¿Cómo termina esto? Cuatro escenarios posibles para el final de la guerra en Irán
El conflicto abierto con Estados Unidos e Israel plantea distintos desenlaces posibles
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NUEVA YORK.– El interrogante más famoso en la historia de la guerra moderna lo planteó el entonces general de división norteamericano David Petraeus en una entrevista con Rick Atkinson, entonces periodista, durante el ataque inicial a Irak: “¿Y esto cómo termina?”.
En cuanto a la actual guerra en Irán, existen, en términos generales, cuatro escenarios posibles.
El más optimista es que haya un cambio de régimen. Algunos imaginan que se materializará en forma de manifestaciones masivas como las que el régimen reprimió sangrientamente en enero: millones de iraníes marchando en las ciudades de todo el país, acompañados por policías, soldados y comandantes del ejército regular, envalentonados por el apoyo aéreo de Estados Unidos e Israel y alzándose para derribar el debilitado aparato represivo de sus gobernantes.
No hay por qué descartar ese escenario, especialmente si el régimen sigue siendo golpeado militar y políticamente, quizás con la muerte de otros escalafones de su cúpula. Pero tampoco hay que darlo por sentado, al menos a corto plazo. Por muy incapaz que sea el régimen de defender su espacio aéreo, sigue siendo atrozmente capaz de asesinar a su pueblo. Y como ya tiene las manos tan manchadas de sangre, tiene todas las razones del mundo para aferrarse aún más al poder.
Una modificación del régimen –es decir, un régimen que siga en el poder pero cumpliendo con las exigencias de Estados Unidos e Israel– es el otro escenario optimista. Es dudoso que Mojtaba Khamenei, el flamante líder supremo, acepte renunciar a los programas nucleares y misilísticos de Irán y dejar de apoyar a sus fuerzas delegadas en la región, como Hezbollah. Pero el reinado del nuevo Khamenei podría ser muy efímero, y sea quién sea el que quede al mando el régimen de todos modos tendrá que lidiar con la misma vulnerabilidad y aislamiento.
Ese aislamiento será prácticamente total si las fuerza de Estados Unidos toman la isla de Kharg, a unos 25 kilómetros de la costa iraní en el Golfo Pérsico, que sirve como terminal de aproximadamente el 90% de las exportaciones de crudo de Irán. La toma de la isla le daría a Washington un control total sobre la mayor parte de los ingresos restantes del régimen de los ayatollahs, incluyendo su capacidad para pagar los salarios de sus funcionarios y soldados. De producirse esa situación, hasta los elementos más fanatizados del régimen empezarán a preguntarse si realmente vale la pena enriquecer uranio o seguir mandándole municiones a Hezbollah en el Líbano solo para que Israel las destruya.

Pero quizás el régimen se niegue a ceder y la guerra continúe mayormente como hasta ahora durante otras dos o tres semanas, hasta algún tipo de declaración mutua de alto el fuego, probablemente antes de la visita programada del presidente Donald Trump a Pekín, el 31 de marzo.
En este tercer escenario, todas las partes se declaran ganadoras y ninguna se lo cree del todo. Trump no habrá logrado nada ni remotamente parecido a la “rendición incondicional” de Irán, y mucho menos habrá participado en la elección del próximo líder del régimen. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no habrá cumplido su sueño de décadas de derrocar a los ayatollahs. Y los líderes iraníes se jactarán de que la “resistencia” que supuestamente encarnan demostró ser más fuerte que el Gran Satán y el Pequeño Satán actuando juntos.
La realidad, sin embargo, los va a alcanzar. Las sanciones que ya tienen económicamente paralizado al régimen no serás levantadas, y difícilmente la guerra termine sin que Estados Unidos e Israel ataquen las instalaciones nucleares restantes de Irán, incluyendo sus depósitos subterráneos (pero accesibles) de uranio altamente enriquecido. Además, cualquier intento de Irán de llevar a cabo espectaculares ataques terroristas, como el atentado de Lockerbie en Libia en 1988, o de minar el estrecho de Ormuz, solo desencadenará otra guerra. La era en la que los líderes iraníes se creían invulnerables ha terminado.
En este tercer escenario el régimen solo sobreviviría “en estado zombi”, lo que a su vez podría conducir a un eventual cambio de régimen en pocos años, posiblemente a raíz de luchas intestinas en las filas jerárquicas, o quizás a otra revuelta popular. En cualquier caso, en este escenario los días del régimen estarían contados.
Pero este escenario tiene un primo feo: no un cambio de régimen, sino un colapso del Estado, que en su forma más preocupante podría parecerse a Siria durante sus 13 años de guerra civil: el régimen iraní sobreviviría en algunas zonas del país, caería en otras, invitaría a la intervención extranjera y desataría una masacre de escala bíblica. Y detrás de esa masacre llegarán oleadas de refugiados a todo Medio Oriente, Europa y Australia.
No es extraño que Trump convenciera a las fuerzas kurdas de Irak de no cruzar la frontera con Irán, pero es posible que esas fuerzas no se queden de brazos cruzados si un agónico régimen iraní comienza a masacrar a los kurdos dentro de las fronteras iraníes. Algo parecido podría pasar con la minoría baluchi del sureste y los árabes iraníes del suroeste del país.
A Israel tal vez no le importe ese escenario: un Irán jibarizado sería el problema de otro. Pero para Estados Unidos y sus aliados árabes es otra historia: una lucha interna a largo plazo en Irán tal vez pondría fin a la amenaza nuclear, pero no nos daría respiro de los problemas de Medio Oriente.
Entonces, ¿qué tendría que hacer el gobierno de Trump? Mi recomendación es tomar la isla de Kharg, minas o bloquear el resto de los puertos iraníes, y destruir la mayor cantidad de capacidad militar de Irán en las próximas dos semanas, incluida una segunda Operación Martillo de Medianoche para destruir lo que quede de la capacidad y experiencia nuclear iraní. Y también amenazar al régimen con intensificar el bombardeo si masacra a sus propios ciudadanos, monta atentados terroristas en el extranjero o retoma sus tareas nucleares.
Ese es el camino más realista a la victoria al menor precio plausible en vidas, riesgo y dinero. Y más allá de todos los riesgos que efectivamente entraña, es el camino que le da mayores chances al pueblo de Irán de alcanzar la libertad.
Nada mal para una guerra que insumiría apenas un mes y cuyos críticos advirtieron que se convertiría en otro Irak.
Traducción de Jaime Arrambide
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