Desde un lugar que alguna vez se llamó Washington

Maureen Dowd
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8 de octubre de 2013  

Washington- En un lugar que alguna vez se llamó Washington, en el sillón de Lincoln ahora hay un simio. Es el año 2084 en la capital de un lugar antes conocido como Estados Unidos.

Las descascaradas columnas del Lincoln Memorial y la majestuosa cabeza del ex presidente, sus elegantes manos y sus enormes pies están parcialmente hundidos en el barro. Los animales que escaparon del zoológico cuando los cuidadores fueron licenciados, hace siete décadas, migraron a los memoriales, en busca de restos de comida de los turistas.

Los monumentos de mármol blanco están ahora cubiertos de ceniza, como ruinas de tragedia griega invadida por la maleza. Zombis del Tea Party, encantados con la oscura destrucción en la que sumieron el planeta, siguen merodeando alrededor del Capitolio, ávidos de más carne humana.

El viento barre basura por los otrora hermosos bulevares de L'Enfant, ahora cubiertos por los detritos de la democracia, pedazos de la Constitución original, identificaciones corroídas de la Casa Blanca y montañas de billetes sin valor que se desmoronan desde el Departamento del Tesoro.

Los BlackBerrys, que allá por 2013 hubo que sacarles por la fuerza a los empleados de la Casa Blanca, ahora yacen en la ribera del Potomac, como una barrera contra el ascenso incesante de la marea, por el derretimiento de los polos.

Donde ya entonces nada era limpio, ahora todo es pestilencia. Los instigadores, se supo después, ni sabían bien por qué peleaban. Amagos y chicanas de machos que competían por ganar mientras el país perdía.

La utopía de Thomas Jefferson degeneró hasta convertirse en la distopía de Ted Cruz. La ley y el orden desaparecieron cuando la policía, que no cobraba, decidió quedarse en su casa. Los fanáticos se atrincheraron en el Capitolio y siguieron cavando hacia abajo, decididos a demoler lo que sus ídolos, los padres fundadores, habían construido. Muy pronto, la oscuridad engulló al resto de la nación.

En 2084, hay poca evidencia de vida en este mundo perdido y yermo sin Dios. Una pandilla de motoqueros Mad Max que blande motosierras hace sonar los caños de escape por la CIA, ahora un maizal seco, y por el fétido agujero que alguna vez fue la huerta orgánica de Michelle Obama. Will Smith y Brad Pitt rondan por el lugar, cazando alienígenas.

Un hombre demacrado y un chico enclenque, envueltos en andrajos azules, se arrastran hasta el derruido lugar donde estuvo el Memorial de la Segunda Guerra Mundial, escenario de los primeros signos de la parálisis. Ambos saben que tal vez no sobrevivan al invierno. "¿Cómo fue que pasó, papá?", pregunta el chico.

"Los norteamericanos estaban imbuidos de un miedo existencial desde el 11 de Septiembre, pero nunca se dieron cuenta de que el verdadero peligro venía del seno del gobierno -dice el hombre-. Empezó como algo ínfimo, por una discusión sobre la ley de presupuesto, pero rápidamente la cosa creció y se salió de control."

"¿Quién tuvo la culpa, papá?", insiste el chico. El hombre trata de explicar. "El grande y antiguo Partido Republicano, orgulloso santuario de patriotas que creyeron en una fuerte seguridad interior y en la responsabilidad fiscal, se infectó con una forma mutante de ideología. Se la llamó la Cepa Sarahcuda, bautizada así por su primera portadora, Sarah Palin. Los políticos del Tea Party infectados sufrieron de deterioro de sus funciones cerebrales y una involución social. Empezaron a ignorar los instintos básicos de supervivencia."

"Ahora cuesta entenderlo, pero estaban obsesionados con frenar el intento de darles cobertura médica a los que no podían pagarla. Y terminaron destruyendo todas esas cosas que decían apreciar tanto", agrega.

El chico está confundido: "¿Mataron a Estados Unidos porque no les importaba mantener vivos a los norteamericanos?". El hombre contesta: "En ese momento no entendían lo que hacían ni lo que querían. Frente a la abrumadora evidencia de lo contrario, muchos de los más enfervorizados creyeron estar librando una batalla ética y justa, por más que los dirigentes republicanos más avezados, como Jeb Bush y John McCain, les advertían que estaban arrastrando al país a la catástrofe".

El chico frunce el ceño. "Pero papá, ¿los republicanos no se daban cuenta de que sus correligionarios infectados tenían dañadas sus funciones cerebrales?"

"Sabían que había algo del cabecilla, Ted Cruz, que metía miedo. Y se la pasaba arremetiendo con oraciones sinuosas y mechando sus discursos con frases deliberadamente populacheras para parecer texano cuando en realidad era canadiense." El chico parece alarmarse. "¿Entonces al mundo lo destruyó un canadiense?"

"Cuando el gobierno cerró, llegó la plaga, porque también habían cerrado el Centro para el Control de Enfermedades", dice el hombre. "Y cuando caímos en default, el planeta fue tragado por el vórtice económico. Como gran parte del Departamento de Defensa, el FBI y los servicios de inteligencia estaban de licencia forzosa, el país se volvió más vulnerable a los ataques terroristas. Sin la CIA para entrenar a los rebeldes sirios, Siria cayó en manos de Al-Qaeda", añade.

"Después de que el último presidente, Barack Obama, canceló su viaje a Asia, esa parte del mundo decidió que éramos débiles. China se movió con rapidez para llenar ese vacío. Obama se ofuscó tanto que se pasó los últimos años de su mandato aislado en la Casa Blanca. Cuando dejó de responder las llamadas de Hassan Rohani y Bibi Netanyahu, fue sólo cuestión de tiempo hasta que Medio Oriente ardiera en llamas."

"Lo que queda del mundo ahora es gobernado por Julian Assange desde lo que queda de la embajada de Ecuador en Londres, y por un loquito de derecha desde una cabina en Idaho." El chico se pone a llorar. "Basta, papá, que me hace mal. ¿No queda ni uno de los buenos?" Su padre mira hacia el Memorial de Lincoln, donde un simio ocupa el lugar que una vez fue del ex presidente, y responde tristemente: "No hijo, no queda ninguno".

Traducción de Jaime Arrambide

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