
Comienza a definirse el sendero
ROMA.- El cardenal Joseph Ratzinger ya quedó en la historia. El papa Benedicto XVI ha comenzado a construir la suya. Para algunos ésta será un reflejo de aquella, y particularmente del remedo que pudo surgir cuando sólo se ponía el acento en los rasgos que marcaban su rigurosidad doctrinal. Otros están dispuestos a darse tiempo para reconocer el hiato y abrir espacio a gratas sorpresas.
El nuevo pontífice ha comenzado a hablar y a hacer. A perfilar este período aún virgen que hereda el tercer pontificado más largo de la historia y el primero de la época de la cultura mediática para engarzarlo en la milenaria cadena que es la vida de la Iglesia Católica. Así parece concebir la tarea que comenzó a definir con algunas decisiones y con su primera homilía ante los cardenales en el mismo ámbito en que horas antes lo habían elegido.
Lo hará, seguro, más articuladamente el domingo, durante la solemne inauguración de su pontificado.
Como la tarde anterior, ante la plaza colmada y bulliciosa, comenzó hablando de su antecesor, a quien siente tomándolo de la mano e invitándolo a no tener miedo, y en cuya encíclica viviente -su muerte y su funeral sin precedente- espera que se desenvuelva su pontificado.
Lo dijo así: "La muerte de Juan Pablo II y los días que siguieron fueron para la Iglesia, y para el mundo entero, un tiempo extraordinario de gracia (?) de la potencia de Dios que quiere formar con todos los pueblos una gran familia".
No es ésa, al parecer, la presentación de un hombre temeroso, que se aísla ante el hostigamiento externo. Así se presentó, y dijo que considera que recibe una Iglesia más valiente, más libre, más joven y a la que inmediatamente le habló sobre la unidad y ante la que ratificó su compromiso con la causa del ecumenismo.
Para Benedicto XVI no sólo se trata de diálogo entre teólogos; no sólo se trata de manifestar buenos sentimientos. Lo que urge, dijo, es la purificación de la memoria. Fue otra referencia a su predecesor, el papa que reconoció y pidió perdón por los pecados de la Iglesia.
Desde esa perspectiva, envió su saludo y su afecto a las otras iglesias, a las demás religiones y a los hombres y mujeres que aún buscan respuestas fundamentales sobre la existencia.
En su primera misa como pontífice, el papa alemán también comunicó sus primeras decisiones: ratificar la realización del Sínodo de Obispos a fines de septiembre -un compromiso con la colegialidad-; viajar a Alemania, su patria, para la Jornada de la Juventud -otro de los hitos del pontificado anterior-, y, por fin, su reafirmación "con fuerza de la voluntad decidida de proseguir en el compromiso de realización del Concilio Vaticano II".
No es ésa una cuestión menor dentro de la Iglesia. Hace ya algunos años que corrientes integradas por obispos, sacerdotes, laicos que con más molestia o aprensión habrán recibido la designación del cardenal Ratzinger, bregan por la realización de otro concilio.
¿Qué significa entonces la mención del nuevo papa? Basta con desempolvar una reciente entrevista concedida por el entonces purpurado donde planteó, ante todo, que aún no se ha realizado todo lo que se ha recibido del Vaticano II.
Y formuló una consideración práctica que es, a la vez, una definición sobre el ejercicio de la colegialidad episcopal: la necesidad de mejorar los procedimientos de participación de los obispos, porque ahora hay demasiados monólogos.
Coherente con aquellos dichos, Benedicto XVI citó el testamento de Juan Pablo II y anunció que los 40 años de la clausura del Vaticano II, por cumplirse en diciembre, comprometerán su accionar desde la Cátedra de Pedro.






