había llegado a la conclusión de que "la religión es como un clavo: cuanto más se la golpea en la cabeza, más penetra".

Hoy, un siglo después de aquella "ejecución", y pese a 70 años de ateísmo estatal en el medio, 7 de cada diez rusos se reconoce cristiano y toda la sociedad rusa está impregnada de un espíritu religioso poco frecuente hoy día en Occidente.
"El pueblo ruso fue históricamente muy religioso. Basta con mirar los grandes autores como Dostoyevski o Tolstoi. Por lo cual, la fe tiene aquí profundas raíces que 70 años de comunismo no lograron quitar, y que ahora reverdecieron", explicó a LA NACION el padre Daniele Sollazzo, un sacerdote católico italiano diplomado en Historia y Literatura Rusa, perteneciente a la congregación de Verbum Dei, que desde hace 16 años dirige la parroquia de habla hispana en Moscú.
Si bien el catolicismo es una religión minoritaria en este país de mayoría ortodoxa, el padre Sollazzo elogia la perseverancia mostrada por todo el pueblo ruso durante los tiempos de persecución. Para él, el "secreto" de la supervivencia de la fe estuvo en el testimonio de miles de mártires y la perseverancia de las abuelas rusas. "En las escuelas y en las universidades los chicos tenían el ateísmo como asignatura. Pero cuando volvían a sus casas, gracias a las abuelas que les transmitían como podían su testimonio, se pudo conservar la fe", dijo Sollazzo.
Y el número de creyentes no paró de crecer desde la caída del comunismo, especialmente entre los ortodoxos. En 1991 un 31% de la población se reconocía como cristiana ortodoxa y la mayoría, el 61%, no adhería a ninguna religión. En la última encuesta de hace dos años del Pew Research Center, el 71% de los rusos se identificó como cristianos ortodoxos, el 15% como islámicos y sólo el 15% no adhiere a ninguna religión.
Con la caída del comunismo y la restitución de más de 2000 bienes a la Iglesia, por toda Rusia volvieron a surgir los templos. En pleno centro de Moscú, donde los soviéticos habían derribado la catedral de Cristo Salvador para levantar la estatua de Lenin más alta del mundo, de 400 metros de altura, se reconstruyó la misma catedral según los planos originales. La catedral católica de Moscú, cuyo altar había sido convertido en un establo de animales, también renació de las ruinas.
Hoy día para millones de rusos una parte importante de su rutina es pasar por la Iglesia, encender sus tradicionales velitas largas y afiladas, y rezar frente a los íconos religiosos. Y aunque, como en todo el mundo, el número de personas que acude regularmente a la Iglesia es inferior al de los que se reconocen creyentes, la Catedral de Cristo Salvador, con capacidad para 10.000 personas, se llena varias veces al año en las celebraciones centrales del calendario ortodoxo.
La relación, por momentos cercana y por épocas sangrientas entre el Estado y la Iglesia en Rusia, arranca en tiempo de los zares. Desde la cristianización de lo que hoy es Rusia en 988, por el zar Vladimiro el Grande, los ortodoxos afirman que todo poder viene de Dios, incluso el de las autoridades civiles. Y desde el otro lado, por tratarse de una iglesia nacional, muchos gobernantes encontraron en la iglesia ortodoxa rusa un factor aglutinante que dio cohesión a la identidad patria.
Pero tras el triunfo de la Revolución Soviética de 1917 los comunistas tomaron la lucha contra el cristianismo y contra el zarismo como una misma causa. "Cualquier idea religiosa, cualquier idea de cualquier Dios, cualquier flirteo incluso con un Dios es la suciedad más indescriptible... la suciedad más peligrosa y la infección más vergonzosa", advirtió Lenin.
A partir de allí comenzó una represión sangrienta.
"Las iglesias y los objetos sagrados fueron destruidos y profanados sin piedad, inocentes personas de fe fueron asesinadas y torturadas. Entre ellos había jerarcas eclesiásticos, sacerdotes y monjes, pero también laicos: hombres, mujeres y niños", afirmó a LA NACION Nikolay Yemelianov, vicerrector de la Universidad Ortodoxa San Tikhon, de Moscú. El investigador tiene registradas 35.000 historias de víctimas de la persecución religiosa durante el comunismo.
"Los comunistas cometieron dos grandes errores: primero, no darse cuenta de que el ateísmo no tenía raíces profundas en la sociedad rusa, y segundo, no contaron con que había miles de sacerdotes y monjes dispuestos a morir sin abjurar de la fe", agregó Yemelianov.
Lunacharsky, que en 1918 había oficiado de juez para sentar nada menos que a Dios en el banquillo de los acusados, en realidad había estudiado a fondo el cristianismo, según detalla en su libro Religión y Socialismo, y creyó que el comunismo venía a proponer una instancia superadora con respecto a la fe. "El socialismo científico es la religión más religiosa de todas, y el verdadero socialista es el más profundamente religioso de todos los seres humanos", escribió.
Pero la teoría fracasó.
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