El colapso amenazala existencia de un pueblo ancestral

Diseida Atensio, una wayuu venezolana con su familia recién llegada a Uribia
Diseida Atensio, una wayuu venezolana con su familia recién llegada a Uribia Crédito: Adriana Loureiro Fernández/NYT
Los wayuus cruzan en masa la frontera, pero chocan con los miembros de su tribu en Colombia
Nicholas Casey
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31 de julio de 2019  

PARENSTU, Colombia.- Los wayuus vivieron de la tierra durante cientos de años, incluso antes de la fundación de Venezuela y Colombia. Son un grupo indígena que sobrevivió a las guerras, los conflictos, las revoluciones e incluso a la separación por la creación de las fronteras nacionales entre ambos países.

Sin embargo, para los wayuus de Venezuela, el punto de quiebre llegó con la devastación económica durante la presidencia de Nicolás Maduro y las sanciones estadounidenses contra su gobierno.

A medida que el país empezó a experimentar el peor colapso económico mundial visto en décadas fuera de una zona en guerra, los wayuus empezaron a huir hacia Colombia con la esperanza de poder encontrar un nuevo hogar.

Pero aquí, en un solitario asentamiento colombiano llamado Parenstu, no estaban preparados para su llegada.

Los wayuus venezolanos aparecieron con sus hijos hambrientos y desnutridos, y con sus pequeñas costillas visibles después de años de ruina económica. La repentina afluencia generó tanta tensión con los aborígenes colombianos, que estalló un conflicto con los wayuus por la tierra, el agua y el derecho a permanecer en este lugar. Ahora los chicos de ambos bandos pasan hambre. Algunos directamente mueren por desnutrición.

El conflicto que se vive en Parenstu es el reflejo de una frontera abrumada por la cantidad de wayuus que abandonan Venezuela para vivir en las tierras indígenas de Colombia. Y refleja una crisis mayor que afecta a varios países de América Latina, donde el éxodo masivo de venezolanos de todas las clases sociales pone a prueba la paciencia de sus vecinos.

Por lo menos cuatro millones de venezolanos ya huyeron de su país. Para el próximo año, este éxodo podría convertirse en la mayor crisis de refugiados del mundo, según la ONU.

Los recién llegados desbordan la hospitalidad de sus anfitriones, que suelen estar divididos entre el deseo de ayudar y el instinto de proteger sus propios recursos. Aunque los venezolanos encontraron muchas fronteras abiertas, en países como Ecuador y Brasil, en Colombia fueron atacados muchos refugios de migrantes e incluso se llegó a expulsarlos de algunas poblaciones ante las quejas de los residentes. Además, los nuevos migrantes, que no pudieron recibir atención médica en su país, trajeron a Colombia el sarampión y la malaria, enfermedades que aquí estaban bajo control.

"Los titulares generan xenofobia", dijo Felipe Muñoz, funcionario colombiano responsable de manejar la crisis en la frontera. Ahora más de 1,4 millones de venezolanos están en Colombia, dijo, una situación inédita para un país que hace cinco años solo tenía 140.000 extranjeros registrados y que jamás había experimentado tal oleada de migrantes.

El desierto colombiano de la Guajira es el nuevo hogar de los wayuus, un lugar desolado en el extremo norte del continente. La electricidad nunca llegó a muchas de estas aldeas ni tampoco el agua corriente. Y la sequía de cinco años ocasiona grandes hambrunas.

Un día hace poco, una bebé con una erupción en la frente empezó a gritar. La madre dijo que había estado vomitando sangre y adelgazó casi un kilo en las últimas semanas. "Ella no quiere comer", dijo la madre, Andreína Paz, una wayuu venezolana de 20 años que en 2019 cruzó la frontera después de ver morir a las hijas de su vecina por desnutrición. Teme que su propia hija pueda morir en Colombia.

Celia Epinayu enterró a su hijo, Eduardo, en febrero. No es una migrante, sino una wayuu colombiana que vive en las tierras donde sus padres la criaron. Pero a medida que Paz y otras personas de Venezuela empezaron a llegar, la comida para el clan de Epinayu también se hizo escasa y no pudo alimentar a sus cinco hijos, incluido Eduardo, de 10 meses.

"Tu hijo está muerto, tienes que dejarlo ir", dijo Betty Ipuana, la maestra, que visitaba a Epinayu en su casa de adobe.

Epinayu no respondió y se quedó mirando el suelo polvoriento.

La tensión es evidente en los rostros de los pütchipü'üi, las autoridades wayuus que median en las disputas y entregan mensajes entre clanes. Discutieron docenas de nuevos conflictos sobre la tierra, y el temor de que pudieran convertirse en disputas de sangre entre las familias. En la costa norte, los wayuus colombianos llegaron a incendiar las carpas de los venezolanos recién llegados.

"Es por el miedo que tenemos, que esta tierra no nos pueda sostener a todos", explicó Guillermo Ojeda mientras hablaba con los otros mediadores en la mesa. Pero dijo que los venezolanos tenían que ser aceptados, incluso si eso significaba un riesgo para todos.

A los wayuus colombianos de Parenstu a veces les resulta difícil reconocer a los recién llegados como parientes. Algunos provienen de ciudades y no hablan wayuunaiki, el idioma nativo. Construyen casas improvisadas con postes y plástico en vez de usar adobe, como las casas de Parenstu.

Pero hay una tradición que los wayuus de ambos lados conocen bien: el cementerio les da derecho a quedarse. Según la tradición wayuu, dos décadas después de que una persona muere, los miembros de la familia regresan al cementerio para lo que se conoce como el "segundo entierro". Abren la tumba, limpian los huesos y los vuelven a enterrar en el sitio de donde creen que provienen sus antepasados. Además, los familiares de los fallecidos pueden reclamar la tierra donde los restos se vuelven a enterrar y construir su casa en las cercanías. Esto suma otro conflicto en potencia para los aborígenes colombianos.

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