Checoslovaquia, el otro "divorcio"
Los belgas estudian esa partición en busca de ejemplos
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BRUSELAS.- Hace 15 años, la división de Checoslovaquia en dos países fue conocida como un "divorcio de terciopelo", es decir, una ruptura lo más exenta posible de conflicto, pacífica y amistosa.
Ahora, las mitades belgas de habla francesa y flamenca están analizando esa división para ver si Bélgica también puede dividirse en dos de una manera sensata.
Le Soir , un importante diario de lengua francesa, dedicó en su edición del lunes pasado tres páginas completas a la división de Checoslovaquia, el 1° de enero de 1993, calificándola de "un acuerdo civilizado y noble" que tuvo felices consecuencias para las relaciones entre los checos y los eslovacos y analizando posibles semejanzas con el caso de Bélgica.
Filip Dewinter, jefe del partido nacionalista Interés Flamenco, al que desoyen los restantes partidos belgas, dijo al Parlamento en la región norteña de Flandes que llegó la hora de un "divorcio aterciopelado" al estilo de Checoslovaquia.
Y mientras su partido es el único que abiertamente promueve una división -las otras agrupaciones flamencas han rechazado su convocatoria a un referéndum sobre una eventual división-, la cuestión ya no es un tema tabú entre las principales figuras políticas. Y son cada vez más frecuentes las comparaciones con Checoslovaquia.
Por el momento, los principales protagonistas políticos del Norte hacen oír más sus voces en favor de una mayor autonomía para la rica región.
Eso hace recordar vivamente el caso de Eslovaquia, que durante la mayor parte de los tres años en los que Checoslovaquia aún se mantenía unida después del colapso del comunismo, en 1989, promovió una campaña en favor de una amplia y trascendente transferencia de autoridad de Praga, la capital de la federación de 15 millones de habitantes, a sus dos repúblicas.
Por otro lado, los flamencos desean introducir reformas constitucionales para transferir a Flandes y Valonia más poder en lo que respecta a la justicia, el transporte y el cuidado de la salud, algunos de los aspectos sobre los que Bruselas, oficialmente la única región bilingüe belga, aún ejerce el control central.
Ese escenario es similar al de Eslovaquia, donde el líder populista Vladimir Meciar promovió la creación de una confederación laxa unificada sólo en ciertos aspectos fundamentales, como el ejército y la moneda.
"Ciertamente, las semejanzas existen", señaló Jiri Pehe, un analista político checo que dirige la filial de la Universidad de Nueva York en Praga. "La diferencia -añadió- es que Checoslovaquia era una democracia incipiente, en la que las tradiciones no se interpusieron ni entorpecieron la división. La ruptura fue dirigida en forma autoritaria desde arriba y se completó muy rápido."
Por cierto, después de las elecciones de junio de 1992, se tardó apenas seis meses para dividir a la federación de las dos repúblicas, de 74 años y con un idioma casi idéntico.
Pero Checoslovaquia nunca tuvo su Bruselas, el principal punto que paraliza el debate belga. Es incierto lo que podría suceder con la capital de la nación. Es difícil imaginar que Flandes pueda abandonar Bruselas, la ciudad de un millón de habitantes donde la mayoría de las personas habla francés. Tan difícil como imaginar que Valonia pueda sobrevivir sin ella.




