
Costumbres vienesas
Por Victoria Gennarelli ficaavontade@hotmail.com Desde Austria
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Cuando llegué a Viena, hace más de tres años, no tenía idea de lo que iba a encontrar: no conocía Europa, no tenía amigos por estos lares y poco sabía de las costumbres lugareñas. Pero, a pesar de todo y por varias razones, acepté el desafío.
Una de las cosas a las que más me costó adaptarme fue a los horarios de actividades. En general los vieneses se levantan y se acuestan temprano, siendo esto último la antítesis de mis hábitos de ritmo acelerado, smog, bocinas, voces de vecinos, música a todo volumen, llamados telefónicos que sin importar horarios se convertían en largas charlas y la grata sensación de formar parte de la proverbial vigilia porteña.
En lo gastronómico, se especializan en milanesas de cerdo (Wienerschnitzel) con ensalada de papas, Tafelspitz (parecido en algún punto a nuestro puchero), Schinkenfleckerl (tiras de jamón con fideítos), y los famosos Knödel (unas bolitas de pan que se sirven en el mismo plato con el Goulasch, el conocido plato húngaro o con cualquier otra comida a base de cerdo u otras carnes). De postre, consumen Apfelstrudel (strudel de manzana) o Palatshinken (similar a nuestro panqueque aunque sin la maravillosa compañía del dulce de leche, reemplazado por mermelada, salsa de chocolate o de vainilla). Beben cerveza, vino blanco o tinto de producción austríaca y licores.
Son típicos de la ciudad de Viena, sus antiguos y bien conservados Cafés de sobrios percheros, pequeñas mesas y mozos bien vestidos, donde mientras se lee o se conversa con un amigo, se puede disfrutar un Wiener Melange (café con leche con mucha espuma) o un Kleiner Brauner (cortado) acompañado con una variada pastelería en que se destacan la Sacher Torte (típica torta de chocolate rellena con mermelada de damasco), las tortas de manzana, ricotta o frutilla, o la Mozart Torte (rellena de mazapán).
Las estaciones de verano e invierno tienen aquí características bien definidas. El verano es soleado, con una temperatura que varía entre los 20 y 28º C. y unos pocos días de calor insoportable. Las actividades posibles son: pasear en bicicleta por las rigurosas bici-sendas, ir a una pileta pública o nadar en un brazo del Danubio, ocupar una mesa de típicos cafés esta vez en la vereda llena de flores, hacer caminatas por los bosques, pasear o ir de picnic a los muy bien cuidados parques como el Prater y dar una vuelta en la famosa Rueda de la película "El Tercer Hombre".
La gente es más comunicativa y tiene mejor humor. Todas la heladerías abiertas al público y los árboles florecidos hacen que la ciudad cambie de color, se respiren nuevas fragancias y se sientan diferentes sensaciones.
El invierno es gris, lluvioso, frío, oscuro y triste. Anochece a las 16, lo que fomenta la costumbre vienesa de cenar, acostarse y levantarse temprano. A esa hora la temperatura suele ser muy baja y casi siempre hay viento, por lo que la gente busca el refugio acogedor de sus casas, bien acondicionadas, con mucha madera, doble vidrio en las ventanas, radiadores en todos los ambientes, alfombras. Una costumbre saludable es sacarse los zapatos a la entrada de la casa - sea ésta propia o ajena - y andar descalzos o en pantuflas.
A pesar de las restricciones climáticas, la estación fría permite actividades recreativas como concurrir a los centros de esquí o patinar en lagos y ríos congelados.
Los medios de transporte públicos se caracterizan por su organización, practicidad y puntualidad. La gente utiliza para movilizarse el subte (U-Bahn), el tranvía (Straßen-Bahn) o el bus. Para circular en todos estos medios la cantidad de veces que se desee, se pueden comprar tarjetas diarias, semanales, mensuales o anuales.
Otra posibilidad de recorrer la ciudad, en este caso pagando aparte, y aprender alguna de las diferentes anécdotas que cuentan los choferes, es en Fiaker (mateo) .
Viena es una ciudad muy segura donde no se respira violencia ni maltrato y es posible, sin descuidarse, vivir con menos temor y más tranquilos.
Son de destacar los esmerados cuidados que el vienés le brinda a sus animales domésticos, mayormente perros. Éstos tienen espacios reservados en los medios de transporte y recipientes para agua o alimentos en restaurantes y cafés, incluso los más elegantes.
El alemán es la lengua oficial y cada región tiene su dialecto, que es la misma lengua con una gran cantidad de agregados bastante difíciles de descifrar.
El domingo es el día de la familia. A la misa de la mañana, la sigue el almuerzo de las 12 en la mesa familiar o en algún "Heurigen", restaurante de sabores típicos, ambiente acogedor, y producción vitivinícola propia. A las 16 se toma el té o café con tortas y aunque este día las confiterías aumentan su producción, si a algún porteño se le ocurriera saborear un dulce después de las 17, es probable que no le quedaría demasiado para elegir. Terminan el día con una cena liviana y se van a dormir temprano.
Las fechas católicas como la Pascua y la Navidad se festejan según la tradición y toda la familia participa. En Pascua, huevos pintados y sabrosas roscas. Para las Navidades, galletitas caseras de canela y miel, calendarios de adviento, mercados navideños y abetos naturales. Como en los cuentos de nuestra niñez, una Navidad nevada, con niños cantando villancicos, chimeneas encendidas y medias colgando a la espera de regalos.
La adaptación a las costumbres ajenas, sumada a la distancia que nos separa de nuestros afectos, es una tarea difícil, que al principio parece imposible. Se extraña todo. Hasta aquello que nos molestaba y queríamos cambiar buscando nuevos horizontes se vuelve un dulce y tierno recuerdo. El teléfono no suena, el nuevo idioma genera dificultades en la comunicación, el clima es diferente, hay todavía pocos nuevos amigos, y tantas otras cosas que nos hacen añorar el refugio siempre cálido y disponible del abrazo materno/paterno. El ejercicio de estar lejos de nuestra tierra es un esfuerzo diario en el que sigue estando presente aquello que dejamos: el mate compartido, el café con amigos al final del día, nuestro programa favorito, la radio al levantarnos, nuestros olores y sabores. Pero a medida que interactuamos con lo nuevo (hasta que deja de serlo), comienza a resultar agradable acostarse temprano, disfrutar del día, tener un arbolito natural para Navidad, acostumbrarse a la ausencia del ruido, a los sabores diferentes, a esa tranquilidad que contagia y hacen de Viena una de las diez ciudades más seguras del mundo.


