
Austria evoca con temor la anexión a la Alemania nazi
El 60° aniversario del "Anschluss" coincide con una serie de ataques racistas
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VIENA.- "Hace unos 15 años, un hombre me preguntó en un café vienés si yo era norteamericano. Con esto comenzamos una charla en la cual el desconocido, un austríaco, me relató la historia de la región. El "Anschluss" (anexión) de 1938 con la Alemania nazi, me dijo, fue rechazado por el 90 por ciento de la población. Cuando terminamos la charla volví a mi lectura, un libro de historia que explicaba cómo el 90 por ciento de la población había favorecido la hermandad con Alemania."
"El problema es que en Austria, como en el viejo Chicago, los muertos pueden cambiar su voto."
Cuando Richard Cohen escribió esta frase en The Washington Post, hace 10 años, Austria tenía a Kurt Waldheim como presidente, la Cortina de Hierro al Este - lo que la llevaba a mantener una política aislacionista- y un pesado manto de olvido sobre su pasado.
Desde entonces, las cosas han cambiado dramáticamente, al menos en los dos primeros puntos. La complicidad de Waldheim en las atrocidades nazis en los Balcanes le costó su carrera política y avergonzó a las Naciones Unidas, de la que fue secretario general. Austria forma parte ahora de la Unión Europea y hasta asumirá su presidencia rotativa a fines de julio.
En el terreno de la memoria colectiva, sin embargo, el avance ha sido más lento. Los austríacos prefieren no hablar del período 1938-1945, al cual insisten en calificar como la "era de la ocupación alemana". El número de artículos dedicados en la prensa al 60 aniversario de esta tragedia se cuenta con los dedos de la mano y hasta el presidente Thomas Klestil pasó ayer el tema totalmente por alto en su último discurso (su mandato termina a fines de mayo) ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo.
Este silencio, lejos de ser malintencionado, responde en la mayoría de los casos al temor de evocar fantasmas que buscan encarnarse en el presente. El progreso electoral de la ultraderecha representada por el, irónicamente autodenominado "partido liberal" (Freiheitliche Partei Oesterreichs) del carismático Jörg Haider (un "pangermanista" que asumió el liderazgo en 1986 bajo el viejo grito hitleriano de "Sieg Heil!") causa ahora inmensa inquietud.
Lo mismo puede decirse de la extraña campaña de atentados, mediante bombas explosivas, que desde 1993 tiene como víctimas a inmigrantes y demandantes de asilo y cuyos responsables permanecen en el anonimato.
Poco a poco, a veces a regañadientes, los austríacos se están dando cuenta que el silencio no es arma efectiva frente a estos males.
Silencio fue, después de todo, lo que mantuvieron todos los países del mundo (con sorprendentes excepciones como la de México) cuando, el 12 de marzo de 1938, 200.000 soldados de la SS y de la Gestapo cruzaron la frontera para garantizar que nadie haría valer el llamado a referendum sobre la independencia del país. Un manotazo de ahogado del último gobierno legítimo de Austria que, de por sí ya lo había anulado días antes de su demisión.
La llegada
A diferencia de lo que ocurriría más tarde en Checoslovaquia y Polonia, el 14 de marzo, Hitler hizo un ingreso triunfal en Viena. Fue aquí donde, rodeado por una exhaltada muchedumbre, anunció la anexión al Tercer Reich. De ahora en más, Austria sería una provincia alemana ("Ostmark"), dirigida por un gobernador (Reichsstatthalter) con siete distritos (Reichsgaue).
El precio humano del triunfo de la xenofobia y las teorías sobre la superioridad de la raza germana que venían haciendo batalla desde el siglo XIX fue muy caro para este país.
Cuando la pesadilla terminó, en 1945, Austria había perdido más de 600.000 de sus ciudadanos (sin contar más de 400.000 inválidos, viudas, huérfanos, etcétera), de los cuales 380.000 eran soldados con uniforme alemán, 2700 miembros de la resistencia austríaca ejecutados, otros 6420 caídos en combate junto con los Aliados en distintos lugares de Europa y 9687 asesinados por la Gestapo.





