De Trump a los cuadernos, el riesgo de quedar anestesiados

Gail Scriven
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23 de agosto de 2018  

"Si alguien hubiese escrito la última hora como un capítulo en una pieza de ficción sobre Trump, parecería demasiado exagerado". Con ese tuit, Maggie Haberman, la célebre corresponsal de The New York Times en la Casa Blanca, describió anteanoche el terremoto que vivió Washington tras la explosiva decisión de Michael Cohen , el exabogado de Donald Trump , de declararse culpable de delitos que implican al presidente. Y la condena, casi en simultáneo, de su exjefe de campaña Paul Manafort.

"En estos últimos 20 días bajó el rating de Netflix como nunca antes, porque esto es superior a ver Netflix", dijo el domingo pasado el presidente Mauricio Macri. Una síntesis de lo que siente el argentino promedio ante la increíble y a veces descabellada saga por los cuadernos del chofer Oscar Centeno .

Revelaciones interminables sobre sobornos, nepotismo, financiación ilegal de campañas, arrepentidos que forman fila para declarar ante la Justicia y apuntar hacia "arriba". En la Argentina, lo que terminó de romper el dique fueron los minuciosos escritos en los cuadernos de un chofer. En Estados Unidos, las grabaciones del exabogado del presidente, uno de sus principales hombres de confianza. En ambos casos, la ficción hace tiempo parece haber superado la realidad.

La masiva manifestación de anteayer frente al Congreso en la Argentina mostró que todavía parece haber anticuerpos y capacidad de enojo frente a la corrupción. Pero hay un riesgo: la fatiga. Si todo es un escándalo, es difícil saber cuándo indignarse.

El agobio ante la sucesión interminable de revelaciones puede terminar anestesiando a la sociedad. Que ya no sorprenda oír hablar de bolsos revoleados en conventos, remises cargados con dólares surcando las calles de Buenos Aires, paredes secretas con supuestas bóvedas, vuelos con millones de dólares que no pasan por controles aeroportuarios. Que una y otra barrera de incredulidad se vaya sorteando. Precisamente, como en una descabellada serie de Netflix.

Lo mismo pasó en el Estados Unidos de Trump. Tiene un nombre: "Síndrome de fatiga de Trump", o TFS, por sus siglas en inglés. Escándalos de sobornos y corrupción, tormentas de furia presidencial por Twitter, ataques directos a la prensa como nunca se vio en la historia. Son la nueva normalidad cotidiana en la Casa Blanca, cuando hace apenas unos años cualquier de esos casos hubiese sido suficiente para un impeachment.

Esta vorágine noticiosa plantea, a su vez, un desafío para los medios norteamericanos. Trump no solamente ha bautizado a la prensa como su "enemigo público número uno" y acuñado (y, lo que es más grave, exportado) la expresión fake news. Su habilidad para correr todos los límites también hace más difícil el trabajo de la prensa y su relación con la sociedad. Algo parecido puede suceder en la Argentina.

"Trump nos tiene atrapados en un vertiginoso ciclo, desafiando nuestra capacidad de separar lo grave de lo sensacional", dijo Pete Vernon, del Columbia Journalism Review.

En la misma línea, Greg Miller, el experto en seguridad nacional de The Washington Post, habla de "años de caos en un solo día" al cubrir la Casa Blanca de Trump.

Es probable que sea ese justamente el objetivo del controvertido presidente: confundir. Y los norteamericanos empiezan a acusar recibo. Una encuesta de Pew difundida hace un par de meses reveló que casi siete de cada 10 norteamericanos se sienten agobiados por la avalancha de noticias, incluso más que durante la última y agitada campaña electoral.

Esta sobrecarga de información sísmica hace que al público se le dificulte separar la paja del trigo, lo que suma incluso más responsabilidad a los medios. Más que nunca cobra relevancia la máxima del ya legendario Marty Baron, de The Washington Post: "No estamos en guerra, estamos trabajando".

Inflexión

Tanto en la Argentina como en Estados Unidos, las revelaciones de las últimas semanas pueden marcar un punto de inflexión.

Con el riesgo de la fatiga, el agobio y la frustración, también hay una oportunidad. La de demostrar que los resortes de la democracia funcionan y están a la altura de las circunstancias. La lupa está puesta más que nunca en la Justicia, aquí y allá. En el Congreso, que en Buenos Aires y en Washington debe decidir si avanza con decisiones que puedan poner fin a la impunidad. Y en las urnas: el 6 de noviembre en Estados Unidos, el año próximo en la Argentina.

Es la oportunidad de evitar que la sociedad sucumba y se acostumbre a que lo inaceptable se vuelva aceptable. Que la corrupción se termine de arraigar en la sociedad. Casi como en la fábula de la rana en la olla de agua hirviendo.

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