
Conflicto de valores en el mundo actual
Para el neoconservadurismo norteamericano, guerra y concepciones tradicionales van juntos; para otros idearios, no
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La rotunda victoria de George W. Bush pone de relieve un conflicto de valores y una concepción acerca del papel que le cabe a Estados Unidos en el mundo. El voto mayoritario respaldó un liderazgo que, al encarnar la dimensión agonal de la política, determina y aplica unilateralmente los conceptos de "guerra al terrorismo" y de "guerra preventiva". Pero tal apoyo masivo no se entendería del todo sin tener en cuenta la defensa a rajatabla que hizo Bush del carácter tradicional de los valores familiares. Si nos atenemos a la distribución de sufragios, en una escala que va de los estados más conservadores a los estados más progresistas, en este aspecto Bush y su equipo de campaña no se equivocaron.
Estos contrapuntos son típicos de la cultura occidental pues en esta materia no se producen turbulencias semejantes en las áreas más pobladas del planeta situadas en Asia o en el seno de la cultura musulmana. En Occidente, en cambio (América del Norte, Europa, América latina, etcétera), este debate está agitando las almas como si los fundamentos antropológicos de la institución familiar -forjados en un largo decurso merced a los aportes romanos, judíos y cristianos- sufriesen en el presente un curioso retorno a ciertos rasgos de la cultura "helenista" que, antes de que aquellos aportes se consolidaran, reinó en la antigüedad sobre ambas márgenes del Mediterráneo.
Tal confrontación ya está en marcha en varios países de la Unión Europea y, desde luego, planeó sobre las elecciones en los Estados Unidos. Las razones del triunfo de Bush no deben, por consiguiente, ser simplificadas. Son muchas las vertientes que confluyeron para reafirmar un nuevo conservadurismo, más militante que el de Ronald Reagan, anclado en una idea imperial de la política de poder y en opciones culturales claramente definidas.
Semejante decisión de la ciudadanía está sujeta a los límites impuestos por la Constitución de los Estados Unidos (Bush tiene por delante cuatro años más y luego se irá a su casa de Texas) y por la configuración del poder mundial. Los Estados Unidos son el primer país en la escala de la estratificación internacional, pero no mandan soberanos sobre el mundo entero. El día en que el gobierno de los Estados Unidos olvide definitivamente esa realidad plural de nuestro planeta se agravarán los problemas y se acrecentarán los conflictos.
El choque de un grupo de líderes duros (Condoleezza Rice habrá de sustituir al moderado Colin Powell en el Departamento de Estado) con las resistencias de la realidad irá delineando entonces los futuros escenarios. Lo menos que podría decirse, al respecto, es que entramos en un período de permanentes fricciones. Esperemos que estas chispas no enciendan otras guerras o prolonguen las existentes.
Como quiera que sea, la mezcla entre el espíritu guerrero y los valores tradicionales en la religión y en la cultura no siempre produce un material compacto. La doctrina de la Santa Sede, por ejemplo, no acepta la despenalización del aborto y el matrimonio entre homosexuales, en una línea coincidente con los principios que esgrimió Bush en la campaña electoral. Sin embargo, esa coincidencia nunca ha llegado al punto de respaldar la guerra de Bush contra el terrorismo. La Santa Sede ha manifestado en repetidas oportunidades su rechazo al concepto de "guerra preventiva" y, en general, a las actitudes que, a partir del hecho injustificable del terrorismo, amplían la esfera de las intervenciones armadas.
Las convergencias posibles que se advierten en un plano de las conductas se bifurcan, pues, en otro. Para el neoconservadurismo norteamericano, la guerra y los valores tradicionales van de la mano; para otras expresiones, no. Tal vez el único gobierno que coincide plenamente con el de Bush desde esos dos ángulos sea el de Ariel Sharon en Israel, aunque todavía no está todo dicho con respecto a la instauración de un Estado independiente en Palestina (en torno de este foco de conflictos, luego de la muerte de Arafat, giran gran parte de las esperanzas de paz en Medio Oriente).
Estas tensiones son también evidentes si analizamos las relaciones de poder entre los Estados Unidos y sus nuevos aliados. El problema que hoy tienen los Estados Unidos es que el bloque de países alineados con su definición de la guerra preventiva contra el terrorismo ya no está conformado por todas las democracias como efectivamente ocurrió durante el período previo a la caída del muro de Berlín. La Unión Europea se dividió cuando estalló la invasión a Irak y, asunto aún más complicado, las declaraciones que prohíjan la doctrina de la guerra preventiva emanan de países que oscilan entre el autoritarismo y la inestabilidad.
La Rusia de Vladimir Putin es un disparador elocuente de estas dificultades. Lejos todavía de los requisitos básicos que debe reunir una democracia constitucional, Rusia ha sufrido y combatido, a veces de manera brutal, los embates del terrorismo y, en virtud de estos antecedentes, ha suscripto con energía la teoría de la guerra preventiva. Por otra parte, Rusia no se resigna a abandonar el papel de gran potencia que desempeñó en el mundo bipolar de la segunda mitad del siglo XX. Conserva su arsenal nuclear, desarrolla nuevos misiles, insiste en gravitar mediante el poder militar y una política exterior dotada de viejos arrestos imperialistas.
Donde más fuerza adquiere esta concepción imperial un poco desgastada es en relación con los países limítrofes, ex miembros de la Unión Soviética. Las tribulaciones que en estas horas sacuden a Ucrania son fiel ejemplo de lo mucho que falta para alcanzar la tan mentada democratización en esa vasta región. En Ucrania se enfrentaron dos candidatos presidenciales: Viktor Yushchenko, empeñado en estrechar relaciones con la Unión Europea y con la política occidental, y el conservador Viktor Yanukovich mucho más atento a mantener los vínculos establecidos con lo que los rusos llaman el "exterior cercano", y a robustecer, de este modo, el eje Kiev-Moscú.
Putin apoyó activamente a Yanukovich (según los reformistas en forma descarada) y reconoció de inmediato la victoria de su candidato. Una vuelta a viejas usanzas: la ciudadanía reaccionó de inmediato frente a esa maniobra y ahora desborda calles y plazas indignada por lo que considera un flagrante fraude. El clima está cargado de resentimientos recíprocos; los acontecimientos -como en toda crisis de proporciones- se suceden vertiginosamente y no falta quien advierta (el propio Yushchenko) acerca del riesgo de una guerra civil.
En una situación de este tipo, a los Estados Unidos se le plantean dilemas provocados por las nuevas alianzas: ¿qué valor ponderar en esta encrucijada: el valor de la seguridad, compartido por un aliado en la lucha contra el terrorismo, o el valor de la libertad que los Estados Unidos defendieron en la época de la Guerra Fría? Situación límite -si se quiere-, estos dilemas involucran tanto a los Estados Unidos como a Europa. Al primero, porque no puede abdicar de los valores de la legitimidad constitucional que le dieron su razón de ser (en Ucrania está en juego, precisamente, el rule of law); a la segunda, porque no puede seguir desentendiéndose de lo que ocurre en sus fronteras. Razón de más para apuntar que los esquemas rígidos muy pronto se ven sometidos a la prueba de sucesos inesperados. ¿No habrá llegado la hora de pactar una política global de las democracias para enfrentar no sólo al terrorismo, sino al desarrollo de nuevos autoritarismos? Nosotros podríamos responder a esta pregunta pactando una Unión Sudamericana pacífica y democrática, pero los vientos que ahora soplan desde Venezuela, en relación con la libertad de prensa, no prenuncian una negociación sencilla.
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