Ahora el pánico a Al-Qaeda reemplaza al miedo al régimen

Militantes vinculados a la red terrorista no toleran disidencias y actúan sin límites
Mariam Karouny
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30 de noviembre de 2013  

BEIRUT.- Cuando era un agitador revolucionario que alentaba a sus compatriotas sirios a alzarse contra el presidente Bashar al-Assad , el temor de Abdullah era que la policía secreta le golpeara la puerta en medio de la noche.

Ahora que en su ciudad natal, Aleppo, la insurgencia ganó, los activistas prodemocráticos viven nuevamente con temor, y en esta ocasión los que los tachan de "traidores" no se molestan en golpear.

Hace dos años, cuando Abdullah dejó sus estudios para dirigir una campañas contra Al-Assad desde las redes sociales, fue detenido y torturado por hombres de seguridad. Este año volvió a ser torturado, sólo que esta vez fueron islamistas armados leales a Al-Qaeda los que entraron a su casa rompiendo todo a su paso, se lo llevaron y lo metieron en una celda donde, una vez más, le vendaron los ojos y lo golpearon.

"Lo más triste es que no era la policía de Al-Assad", dice Abdullah desde Turquía, a donde logró escapar tras sus últimas penurias. "Antes me llamaban traidor por pedir libertad. Estos hombres armados también me torturaron por pedir libertad", afirma.

Su historia es cada vez más frecuente en el norte de Siria, donde el gobierno de Al-Assad cedió territorio a un desconcertante surtido de milicias rivales. El poder en ascenso es el islamismo militante: hombres que creen que la democracia es obra del demonio, o de Occidente, un sistema contrario a su anhelo de un Estado gobernado por la religión.

La experiencia de Abdullah también pone de relieve la fragmentación de la oposición siria, que complica enormemente los nuevos esfuerzos internacionales para poner fin a una guerra civil que ya se cobró más de 100.000 vidas.

Los 19 sirios entrevistados, que se describen a sí mismos como activistas prodemocráticos, hicieron el mismo relato de violencia e intimidación por parte de las milicias islamistas en el norte del país.

En marzo de 2011, cuando empezaron las protestas de la "primavera árabe", la mayoría de estos activistas prodemocráticos eran estudiantes. Todos ellos se ocuparon de divulgar las protestas a través de las redes sociales, así como de registrar y dar a conocer la represión que desataron entonces las fuerzas de Al-Assad. Y después, a medida que la guerra se extendió, suministraron imágenes e informes a los medios de prensa de Siria y el resto del mundo. Algunos, como Abdullah, ahora tuvieron que escapar para salvar sus vidas.

Ellos y los que todavía están en Siria dicen que los militantes islamistas empezaron una campaña para silenciarlos y para cancelar la libertad de expresión en general. El mes pasado, dos activistas de los medios fueron asesinados de un tiro a plena luz del día en Aleppo, la ciudad más grande de Siria. Algunos también fueron apresados y los mantienen cautivos. Otros directamente desaparecieron.

Los entrevistados recuerdan en particular el miedo que siembra el grupo Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL, por sus siglas en inglés). Ese grupo vinculado a Al-Qaeda y controlado por extranjeros con las manos ensangrentadas de otras guerras, desde Libia e Irak hasta Afganistán, no tolera las disidencias. "Es imposible para mí ir a Siria en este momento. Me busca el régimen, y me busca Al-Qaeda", dijo Rami Jarrah, que hasta principios de octubre dirigía una estación de radio en la ciudad de Raqqa, hasta que los hombres armados del ISIL la cerraron y se llevaron a uno de sus colegas.

Jarrah, que ahora vive en Turquía, desde donde la Radio ANA sigue transmitiendo hacia Siria, ya se había hecho famoso entre los "activistas de los medios" en 2011, cuando usó el inglés aprendido gracias a su educación británica para forjar desde Damasco un blog de prestigio internacional.

Hace tiempo que los periodistas enfrentan las sospechas y el acoso de rebeldes, de hombres armados que los obligan a apagar sus cámaras y que a veces requisan sus equipos o allanan los departamentos o bares donde han instalado sus "centros de medios" para compartir y distribuir videos e informaciones. Pero, en los últimos meses, los hechos tomaron un giro más siniestro. Muchos de los que trabajaban desde Aleppo desaparecieron. En algunos casos, sus cuerpos fueron encontrados torturados y abandonados en la calle.

Los militantes islámicos se ganaron el respeto de los sirios del Norte, en parte por su temple guerrero, en parte porque imponen el orden en una zona donde se desataron feroces luchas entre los caudillos rebeldes, y en parte porque aseguran el suministro de alimentos y medicinas. Pero para los militantes prodemocráticos, eso no es excusa para otros atropellos.

"Nuestro problema con ellos es ideológico", dice Jarrah. "Quieren meternos su ideología por la fuerza sin preguntarnos lo que pensamos. El régimen nos privó de nuestra libertad de expresión y los islamistas están haciendo lo mismo", agregó.

Traducción de Jaime Arrambide

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