Belfast, la ciudad dividida por las lágrimas y la esperanza de sosiego
BELFAST .- Afuera llueve a cántaros. Dentro del cine se respira el olor a humedad que los espectadores traen en sus sobretodos. En la pantalla, un ring improvisado en una zona caliente de Belfast. Antes de anunciar a los contendientes, el presentador enumera nombres de víctimas de ataques sectarios.
Los apellidos son tanto católicos como protestantes. En una de las últimas filas de la sala se oye un sollozo ahogado.
Se trata de una pareja mayor que intenta disimular su emoción mirando fijamente la pantalla.
La película es "The Boxer", la última producción de Jim Sheridan, director de "En nombre del padre". Este cine queda también -como el ring- en Belfast: los muertos, en síntesis, podrían ser reales.
A primera vista la capital de Irlanda del Norte parece serena. Poco agraciada, se asemeja a cualquier ciudad industrial, chata y monocroma.
En la Victory Street, el imponente Hotel Europa se anuncia como el mejor lugar para alojarse en la ciudad. Pero ostenta un peculiar récord: es el hotel que más atentados en la historia. Desde 1970, más de 30 bombas lo tuvieron como objetivo.
De a poco esa apariencia de calma anodina comienza a resquebrajarse. La serenidad de Belfast es engañosa.
No lejos de allí, en el corazón de la ciudad, el centro comercial más importante es rápidamente desalojado por la policía. Una llamada que anuncia una bomba. La calle peatonal, de comienzo a fin, es cerrada a los transeúntes. Pero no hay pánico.
La gente se aleja en silencio.
Después de años de explosiones sin aviso, las amenazas aisladas del INLA (Ejército Nacional de Liberación de Irlanda) o del LVF (Fuerza Voluntaria Lealista) -escisiones del IRA y el protestante UVF- son un mal menor.
Una ciudad dividida
Entre las zonas "calientes" y el centro sólo hay baldíos y alguna fábrica. Y al norte de la ciudad, un muro de pocas cuadras que impide el contacto entre el barrio obrero católico, Falls, y el protestante, Shankill. De un lado, graffitis que apoyan al IRA y agravian a los protestantes. Del otro, agravios a los católicos y aliento a los paramilitares lealistas.
Para pasar de uno a otro sector -lugares donde hierve el nacionalismo y el unionismo- hay que hacer un largo desvío.
Al sudeste del centro, en cambio, se encuentra la zona residencial, mayoritariamente protestante. El rostro de la ciudad cambia. Casas en apariencia pequeñas, pero bien cuidadas, bares chics y una zona universitaria que borbotea de actividad los fines de semana.
Barrio que recuerda que el Ulster se ha beneficiado de la ayuda de la Unión Europea y que ya no es tan pobre como en otros tiempos.
No muy lejos de allí se encuentra el pub más célebre de Irlanda del Norte: The Crown. Es un local de luces rancias que ayudan a resaltar las bondades de mosaicos y vitrales que milagrosamente lograron sobrevivir a la violencia. En la sala, menos de un centenar de personas, jóvenes en su mayoría, beben de pie y conversan.
El nombre del lugar -que significa La Corona- indica a priori que se trata de un bar unionista en pleno centro de la ciudad, pero allí también pueden encontrarse católicos.
John, por ejemplo, es protestante. Sin embargo, rápidamente señala a la chica que lo acompaña: "Pero ella es católica".
En este lugar tradicional, frecuentado por la clase media, unos y otros se mezclan con menos reticencia. John tiene 20 años y trabaja para el gobierno en un puesto administrativo.
Plantea su punto de vista sin temores. "La tensión por supuesto existe -asegura-. No es algo que pueda desaparecer de un día para el otro. Hoy vivimos en relativa calma. Después de todos estos años, una bomba con una o dos víctimas parece una simple anécdota".
A su edad, John ha vivido toda su existencia en el clima de violencia de Belfast. Recuerda, por supuesto, las cercanas épocas de adrenalina en las que las tanquetas patrullaban las calles continuamente y los helicópteros volaban sobre los barrios, especialmente sobre Falls y Shankill. Hoy en el centro pueden verse las tanquetas. Pero ya no son tan ubicuas como entonces y el ruido de las hélices ha desaparecido.
"Uno se acostumbra, pero la verdad no es agradable vivir en ese estado continuo de paranoia", reflexiona ahora tras aclarar que no tiene miedo de beber en un pub como The Crown.
Todos están cansados
Después de treinta años de conflicto, el cansancio no sólo ha alcanzado a los moderados como John. Una encuesta dada a conocer este mes indica que el mapa ideológico está cambiando. Tres cuartas partes de los nacionalistas católicos están dispuestos a aceptar, tras las negociaciones, menos que una Irlanda Unida. Un porcentaje impensable años atrás.
Los protestantes, por su parte, se inclinan ahora a respaldar a candidatos menos radicales como David Trimble antes que a líderes revulsivos como el célebre reverendo Ian Paisley. La mayoría cree que la paz es difícil, pero que se está ante la oportunidad de hacerla posible.
"En Irlanda del Norte uno no se puede dar el lujo de ser entusiasta.
En mayo, el terror recrudecerá, pero a partir de entonces se habrá abierto un nuevo camino", asegura John con optimismo.
Mayo: fecha tentativa, de llegarse a un acuerdo, para un referendum en toda la isla -la Irlanda del sur incluida- que marcaría el futuro del Ulster.



